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Amalia Simoni Argilagos, cien años de su muerte

Publicado: 2018.01.23 - 09:10:14   /  web@renciclopedia.icrt.cu  /  Granma
  

Amalia Simoni Argilagos, cien años de su muerteRecostada en un sofá del hogar habanero, mientras escuchaba a su hija Herminia interpretar al piano una de las melodías preferidas de sus años mozos, moría Amalia Simoni Argilagos.

Era el 23 de enero de 1918. Tras años de tanta angustia y dolor acumulados, también de vivencias imborrables junto a los seres queridos, su corazón dejó de latir en medio del sosiego que le provocaban las notas tiernas y nostálgicas de Chopin.

Quedaba trunca así una vida dedicada por entero a dos amores a los que se entregó en igualdad de condiciones: el que la unió, desde muy joven, a Ignacio Agramonte Loynaz y el que le profesó, sin reserva alguna, a su patria adorada.

Francisca Margarita Amalia Simoni Argilagos -así consta en su fe de bautismo- nació el 10 de junio de 1842 en Camagüey y fue la mayor de las dos descendientes del matrimonio formado por el médico José Ramón Simoni y Manuela Argilagos.

Hija de una de las familias más acaudaladas de la otrora villa principeña, la muchacha pudo acceder a estudios y a una educación de privilegio que, además de conformar una cultura exquisita, enriquecieron su sensibilidad y dotes innatas para el arte.

Tales atributos, sumados a una belleza, encanto y forma de ser peculiares, cautivaron a Ignacio Agramonte –inteligente, culto y buen mozo también– que por entonces estudiaba la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana.

Amalia Simoni Argilagos, cien años de su muerteEl hechizo, sin embargo, fue mutuo: Amalia le correspondió desde el primer momento, no obstante la reticencia inicial paterna, para iniciar así un noviazgo que duró dos años, alimentado en medio de los ya intensos afanes conspirativos del joven abogado.

“Tu deber antes que mi felicidad, es mi gusto, Ignacio mío”, le escribió Amalia el 13 de abril de 1867, decisión que marcó para siempre el destino de la pareja.

De regreso a Camagüey a mediados de 1868, colmado de anhelos y sueños por realizar, Ignacio traía consigo, además, el hermoso traje que luciría Amalia en la boda celebrada el 1ro. de agosto de ese año en la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad.

Apenas tres meses después de las nupcias, se produjo el primer adiós del matrimonio: el 11 de noviembre, Ignacio partió a la guerra por la independencia de Cuba, mientras en casa quedaba Amalia embarazada.

Señalada por las autoridades coloniales (los dos yernos, Ignacio y Eduardo Agramonte Piña, eran líderes de la insurrección) no demoró la familia Simoni en abandonar la casa-quinta de Puerto Príncipe y marchar a La Matilde, una finca de su propiedad.

En aquellos parajes cercanos a Sibanicú, en un escenario de constantes operaciones militares y acciones violentas del ejército español contra las familias insurrectas, el 26 de mayo de 1869 nació Ignacio Ernesto, el primogénito de la pareja.

Meses más tarde Agramonte, que ya para entonces era un respetado jefe militar, decidió trasladarlos a la finca San José de los Güiros, en las inmediaciones de la serranía de Cubitas, donde estableció un sitio al que el matrimonio nombró El Idilio.

Sin embargo, una nueva separación, esta vez definitiva, estaba por llegar: justo el día del primer cumpleaños del niño, una columna española asaltó y destruyó el lugar, llevando prisioneros a Amalia (embarazada de nuevo), a su hijo y a otros familiares.

En medio de la confusión y de la vigilancia enemiga, atinó a esconder entre sus ropas la bandera cubana, motivada, quizá, por lo último que le escuchó decir a su amado antes de escapar: “No te aflijas; la esposa de un soldado tiene que ser valiente”.

Ante la presión de un oficial para que solicitara a Agramonte el abandono de la lucha, Amalia respondió categórica: “General, primero me corta usted la mano, antes que escriba a mi esposo que sea traidor…”.

Similar osadía mostró cuando, ya en la Casa de Gobierno de la ciudad, un grupo de voluntarios al servicio de la metrópoli quiso arrebatarle a su pequeño, mientras vociferaban sedientos de venganza: “¡Es un varón! ¡Matarle, matar al mambí!”.

Tras sufrir los rigores de la cárcel y hacerse insostenible su permanencia en la Isla, Amalia emigró a Nueva York, donde nació su hija Herminia, y para subsistir y ayudar a la familia tuvo que acudir a lo mejor que sabía: dar clases de piano y de canto.

Desde los campos insurrectos, Ignacio escribía a su esposa: “¡Cuánto nos ha hecho sufrir siempre la separación! Cuba exige grandes sacrificios; pero Cuba será libre a toda costa. Las contrariedades más nos exaltan, y más indomables nos hacen”.

Lejos de su patria querida, en la ciudad mexicana de Mérida, a donde se había trasladado desde mediados de 1872, Amalia recibió un golpe demoledor: la noticia de la muerte de su Ignacio idolatrado, ocurrida en Jimaguayú el 11 de mayo de 1873.

Apenas 11 días antes del suceso fatal (carta que nunca llegó a las manos de El Mayor), ella le había rogado: “por interés de Cuba debes ser más prudente, exponer menos un brazo y una inteligencia de que necesita tanto”.

El dolor ante la pérdida del amor entrañable no hizo mella en su decisión de continuar sus aportes a la causa libertaria: protegida por la emigración revolucionaria, trabajó en los clubes patrióticos y ofreció funciones benéficas con destino a la lucha armada.

El propio José Martí, que la contaba entre sus verdaderos amigos, reconoció la valía de Amalia, cuyos méritos colocó a la altura de los de su valiente esposo, como escribiera el 25 de junio de 1892 en el órgano del Partido Revolucionario Cubano:

“Por la dignidad y fortaleza de su vida; por su inteligencia rara y su modestia y gran cultura; por el cariño ternísimo y conmovedor con que acompaña y guía en el mundo a sus dos hijos, los hijos del héroe, respeta Patria y admira a la señora Amalia Simoni, a la viuda de Ignacio Agramonte”.

Esas virtudes se mantuvieron intactas al finalizar la guerra: estuvo entre las más fervientes opositoras a la intervención yanqui y a la Enmienda Platt. “Mi esposo no peleó para dejarme una pensión, sino por la libertad de Cuba”, respondió insultada al rechazar una ayuda económica.

Desde entonces se le vio poco en actos oficiales, solo aquellos dirigidos a mantener vivo el ideal libertario, como al que asistió el 24 de febrero de 1912 para develar, en su ciudad natal, una estatua ecuestre de Agramonte, hecha por colecta popular.

Con residencia en una modesta casa de la calle Zulueta, en La Habana, Amalia, ya enferma, reiteró el pedido de ser enterrada junto a su padre en el Cementerio de Camagüey, cerca de donde podrían haberse esparcido las cenizas de su amado Ignacio.

Su deseo se consumó el 1ro. de diciembre de 1991: los restos de la patriota fueron trasladados desde la capital a su tierra, acompañados por la combatiente revolucionaria y presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas Vilma Espín Guillois.

“Es un deber sagrado que cumplimos los cubanos, expresó entonces Vilma, en unir simbólicamente sus restos con los de su compañero Ignacio, que en algún lugar de esta vasta tierra yacen desde su muerte en combate”. (Por Miguel Febles Hernández).

 
 
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