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El otro Miguel Barnet

Por: Alexis Schlachter

 

 

Autor del libro cubano de literatura más publicado del planeta, presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, poeta de altos quilates, coguionista de obras cinematográficas como La bella del Alhambra y Gallego, Miguel Barnet es una personalidad bien conocida en nuestro país y en el extranjero.

Fundador, entre otros, de la Academia de Ciencias de la isla, destacado etnólogo y director de una Fundación que lleva el nombre y preserva la obra del conocido científico cubano Fernando Ortiz, este segmento fundamental de su vida permanece olvidado por los medios de comunicación. Es el otro Miguel Barnet.

-Usted es doctor en Ciencias Históricas de la Universidad de La Habana desde el 28 de febrero de 1997. Su obra escrita más conocida en el mundo, Biografía de un cimarrón -traducida a 20 lenguas extranjeras y reimpresa en 72 ocasiones hasta el 2010-, antes de ser un libro fue su primera investigación científica cuando aun era trabajador del Instituto de Etnología y Folclore de la Academia de Ciencias de Cuba. ¿Cierto?

-Efectivamente, la extensa entrevista que tuve con el viejo cimarrón Esteban Montejo en 1966 la hice, no para un libro, sino como investigación científica del centro donde trabajaba por esa época, el Instituto de Etnología y Folclore de la naciente Academia de Ciencias, de la cual fui fundador con 21 años de edad y donde me mantuve activo durante 7 años.

Pero luego de plasmar en blanco y negro el resultado de aquella primera incursión en la ciencia etnológica, me pregunté qué aceptación tendría ésta en el público y me di a la tarea de reelaborar el material de una forma literaria nueva, que yo he calificado de novela- testimonio.

Vale la pena añadir, en el contexto de su pregunta que, al igual que Biografía de un Cimarrón fue primero una investigación científica hasta el mínimo detalle, otro tanto se puede afirmar de mis contactos con la vedette cubana Amalia Sorg, de la cual nació Canción de Rachel que más tarde dio paso a la cinta La bella del Alhambra, ganadora en 1990 del Premio Goya a la mejor película extranjera en España.

Algo similar hay en la génesis de la entrevista a mi vecino español Ángel Pérez, de la cual nació la novela Gallego. Todas estas experiencias editoriales y cinematográficas en mi vida comenzaron por constituir investigaciones científicas.

-Hgamos un breve alto para explicar qué cosa es la etnología, de la cual es usted representante de sumo interés para la historia de la cultura artística y la ciencia cubanas

-La etnología es una ciencia social que estudia las causas y razones de las costumbres y tradiciones de los pueblos. En mi caso particular me dediqué a investigar las tradiciones afrocubanas que conforman la cultura del pueblo cubano. Me siento orgulloso, pues, de ser un científico que ha tenido algún éxito en la literatura y el arte.

-¿Qué es la cultura para usted?

-Permítame aclarar algo muy importante. La palabra cultura se deriva, histórica y gramaticalmente, de cultivo, un vocablo aparentemente distante respecto al significado que, popularmente, se le da al primero.

Sin embargo, usted y yo leemos y escuchamos en los diarios, la televisión y la radio noticias sobre "las atenciones culturales a la caña" o a cualquier otro cultivo sin que pensemos se refieran a una exposición de pintura o la muestra de cinematográfica de un director de cine en medio de una plantación. Leamos la definición exacta y precisa que ofrece del vocablo cultura la Real Academia Española en la más reciente edición de su Diccionario de la Lengua, la número 23. -Cultura (del latín cultüra) f. cultivo. 2. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. 3. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social. Es decir, que para tener verdadera cultura son necesarios conocimientos de arte pero también de ciencia y de otros elementos que forman el entorno humano.

-No pocas personas en nuestro país señalan como característica única del intelectual su cultura artística o literaria. ¿Qué opina usted?

-Error. Para evitar equivocaciones conceptuales le invito nuevamente a leer el Diccionario de la Lengua Española.

Intelectual. Del latín intellectuÃñlis. 1.adjetivo. Perteneciente o relativo al entendimiento; 2.adjetivo. Espiritual, incorporal; 3.

adjetivo. Dedicado referentemente al cultivo de las ciencias y las artes.

-Uso preciso de nuestra lengua, conceptualmente exacto. Entiendo perfectamente por qué el 19 de octubre de 1989 la Real Academia Española le hizo miembro correspondiente.

-Continúo. El término intelectual fue acuñado en Francia durante el caso Dreyfus (1893-1906) para designar al conjunto de personajes de la ciencia y el arte que apoyaban la liberación del capitán judío Alfred Dreyfus acusado injustamente de traición.

Yo no concibo a un verdadero intelectual si no tiene conocimientos sobre las ciencias en general. De suceder esto en un poeta, un novelista, un cuentista o ensayista, su obra carecerá de solidez. Siempre será como una burbuja en el aire. Hay "intelectuales" que son como pompas de jabón. Suben y suben cada vez más pero sin una verdadera y amplia cultura. Y como las frágiles pompas de jabón, un día estallan en el aire y se deshacen.

-Opinión polémica ésta últimaâ

-Pero que ratifico.

-Háblenos pues, de su vertiente cultural-científica.

-Con gusto. De niño, mi autor preferido fue Charles Darwin. Por el interés que despertó en mí ese científico británico me convertí en investigador de los pequeños animales que poblaban los muros de mi casa del Vedado (chinchillas, lagartijas, etc.).

Con una cuchilla de afeitar de mi padre diseccionaba cuanto animalejo diminuto encontraba para estudiarlos como pensaba que hacía Darwin. En esa época, no me apasioné con la lectura de obras de ficción sino con las novelas históricas al estilo de Balzac. Ese fue el despegue de mi cultura.

Más tarde, al iniciar el período juvenil, encontré a Fernando Ortiz, un maravilloso científico cubano, quien definitivamente me enrumbó por los caminos de la Etnología, una ciencia social. Antes, había trabajado dos años en la Biblioteca Nacional como secretario de otro etnólogo y musicólogo excepcional Argeliers León, fundador del Instituto de Etnología y Folclore, en cuyos estatutos trabajé directamente. Le puedo decir aquí que he leído más obras científicas que literarias.

¿Autoresâ ? De Lewis Morgan, Marvin Harris, Ernest Cassirer, Clifford Geertz y Claude Levi-Strauss a Ruth Benedict, Margaret Nead, Bronislaw Malinovsky y Melville Herkovitz; también los mexicanos Ricard Pozas y Guillermo Bonfill Batalla, entre otros.

Después del triunfo de la Revolución me relacioné con investigadores de la talla de Antonio Núñez Jiménez; en 1962 hice un extenso recorrido en jeep por la geografía cubana junto al científico alemán Peter Newman para hallar rastros de los primitivos habitantes de nuestro archipiélago; incluso entonces tuve contacto con descendientes directos de aborígenes taínos, de las familias Ramírez y Rojas que vivían en la zona oriental del país.

Más tarde me integré, como ya dije, al Instituto de Etnología y Folclore, una de las primeras agrupaciones científicas de la recién creada Academia de Ciencias. Debo decir aquí que la culpa del desconocimiento general sobre mi accionar científico es absolutamente mía pues con un lenguaje poético enmascaré esa parte tan importante -yo diría clave- de mi quehacer humano.

¿Razón? Los libros de ciencias puras son muy aburridos para el común de nuestros semejantes. Y yo creo que el mensaje de ciencias debe ser claro, muy claro para todos. En apretada síntesis ésa es la vertiente científica de mi cultura.

-¿También la ciencia influyó en su quehacer poético?

-No. Simplemente se nace con esa posibilidadâ o no. En ninguna parte enseñan a inspirarse y escribir en esa dirección. Por cierto, la poesía tiene mucho que ver con la música sinfónica, la matemática, la arquitectura y con la física incluso. Si una palabra o un verso están fuera de lugar se rompe el equilibrio físico, como se plantearía en términos de la ciencia.

-Usted creó el 21 de septiembre de 1995 la Fundación Fernando Ortiz, institución que lleva el nombre de uno de los más destacados científicos de América Latina y cuyo lema oficial es Ciencia, Conciencia, Paciencia.

-Disculpe que lo interrumpa, sé por dónde viene usted. Y le puedo ayudar al añadir que los integrantes de la Junta Directiva de la Fundación Fernando Ortiz son, todos, reconocidos especialistas en ciencias, vinculados c la etnología fundamentalmente: desde las dos vicepresidentas, María Teresa Linares Savio y Trinidad Pérez Valdés, hasta los miembros de la mesa directiva Ana Cairo Ballester, Aurelio Francos Lauredo, Jesús Guanche Pérez, José Matos Arévalo y Sergio Valdés Bernal. Nuestra Fundación, además, edita Catauro única revista cubana dedicada a la ciencia antropológica.

Y para demostrar la clara interacción entre ciencia y arte que ha primado en esta entrevista, quien dirige la Fundación preside al mismo tiempo la organización que reúne a los artistas y escritores de nuestro país, la UNEAC.

-Muchas gracias por su ayuda periodística. Por cierto, una faceta que no conocía en usted. ¿Finalmente, cómo se concibe a sí mismo Miguel Barnet a la luz de esta entrevista?

-Como un híbrido de halcón y jicotea, porque trato de ver el mundo en su conjunto e interacciones desde arriba, como el halcón -con la ciencia- mientras la jicotea va recogiendo lentamente todo lo bueno que deja el ave para, después, hacer la obra artística. La mirada siempre tiene que ser en ambos planos para poder conjugar los elementos contrastantes.

-Ese no es el Barnet que conocen en la UNEACâ

-No, tiene usted toda la razón. Pero para dirigir la UNEAC hay que tener también una formación científica porque en ella hay muchos intelectuales formados integralmente. No hay que olvidar que tenemos una sección de Historia y Ensayo, donde hallamos antropólogos, historiadores y ensayistas.

Además, mi lema es el que heredé de mi maestro Fernando Ortiz: Ciencia, Conciencia y Paciencia. Esta frase es como mi uniforme de trabajo y por eso celebro que usted me haya puesto a hablar de mis inquietudes etnológicas porque, efectivamente, el siglo XXI tiene que ser el siglo de la cultura científica o será la hecatombe y vendrá el Armagedón, como anuncia el Apocalipsis de la Biblia.

Aunque para mí el Armagedón es la proliferación de las armas nucleares, los experimentos subterráneos con armas atómicas que han producido el desequilibrio del planeta y modificaron el eje de la Tierra. ÂíEso sí me espanta! Por eso proclamo la imperiosa necesidad del buen uso de los experimentos científicos.

Este es el otro Miguel Barnet, a quien llegó la hora de darse a conocer por completo en el siglo de la más grande Revolución científico-técnica que ha conocido la humanidad y, paralelamente, la centuria de los mayores desastres ecológicos medioambientales que ponen en riesgo la vida de todos los seres humanos.

Fuente: Prensa Latina
 
22 de Julio de 2010
 

 

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