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Amores bajo las miradas de San Francisco y Santa Clara

Publicado: 2015.12.14 - 11:10:42   /  web@renciclopedia.icrt.cu  /  Juan Blas Rodríguez
  

Amores bajo las miradas de San Francisco y Santa Clara A finales del siglo XVIII, un joven y rico habanero, volvió a su ciudad natal cansado por la vida disipada que llevaba en Cartagena de Indias, Colombia. En la capital se enamoró locamente de una cubana tierna, hermosa y de nombre ilustre, Beatriz, cuyos padres se opusieron a las relaciones por la mala fama del pretendiente.

La bella habanera estaba desesperada, mientras el enamorado ante el desprecio sufrido, hizo votos en el convento de San Francisco. Y como fraile, le fue encomendada la tarea de tañer las campanas a las horas establecidas.

Cuando la joven escuchaba el triste sonido de las campanas, lloraba de pena, pues sabía que aquel era el mensaje de su amor imposible.

Pasaron los años y un día el monje de San Francisco se encontraba en lo alto de la torre, cuando vio que el sacerdote de la iglesia llevaba el sacramento a la calle Lamparilla, a la casa donde expiraba de amor su amada.

Al rato, le ordenaron el toque de agonía, y comprendió que su amor había muerto. Abatido por el dolor, falto de aire, salió a la alta cornisa a respirar….las lágrimas y la capucha lo cegaron y al dar un paso adelante cayo al vació o tal vez se dejó caer.

Amores bajo la mirada de Santa Clara

Una agraciada joven, llamada Inés, diariamente visitaba la iglesia de Jesús, María y José, donde la mirada de un joven capitán español le impactó en el corazón. Conversaban en la puerta del recinto religioso antes de despedirse en cada encuentro y casas de amigas cómplices fueron el refugio de aquel apasionado amor.

Sin ofrecer todos los detalles, les confesó a sus padres el amoroso secreto de su corazón, pero como era la costumbre de la época, el padre ya había concertado el matrimonio de ella con el hijo de un amigo de la familia, y casualmente de una envidiable posición económica. Así se lo hizo saber a Inés y le ratificó su oposición a las relaciones con el “capitancito”, como llamó al enamorado de su hija.

Ante la oposición de la familia de Inés, a sus puros sentimientos de amor, el capitán marchó a Europa, buscando nuevos aires, que le arrancaran de la mente el tórrido amor habanero.

Inés, por su parte, se negó a casarse con el hombre seleccionado por su padre, y su rebeldía la demostró tomando el camino de tantos amores frustrados, el ingreso en el Convento de Santa Clara, donde conoció a María de las Mercedes de la Cruz y Montalbán, la futura Condesa de Merlín, quien, antes de fugarse, le pidió a Inés que le escribiera y contara todas sus peripecias amorosas.

El oficial aun con el recuerdo y el amor de Inés en el corazón, fue designado nuevamente a La Habana, como capitán en uno de las fortalezas de la villa. Desde su llegada comenzó a buscar a su amada.

Una noche que caminaba por la calle Obispo, vio pasar una sombra vestida de hombre, que se le pareció extraordinariamente a Inés y decidió vigilar sus pasos. Al verse seguida, la sombra sacó su espada y se batió a duelo con el militar, quien herido fue llevado a un extraño lugar, donde negros esclavos lo atendieron y, para su sorpresa, vio a su lado al hombre que se le parecía a su Inés, ¡era el propio hermano de su amada!

Ambos juraron ayudar a Inés y tras cuidadosos planes lograron sacarla del Convento de Santa Clara por una hora, que bastó para que los jóvenes se reiteraran amores eternos.

Allí mismo con la ayuda del hermano acordaron escapar hacia La Florida. Luego de varios días escondidos entre los bosques que rodeaban la ciudad, los tres lograron alcanzar la costa, donde se pudo comprar una embarcación.

Extenuadas las fuerzas, con hambre y frío, los dos enamorados se embarcaron. El hermano emocionado los despidió en la orilla.

A medio camino, una terrible tempestad hizo que el mar embravecido se tragara a los enamorados. Jamás se supo de ellos.
 

 
 
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