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Horacio Quiroga: el fantasma de su elefante

Publicado: 2017.05.03 - 14:07:39   /  web@radiorebelde.icrt.cu  /  Laura Barrera Jerez
  

Horacio Quiroga: el fantasma de su elefanteCuando Horacio Quiroga se suicidó no sabía que Vicente Batistessa lo acompañaría durante toda su muerte. En el Hospital de Clínicas de Buenos Aires sellaron el pacto, pero sus fantasmas irían a Uruguay, al Salto, donde había nacido el escritor y a donde prometió no volver jamás.

Sin embargo, allí hay un monumento en la costa, un liceo, una escuela, un parque, un hotel, una biblioteca y una casa museo que le rinden tributo. Quienes viven en aquel pueblo dicen que el espectro de Horacio se aparece a distintas horas del día, tal y como se le recuerda respirando por última vez: con la barba profunda y el mismo olor a selva… O con la manta roja, sentado en su silla de hamaca, siempre delgado, con la piel arrugada y amarillenta... Dicen que se le ve la mirada triste, y quizás sea porque mientras agonizaba con cáncer de próstata, Quiroga se compadeció de sí mismo y quiso volver a su tierra natal, pero no tuvo tiempo. Solo retornó hecho cenizas, para no descansar en paz.

Según su coterráneo Enrique Cesio, “como centro de esa casa está el mausoleo de Quiroga. De un Quiroga errante, porque la urna que talló Stefan Ercia a pedido de Amorín vino en ferrocarril con toda una ceremonia que terminó de noche en el panteón familiar de los Quiroga; después el arquitecto Barbieri cuando inauguró el Museo de Bellas Artes la trasladó allí; después pasó a estar en el Museo Histórico, y finalmente Malaquina, cuando restauró la casa familiar, la instaló allí. Tiene un eje de visión, uno entra a la casa e inmediatamente a lo lejos se encuentra con esa talla”.

Dicen que aquella urna está maldita, con su forma agobiante y rara que llama la atención aunque no quieras mirarla. Ya lo había escrito el propio Horacio: “Yo siempre sentí (aun desde muy pequeño), que la mayor tortura que se puede infligir a un ser humano es el vivir eternamente, sin tregua ni descanso”.

Quizás presintió su vida trágica desde que su padre Prudencio murió en 1879, cuando él solo tenía dos meses de vida; o cuando su padrastro Ascencio Barcos se suicidó en 1891; o cuando definitivamente decidió desterrarse del Salto, después de haber matado a un amigo, por imprudencia.

Pero no importó que se escondiera en la selva, que disfrutara el placer de las mujeres jóvenes, que criara en su casa de Buenos Aires un coatí, un oso hormiguero y hasta un ciervo… No importó que construyera con sus propias manos una canoa en la que logra descender el Paraná, o que hubiese sido entrañable su pasión por el ciclismo y por la naturaleza. No importó que hubiera tenido tres hijos, porque el suicidio les llegaría a ellos también, y el padre quedaría en el abandono en aquel Hospital de Clínicas de Buenos Aires.

Al final, si hubo un final, nadie lo dijo mejor que Alfonsina Storni:

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
y así como en tus cuentos, no está mal;
un rayo a tiempo y se acabó la feria…
Allá dirán.

Precisamente, para estar a la altura de tanta poesía bebió cianuro. Fue Vicente Batistessa quien lo ayudó en esa última voluntad, un hombre agradecido a quien el escritor le procuró cuidados mientras compartían el mismo cuarto de hospital. Vicente era pobre, con una historia de encierros y enfermedades, pero al conocerlo, Horacio enseguida ordenó que lo atendieran junto a él. Allí sellaron el pacto el 19 de febrero de 1937. Después de tanta muerte, no quedó otra alternativa que andar juntos.

Horacio Quiroga siempre lo supo y su fantasma le hace honores: "Al fin y al cabo, hasta los elefantes van a morir todos al sitio dónde dieron sus primeros trotes".
 

 
 
   
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      Félix Bolanos / Cuba / felix.bolanos@cmch.icrt.cu
    23.05.2017 - 9:51 am
      Excelente artículo sobre un escritor conocido en Cuba. he leído sus libros publicados acá, que me resultaron muy interesantes.

     


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