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El infortunado estreno de la ópera La Traviata

Publicado: 2018.03.06 - 15:48:06   /  miguel.dario@renciclopedia.icrt.cu  /  Miguel Darío García Porto
  

El infortunado estreno de la ópera La TraviataAunque no seamos aficionados a la ópera es innegable que todos conocemos por alguna referencia a “La traviata”. La predilección del público contemporáneo por esta obra es incuestionable y quizá esta sea la ópera más popular, no sólo de su compositor Giuseppe Verdi, sino de todo el repertorio operístico.

Por eso resulta sorprendente que, el día en que “La traviata” subió a escena por primera vez, el 6 de marzo de 1853, en el Teatro La Fenice de Venecia, -hace exactamente 165 años-, fuera recibida con un escandaloso abucheo por parte del público.

“Qué fiasco, qué desastre. La traviata, anoche un fracaso. ¿Fallo mío o de los cantantes? El tiempo lo dirá”, escribió abatido en su diario el compositor italiano.

Pero ¿por qué tan rotundo rechazo? Quizáz nos ayuden a comprenderlo las palabras de alguien que asistió a aquel estreno. Bernadette Viardot, una francesa afincada en Italia que sentía devoción por el género lírico y de quien tomamos referencias de su diario recogidas por el sitio https://www.elmagacin.com/el-desafortunado-estreno-de-la-traviata/ y la compartimos con nuestros lectores a continuación:

“Domingo, 6 de marzo de 1853:

3 de la tarde:

La expectación ante la nueva ópera de Verdi es máxima. Esta tarde, a las ocho, una vez que se levante el telón, sabremos si hay algo de cierto acerca de lo mucho que se ha venido especulando. Creo que lo que ha resultado más perturbador es que la protagonista sea una cortesana.

Más de una “dama” se escandalizará cuando vea representadas en escena sus propias miserias. Porque, no nos engañemos, la diferencia radica en la forma en la que una mujer se muestra ante la sociedad (para los hombres, ya se sabe, es injustamente distinto). El secreto está en guardar las apariencias.


12 de la noche:

Estoy exhausta pero, antes de irme a dormir, quiero dejar constancia de lo que ha ocurrido esta noche en La Fenice. Creo que ninguno de los que hemos presenciado este estreno histórico podremos olvidarlo.

Nada más entrar en el foyer, he sido abordada por la marquesa de T… y, por su expresión, he creído adivinar que se disponía a informarme de un nuevo cotilleo, cargado de veneno como todos los suyos. En efecto:

“— ¿Has visto, querida? —me ha dicho al tiempo que, con una leve inclinación de cabeza, señalaba hacia su derecha— La duquesa no pierde el tiempo mientras su marido está fuera.”

Con disimulo, he mirado hacia donde me indicaba y he visto a la duquesa de C… acompañada por un apuesto joven. Sé por la propia aludida que se trata de su sobrino, y sé también que le quiere como a un hijo. Pero no he sacado de su error a la marquesa de T… y, gracias al cielo, he podido escapar de sus garras al ver cómo, desde lejos, alguien me llamaba discretamente:

“—¿Me disculpas? —he dicho a mi captora, sin darle tiempo para replicar— he de saludar una amiga”.

La que me llamaba era la condesa Maffei. La dulce Clarina, la mujer de la eterna sonrisa, hoy tenía gesto de preocupación:

“—No sé, no sé… Temo que “La traviata” se tome como una provocación… —me ha confesado”.

Adora a Verdi, y sé cuánto le dolería un fracaso suyo. Veremos qué es lo que ocurre.

A las ocho menos cuarto, ya estaba yo acomodada en mi palco. ¡Cuánto disfrutábamos, mi pobre Francesco y yo cuando veníamos juntos! Decía que un palco de ópera es un balcón a través del cual se contempla un paisaje mágico, y que esa magia es tan poderosa que, cuando se levanta el telón, uno puede viajar a otros lugares y a otras épocas sin necesidad de moverse del asiento. Se me vienen a la cabeza tantos recuerdos… En fin.

Poco a poco, los ujieres han ido apagando cada una de las mil velas que se encargan de dar luz a la sala. Al mismo tiempo, una vez abierto el panel corredizo que hay encima de la gran lámpara central, ésta ha ido ascendiendo lentamente hasta desaparecer, entre el tintineo de sus ricos adornos y el titilar de sus velas.

El murmullo de las conversaciones se ha ido desvaneciendo poco a poco, hasta convertirse en un silencio expectante, casi reverencial, pues se esperaba la llegada de Verdi de un momento a otro; al aparecer el maestro, el silencio se ha transformado en una calurosa ovación. Francesco bromeaba con ironía acerca de estos aplausos de bienvenida:

“—No entiendo por qué aplauden antes de que empiece la música, cuando aún no se sabe si lo van a hacer bien o mal…”

Bien mirado, tenía algo de razón.

Casi no acierto a expresar con palabras lo que he sentido al escuchar las primeras notas del bellísimo preludio. Sólo alguien como Verdi es capaz de componer una música que exprese tanta dulzura, tanto sentimiento, que llegue de forma tan inmediata al corazón.

¡Arriba el telón! Sobre la escena, una esplendorosa fiesta: ricos manjares que cubren una mesa lujosamente vestida, champán, coqueteos, risas… Estamos en la mansión de Violetta Valéry, una bella muchacha que vive para el placer, el que le proporciona la gran fortuna del barón Douphol.

La música es la más inspirada que le he escuchado a Verdi hasta ahora; sin embargo, ha sido difícil apreciarla con la atención que merece cuando se han escuchado risas al entrar en escena Fanny Salvini-Donatelli (Violetta), con sus treinta y ocho años y su sobrepeso:

“—Pero, ¿quién va a creerse que está tísica? ¡Ja, ja, ja!” —se ha burlado alguien, desde un palco cercano al mío”.

Afortunadamente, las aguas se han ido calmando. El brindis, una escena con una melodía muy pegadiza, ha sido acogido con agrado. Es un momento decisivo, en el que Alfredo siente cómo se va armando de valor para decirle a Violetta hasta qué punto la ama. Intuyo que este fragmento, por sí solo, se hará famoso.

El primer acto ha terminado con aplausos. A continuación, un breve descanso, en el que me he entregado a íntimas meditaciones acerca de lo injusta que es esta sociedad nuestra. Una mujer que se deja mantener en las circunstancias en las que lo hace Violetta, ¿por qué va a ser culpable, o por qué va a serlo más que el hombre que la mantiene? ¿Por qué, lo que en los hombres se ve como experiencia, en las mujeres supone un estigma? Para que esto cambie algún día, si cambia, tendrán que pasar muchos años.

Segundo acto. Casa de campo de Violetta, en las afueras de París. Alfredo y ella viven juntos desde hace unos meses. Por amor a él, la muchacha ha abandonado su vida anterior. Padece tisis y sabe que está condenada, pero trata de engañarse pensando que existe un futuro para ella y para su amado. Aunque la familia de él les repudia, viven felices. Hasta que un día, mientras Alfredo está fuera, aparece su padre, Giorgio Germont, la personificación de una sociedad mojigata y llena de prejuicios. La conversación entre Germont y Violetta es de una fuerza dramática sobrecogedora.

Las palabras del padre de Alfredo hacen comprender a Violetta que, aunque ésta sienta que Dios la ha perdonado, el hombre, la sociedad, jamás lo hará. La muchacha, vencida, cede, y acepta abandonar al joven para que éste pueda volver al seno de su familia.

Germont se marcha y Violetta, mientras espera el regreso de su amado, trata de escribirle una carta. Pero ¿cómo encontrar el coraje suficiente para decirle…? Alfredo la sorprende inclinada sobre el papel. A duras penas logra la joven guardarse la carta sin que él la lea. Aún no. El diálogo entre los dos conmueve hasta lo más hondo. Cómo he llorado al escuchar a la desgraciada muchacha cantar:

“— […] Estaré allí, entre las flores, cerca de ti para siempre. Ámame, Alfredo, tanto como yo te amo […]”

Lo que, entre líneas, le estaba diciendo, era: “Perdóname, amor mío, por lo que voy a hacer, porque voy a hacerlo precisamente porque te amo”. Lo que va a hacer, con todo el dolor de su corazón, es volver con Douphol, por un único y desesperado motivo: para que Alfredo la odie y acabe por olvidarla. Violetta se marcha a París, aparentemente para arreglar unos asuntos y volver de inmediato pero, justo antes de partir, hace que le entreguen a su amado una breve nota. La que le estaba escribiendo cuando él la sorprendió. En ella, va su adiós definitivo. Se me saltan las lágrimas… Sí, de acuerdo, la Salvini no es la más apropiada para el papel, ni por edad ni por apariencia física, pero ha interpretado esta escena con tan hondo sentimiento que sólo recordarla me hace llorar.

Tras la marcha de Violetta, tiene lugar una difícil escena entre Germont y Alfredo. Cuando digo “difícil” me refiero, más que a la escena en sí, a lo complicado que ha sido escucharla después de que el señor Varesi (Germont) desafinase ostensiblemente al empezar a cantar: “¿Quién borra de tu corazón el mar y el sol de Provenza? […]”. Airadas voces de: “¡Buhhhh! ¡Fuera! ¡Fuera!” han interrumpido por unos instantes la romanza, que Varesi ha podido terminar a duras penas. Los abucheos han continuado durante el resto del diálogo entre padre e hijo, y casi no se ha podido entender que Alfredo parte hacia París, rabioso y decidido a vengar la ofensa de Violetta.

Se celebra una gran fiesta en casa de Flora, la mejor amiga de Violetta. La anfitriona, que no sabe que Alfredo y su amada se han separado, ha invitado a ambos. Y acuden los dos, aunque por separado: primero Alfredo, solo, y más tarde Violetta, con el barón Douphol. El desastre es inevitable.

Alfredo busca un enfrentamiento con Douphol, por lo que trata de provocarle una y otra vez. Violetta, que teme un duelo entre los dos hombres, en el que Alfredo puede resultar herido o muerto, consigue hablar con el joven a solas; pero éste cree que la muchacha ha despreciado su amor para venderse de nuevo a los placeres que puede ofrecerle la fortuna del barón, de modo que acaba por humillarla cruelmente delante del resto de los invitados a la fiesta.

El genio de Verdi hace que la música sea un elemento imprescindible de la acción, una protagonista más que da a las palabras mucha mayor profundidad de la que éstas alcanzan por sí solas. En ninguna de las anteriores óperas de Verdi he sentido esto con más intensidad.

Volvemos a la casa de Violetta en París. La enfermedad ha hecho que a la desdichada se le vaya escapando la vida de entre las manos. Sabemos que, como Marguerite Gautier, va a morir. Ha perdido al único hombre que le ha profesado un amor sincero, al único al que ella ha amado de verdad. La tristeza por un presente de soledad, de desesperación, en el que casi todos los amigos le han dado la espalda, se percibe en cada una de las notas del preludio que da paso al último acto.

Se alza el telón para mostrarnos el dormitorio de la enferma. La habitación está envuelta en una semipenumbra. El cuerpo de Violetta se agita febril entre las sábanas. Annina, su fiel doncella, dormita en una silla al lado de su cama. En un momento tan íntimamente trágico, ¿cómo es posible lo que ha ocurrido? ¡Se han escuchado risas! ¡Risas! ¿Cómo puede ser alguien tan cruel, tan mezquino como para reírse de la muerte de alguien, aunque sea una muerte teatral? He sentido vergüenza ajena, rabia, incluso ira, porque han continuado escuchándose risas hasta el final, cuando Violetta exhala su último suspiro en brazos de Alfredo. Me parece inconcebible que alguien pueda burlarse de un momento así. Y, por si las risas no hubieran sido suficientes, al bajar el telón, el aire se ha llenado de abucheos:

“— ¡Esto es una vergüenza! ¡Un escándalo! ¡Fuera! ¡Fuera!”.

No puedo comprenderlo. No soy capaz de entender cómo éstos agitadores no han sido capaces de apreciar la exquisita belleza de esta ópera, su extraordinaria fuerza expresiva. O mejor dicho, sí, sí que lo entiendo. Creo que ha sido un golpe demasiado fuerte ver en escena su propia hipocresía.

Al salir, mientras charlaba con unos amigos, he vuelto a ver a Clarina. Me ha dicho que ha podido hablar un instante con Verdi y que el maestro no está preocupado. A pesar de lo que ha ocurrido esta noche, cree firmemente que, acerca de su “traviata”, aún no se ha dicho la última palabra.”

En efecto, el juicio del público de aquella noche sobre “La traviata” no fue, ni mucho menos, un juicio definitivo.

 
 
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