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José Martí, ese misterio que nos acompaña

Publicado: 2017.05.19 - 09:00:21   /  miguel.dario@renciclopedia.icrt.cu  /  Miguel Darío García Porto
  

José Martí, ese misterio que nos acompañaDesde la más temprana infancia nos envuelve, nos rodea, no desde la figura pétrea o el homenaje oficial, sino que en cada atisbo certero a su vida y obra hemos comprendido el misterioso cuerpo de la Patria o de nuestra propia alma.

José Martí es simple y complejamente nuestra entera sustancia nacional y universal, la expresión acabada del cubano, porque en la abundancia de su corazón y en su vida contiene la imagen y la fe de que un hombre nuevo es posible.

Este 19 de mayo se conmemoran 122 años de su caída en combate en Dos Ríos y en cada lugar del mundo donde haya un cubano de corazón, se le recuerda y venera porque en lo más profundo de nuestra alma quisiéramos ser como él.

La gran poeta Fina García-Marruz, quien se ha acercado y nutrido de la savia martiana señaló sobre esa identificación perenne que suscita El Apóstol: “Él es el conjurador popular de todos nuestros males, el último reducto de nuestra confianza, y olvidadizos por naturaleza, rendimos homenaje diario, profundo o mediocre, a aquel hombrecillo de cuerpo enjuto, de frente luminosa y ojos de una penetrante dulzura, que tiene esta irresistible fuerza: la de conmover. Conmueve si escribe, si habla, si vive, si muere. ¿Cuál es su secreto? Él no actúa: obra”.

Por eso, nuestro Martí no es solo el escritor que asombra a Rubén Darío, a quien reconoce como un hijo, sino el hombre de quien afirma un sencillo y humilde soldado: “no entendíamos todo lo que decía, pero al oírlo, queríamos morir por él”.

Dictaminaba -en un ensayo insuficientemente divulgado-, la poeta chilena Gabriela Mistral que Martí es el caso de un embrujador de almas, ya que gusta al niño en su libro infantil, enciende al joven y conforta al viejo, y por esa condición es que dura sin perder un ápice la anchura de su reino.

Y ese dominio abarcó orgánicamente vida y obra, literatura y oratoria, pues a través de ellas realizó una labor fecunda para aunar voluntades en favor de la Guerra Necesaria, su diplomático verbo convenció y fue bálsamo dulcísimo para que aquellos enérgicos veteranos regresaran a una nueva contienda en pos de la libertad de Cuba.

El Maestro tiene la rara virtud -acaso menos frecuente que otros valores como el arrojo y el talento-, de estimular las mejores dádivas de cada hombre.

Según observa García-Marruz: “Unas pocas horas en un lugar le bastan para dejarlo todo transformado e iluminado por su verdadero sentido. En cualquier momento de su vida que lo evoquemos lo veremos rodeado de rostros conmovidos, como si él les hubiera devuelto una relación olvidada y más antigua con el mundo”.

Para la Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2011 que José Martí se haya ofrecido a la acción nos revela más claramente la misteriosa relación entre acción y contemplación, pues “la acción no es la agitación vacía con que se la confunde ni la contemplación es una vacía especulación. Sólo han actuado realmente aquellos hombres en que el acto ha sido -como decía un apologista católico-, solo esto: sobreabundancia de la contemplación. No creo que haya definición más justa”.

Explica la autora de Las miradas perdidas que es preciso llenarse de silencio y soledad para que sobreabundemos en palabra y en obra, puese el vaso colmado de agua desborda naturalmente hacia fuera, y el alma colmada de contemplación actúa y fecunda.

En el Apóstol de la Independencia de Cuba la contemplación se funda en la acción que permanece y, por eso, no es tan fácil imitar a hombres como él en los cuales el acto es su intimidad, es decir, en ellos actuar no es abandonar la contemplación sino consumarla.

Algunos le reprochan a José Martí que siendo un intelectual estuviera involucrado en una guerra que finalmente lo condujo a su caída en combate, pero la vida de los hombres como el Héroe Nacional tienen poco que ver con el azar. Solo al hombre común le sucede el azar. En el no común todo es destino.

“Desde niño, parece que lo tiene delante -subraya sobre el fátum de Martí la eminente ensayista cubana-; la carta que le escribe a su madre poco antes de morir -esa carta que Unamuno llama una de las oraciones más bellas que se han escrito en lengua española-, es la carta asombrosa del que sabe que va a morir. Frente a su muerte sentimos no el azar que interrumpe sino el destino que sella, el generoso cántico de 'su' hora profunda, cuya alegría lo turbó como un niño, y después de la cual ya no era posible vivir. Cuando leemos sus últimas cartas desde el campamento, su diario, tenemos la arrasadora sensación de que es cierto que ha llegado, como él dice, a la plenitud de su naturaleza, como esos temas musicales, largamente preparados a lo largo de una sinfonía y que percibimos solo hacia el fin de su verdadera, galopante nitidez”.

Cuando nos acercamos con atención a su vida y su obra comprendemos que el alma de los cubanos encuentra cobijo en el tributo legítimo a un hombre que no solo fue de su tiempo, sino de todos los tiempos; no solo de Cuba, sino del mundo.

Y como exhorta con prístina vehemencia la ensayista: “Volvámonos a aquel que escribió un día a su pequeña María Mantilla, con aquel acento casi escolar de ternura que nunca nadie ha tenido después: Tú, cada vez que veas la noche oscura, o el sol nublado, piensa en mí”.


A LA MADRE

Montecristi, 25 marzo, 1895

Madre mía:

Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Vd. Yo sin cesar pienso en Vd. Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.

Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Vd. con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.

Su
J. Martí

Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Vd. pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.

 
 
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