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10 de octubre de 1868: la llama que hizo la Patria visible

Publicado: 2018.10.09 - 15:18:24   /  miguel.dario@renciclopedia.icrt.cu  /  Miguel Darío García Porto
  

10 de octubre de 1868: la llama que hizo la Patria visible

Una vez más, como ocurre desde 1968, la Oficina del Historiador de La Habana rinde homenaje al Padre de la Patria y primer Presidente de la República de Cuba en Armas, Carlos Manuel de Céspedes.

En la mañana de este martes 9 de octubre se realizó en la Plaza de Armas el tradicional acto conmemorativo por el 10 de octubre de 1868, al rememorar el sesquicentenario de ese trascendental suceso-, cuando Céspedes otorgó la libertad a sus esclavos y se dio el grito de “Independencia o Muerte”.

Al pie de la estatua del Padre de la Patria, rodeada de ofrendas florales, se reunieron militares, combatientes, dirigentes de las organizaciones de masas, miembros de la Academia de Historia de Cuba, distinguidas personalidades, trabajadores de la Oficina del Historiador de La Habana y pioneros para conmemorar la fecha.

El acto estuvo presidido por el Doctor Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana; la General de Brigada “Teté” Puebla Viltre y el Héroe de la Revolución, Harry Villegas “Pombo”; Reinaldo García Zapata, miembro del Comité Central y Presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular; Rodolfo Cándano Quintana, Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) en el municipio; y Yaquelín González López, miembro del Buró Político del PCC.

Al evocar cuán importante fue la decisión de Céspedes de lanzarse a la lucha, el vicepresidente del Instituto de Historia de Cuba, Dr. Joel Cordoví Núñez expresó:

“¿Qué cubano que transita por esta plaza no se ha detenido al pie de la estatua del Padre de la Patria cubana? Un alto inevitable en el camino que nos lleva, desde el deleite por la obra de arte del escultor Sergio López, hasta la veneración de la simbología que encarna los momentos fundacionales de una nación. Del apacible mármol irrumpe entonces desde un siglo teñido con sangre y melaza, la figura de Carlos Manuel de Céspedes.

Hace 150 años, el abogado bayamés y un grupo de hacendados del oriente cubano, dejaron sus bufetes y clientelas, sus propiedades y familias para reunirse en el ingenio La Demajagua. Era apenas el inicio de aquella fuerza volcánica anunciada por el pedagogo José de la Luz y Caballero cuando todavía en la siempre fiel Isla de Cuba parecía lejano el Ayacucho cubano”.

10 de octubre de 1868: la llama que hizo la Patria visible

En otro momento de su discurso manifestó: “El tiempo debía pasar para que pudieran las campanas del ingenio de Céspedes anunciar el primer día de la libertad y la independencia de Cuba. Allí, en el cuartón de Punta Piedra, en el partido de Yaribacoa, en el camino real que iba de Manzanillo a Campechuela, el iniciador de esta gesta se levantaba sobre los siglos de coloniaje para dedicarse desde entonces a la afanosa tarea de fundar una nación y un pueblo libres.

El historiador se hizo eco de las pablaras del Héroe Nacional de Cuba: Así dibujó José Martí los acontecimientos en aquellos minutos inmortalizados para la eternidad patria: “Y tras unos instantes de silencio en que los héroes bajaron la cabeza para ocultar sus lágrimas solemnes, aquel pleitista, aquel amo de los hombres, aquel negociante revoltoso, se levantó como por increíble claridad transfigurado. Y no fue más grande cuando proclamó su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos y los llamó a sus brazos como hermanos”.

A continuación, un resumen de su intervención en este tributo solemne al Padre de la Patria:

¿Qué significó el 10 de octubre?

“El “grito mágico de libertad”, como denominara Carlos Manuel de Céspedes a aquella mañana del 10 de octubre, encerraba, por los principios que le animaban, el sustento ético de la revolución. Lejos estaba de ser un acto de rebeldía, sedición o motín, términos empleados por las autoridades coloniales para reducir o encubrir el verdadero alcance del movimiento revolucionario de carácter abiertamente independentista y abolicionista. Ambos objetivos, sustanciales en la proyección personal de Céspedes desde el mismo 10 de octubre de 1868, fueron refrendados en lo programático con el decreto del 27 de diciembre del propio año, en el que Céspedes proclama con hidalguía: “Cuba libre es incompatible con Cuba esclavista”.

“Como toda revolución naciente, múltiples fueron los conflictos y los disensos en su seno, por más que con la Asamblea de Guáimaro, el 10 de abril de 1869, se dieran el crucial paso hacia la unidad posible. Una vez más el desinterés y el amor por la independencia conducirían a Céspedes a adoptar decisiones en situaciones límites”.

“(…) llevaba consigo la historia que lo inmortalizaría, no solo en estatuas veneradas con solemnidad, sino en la memoria de un pueblo que lo llamará “padre” y no solo por aquel infausto día en que debió escoger entre la vida del hijo de apenas 22 años de edad capturado por los españoles y su honra como revolucionario. La respuesta a las autoridades coloniales es conocida: “Oscar, no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueren por nuestras libertades patrias”. “La patria de los cubanos revestida de toda una simbología de nación en proceso: la bandera y el himno, La Bayamesa: compuesta por Perucho Figueredo y cantada como marcha de combate tras la toma de la ciudad de Bayamo, el 20 de octubre de 1868, otra de las fechas gloriosas que próximamente conmemoraremos”.

“Pero otra razón nos asiste al llamarlo “padre de la patria”, y es el hecho de que fuera él quien iniciara las luchas por la independencia del pueblo cubano a contrapelo de las posturas asimilistas del integrismo hispano o las del reformismo de la burguesía esclavista, enquistadas como ideología en sus demandas desoídas. A ese mérito se refería el comandante Fidel Castro, cuando en la velada conmemorativa por los cien años del grito de Demajagua, expresara: “Es incuestionable que Céspedes tuvo la clara idea de que aquel alzamiento no podía esperar demasiado ni podía arriesgarse a recorrer el largo trámite de una organización perfecta, de un ejército armado, de grandes cantidades de armas para iniciar la lucha, porque en las condiciones de nuestro país en aquellos instantes resultaba sumamente difícil. Y Céspedes tuvo la decisión”.

10 de octubre de 1868: la llama que hizo la Patria visible

“Era el “ímpetu” de Céspedes al que aludiría Martí, esa fuerza telúrica capaz de arrastrar como lava a hombres y mujeres de los más diversos sectores, capas y estratos de la sociedad que habrían de integrar y ensanchar, en lo jurídico y en la praxis, la concepción del pueblo. De los estratos más humildes de ese pueblo saldrían nombres como Antonio y José Maceo, Guillermo Moncada, Quintín Banderas, entre muchos otros que habrían de converger y confundirse al fragor de los combates con apellidos de estirpe que decidieron ofrendar, no solo sus propiedades, sino también sus propias vidas por la causa común: Carlos Manuel de Céspedes, Francisco Vicente Aguilera, Ignacio Agramonte, Donato Mármol, Miguel Gerónimo Gutiérrez, Eduardo Machado y toda una pléyade de patriotas, aquellos “padres de casa”, muchos de ellos “servidos desde la cuna por esclavos” –como evocaría Martí-, “se trocaron en padres de pueblo”.

Como colofón, el reconocido investigador subrayó la coherente continuidad de las luchas por la Independencia en Cuba.

“Imposible entender la lógica de las luchas sociales y las revoluciones del siglo XX en Cuba, incluida, desde luego, la protagonizada por la Generación del Centenario, concibiéndolas como hechos aislados desperdigadas de un proceso troncal, cuyas coordenadas remiten irremisiblemente al inicio de la Guerra de los Diez Años o Guerra Grande. Punto de partida, marcado en nuestro imaginario por el tañer de la campana de un ingenio, como si aquel sonido que convocaba hasta entonces sus faenas del campo, irradiara de repente con su nueva simbología hacia todos los siglos. Y así fue. El 10 de octubre de 1868, Céspedes encendió la llama, y “a través del fragor de los combates”, como expresara el poeta cubano Cintio Vitier, “la patria se hizo visible para todos”.

El acto culminó con un recorrido que dirigiera el académico por la Sala de las Banderas del Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad. También se admiró la bandera que por primera vez enarboló ese día, cosida por la joven Candelaria Acosta y que le acompañaría hasta la Asamblea Constituyente de Guáimaro.

Por eso siempre se hacen más elocuentes y alentadoras las palabras de Céspedes plasmadas en aquel Manifiesto del 10 de octubre, que guían a los cubanos a defender la Cuba que lograron independizar: “Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos nadie puede reprobarle que eche manos a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio. El ejemplo de las más grandes naciones autoriza ese último recurso. La Isla de Cuba no puede estar privada de un derecho que gozan otros pueblos y no puede consentir que se siga, que no sabe más que sufrir. A los demás pueblos intercivilizados, toca interponer su influencia para sacar de las garras de un bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso”.
 

 
 
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