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La coca: una historia que no adivinó Kjana-chuyma

Publicado: 2017.03.15 - 18:02:56   /  web@radiorebelde.icrt.cu  /  Laura Barrera Jerez
  

La coca: una historia que no adivinó Kjana-chuymaTenía muchos años Kjana-chuyma cuando los españoles llegaron a tierras americanas. Dicen que era adivino y que, por orden del Inca y a pesar de su edad, estaba al servicio del templo de la Isla del Sol. Y quizás Kjana-chuyma nunca lo supo, pero el coraje que corría por sus venas fue más glorioso que su supuesto don para predecir el futuro.

Cuando se cuenta la historia de Bolivia, todavía duelen muchos pasajes: las aldeas devastadas, los asesinatos, las tierras saqueadas, los aborígenes convertidos en vasallos sumisos, sobrecargados de trabajo, obligados a renunciar a sus costumbres, exterminados sin compasión… quedaron pocas esperanzas, pocas luces, poca gente.

Fue por aquel entonces que Kjana-chuyma se llevó con él los tesoros sagrados del gran templo, pero no era un robo, era un ajuste de cuentas con el futuro.

Jamás Kjana-chuyma traicionaría su sangre, ni la de sus ancestros. Confiaba en fuerzas superiores, muchos espíritus estaban con él. Por eso se fue a la orilla oriental del lago Titicaca donde escondió las riquezas y veló por ellas, día y noche, con el sobresalto permanente de que en cualquier momento, los españoles vendrían reclamar lo que consideraban suyo.

Los conquistadores sabían de aquella fuga y rastrearon el escondite con la disposición de adueñarse del botín. El adivino no pudo predecir la llegada de los hombres disfrazados de hierro, y cuando los vio acercarse, lanzó al fondo del lago el tesoro: prefirió hundirlo que entregarlo.

Los blancos sobredimensionaron golpes y maltratos, pero no escucharon ni una palabra. El coraje era parte de la esencia de aquel viejo indio: los españoles se cansaron y a Kjana-chuyma solo pudieron arrancarle un poco de vida.

Fue entonces que el moribundo habló con su Dios y, entre ambos, llegaron a un acuerdo:

-“Hijo mío, tu abnegación en el sagrado deber que te has impuesto voluntariamente, de resguardar mis objetos sagrados, merece una recompensa. Pide lo que desees, que estoy dispuesto a concedértelo”.

-“¡Oh!, Dios amado – respondió el viejo- ¿Qué otra cosa puedo yo pedirte en esta hora de duelo y de derrota, sino la redención de mi raza y el aniquilamiento de nuestros infames invasores?”

-“Hijo desdichado-le contestó el Sol- Lo que me pides, es ya imposible”.

A Kjana-chuyma no le quedaba otro remedio que ser certero en su pedido.
Siempre fue uno de los yatiris más queridos. Incluso en aquellos días, los hijos del imperio del Sol se trasladaron hasta su lecho para cuidarle la fiebre y acompañarlo en su agonía. A cada minuto el viejo se convencía más de que antes de irse, debía dejarles un tesoro mayor que el que reposaba en las profundidades del Titicaca.

Fue entonces cuando Kjana-chuyma le pidió al Dios que le concediera a sus hermanos desasosiego: quería una solución para mitigar sus dolores y las angustiosas fatigas que les esperaban.

-“Bien,- respondió la voz- mira en torno tuyo ¿ves esas pequeñas plantas de hojas verdes y ovaladas? La he hecho brotar por ti y para tus hermanos. Ellas realizaran el milagro de adormecer penas y sostener fatigas. Serán el talismán inapreciable par los días amargos. Di a tus hermanos que, sin herir los tallos, arranquen las hojas y después de secarlas, las mastiquen. El jugo de esas plantas será el mejor narcótico para la inmensa pena de sus almas”.

Kjana-chuyma escuchó con calma las indicaciones y dicen que después de transmitir la disposición divina, murió. Sus hermanos lo enterraron en lo alto del cerro, justo donde habían brotado las primeras plantas de coca. Y desde entonces la tradición es un aliciente para los cansancios.

Después de noches frías y largos viajes por el altiplano, los hombres y mujeres de Bolivia comparten las bendiciones de esa planta cuya historia forma parte de sus propias esencias.

Horas y horas puede durar el fascinante espectáculo de la masticación de aquellas hojas que terminan siendo un amargo jugo: la reivindicación constante de Kjana-chuyma.
 

Nota de la autora: Diálogos extraídos del libro "Leyendas de mi tierra", de Antonio Díaz Villamil

 
 
   
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