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Ignacio Agramonte: diamante y beso de Cuba

Publicado: 2017.12.23 - 10:12:07   /  web@renciclopedia.icrt.cu  /  Laura Barrera Jerez
  

Ignacio Agramonte: diamante y beso de Cuba El hijo que le nació a Ignacio Agramonte y Sánchez-Pereira y a Filomena Loynaz y Caballero el 23 de diciembre de 1841 solo tendría 31 años de vida para hacerse héroe. Y no fue que precisamente él hubiera venido al mundo queriendo serlo, sino que poco a poco la Patria le fue creciendo adentro, al igual que el diamante y beso en el alma, como dijera José Martí.

Ignacio Eduardo Agramonte y Loynaz, como hijo de familia acomodada estudió durante la niñez en su natal Puerto Príncipe. Luego continuó su preparación en Barcelona, España, de donde regresó en 1857 para ingresar a la Carrera de Leyes, en la Universidad de La Habana. En esta casa de altos estudios se graduó de Licenciado en Derecho Civil y Canónico el 11 de junio de 1865.

Ya el 22 de febrero de 1862, en un ejercicio académico, el joven Agramonte había expresado sus pensamientos independentistas, su desdén por el régimen español, la ausencia de libertades, derechos, la falta de justicia, “la necesidad de un cambio revolucionario de la sociedad en Cuba".
Sus aires rebeldes y la perseverancia que lo caracterizaba desde los años de estudiante, se mantuvieron junto a él a toda prueba, incluso cuando su futuro suegro intentó impedir su unión con quien fue uno de sus más grandes amores: Amalia Simoni Argilagos.

“Habían superado la inicial y breve oposición de Simoni; las separaciones del noviazgo mientras Agramonte culminaba sus estudios en La Habana y daba los primeros pasos en el ejercicio de su profesión; los peligros de la conspiración y la guerra, y enfrentado con entereza los casi tres años transcurridos desde que Amalia y un grupo de sus familiares más cercanos fueron capturados por una columna enemiga en operaciones el 26 de mayo de 1870”, describe la profesora e historiadora camagüeyana, Elda Cento Gómez.

En las cartas que le escribió el Mayor General a su amada iba en cada palabra su fe inquebrantable en que pronto estarían juntos, para disfrutar la libertad de Cuba.

Después del levantamiento en Camagüey, la familia vivió un tiempo en la manigua, cerca de las tropas mambisas que los protegían al tiempo que iban conquistando territorio. Por allá nació el primer hijo de ambos, “El Mambisito” como lo llamaba orgulloso su padre. Pero la grandeza no estaba solo en el primogénito, sino que venía con el aroma intransigente de la gran Amalia, la guerrera a la altura de su hombre, la misma que ante la furia de los españoles defendió a su hijo en brazos; a Herminia, que estaba en su vientre y prefirió que sus captores le cortaran las manos antes que ella escribiera un mensaje a Agramonte, pidiéndole que dejara la lucha y traicionara la causa.

Según la misma Herminia, quien nunca conoció a su padre, Amalia enfermó gravemente cuando supo, en el exilio mexicano, que el amor de su vida había muerto en los potreros de Jimaguayú el 11 de mayo de 1873. Luego, ya recuperada, la hija quiso un día saber por qué su madre jamás volvió a casarse si había quedado viuda tan joven. Ella, eternamente digna de haberlo tenido como pareja, respondió con su pasión intachable: “Porque no se puede amar más”.

Y fue así, tan entregado en la vida personal, como en el campo de batalla, tan mambí como esposo, tan patriota como pocos. Desde aquel 23 de diciembre de 1841, su destino estaba escrito, como dijera Martí: “Por su modestia parecía orgulloso: la frente, en que el cabello negro encajaba como en su casco, era de seda, blanca y tersa, como para que la besase la gloria: oía más que hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza del corazón; se sonrojaba cuando le ponderaban su mérito: se le humedecían los ojos cuando pensaba en el heroísmo, o cuando sabía de una desventura, o cuando el amor le besaba la mano: "Le tengo miedo a tanta felicidad!" Leía despacio, obras serias. Era un ángel para defender, y un niño para acariciar”.

 
 
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