El derecho de los obreros a la huelga, la protección especial a la familia y a la igualdad de la mujer, así como el pronunciamiento por la educación general y gratuita, y por la salud pública al alcance de todos, se reconocen hoy entre los principales aportes de la Constitución cubana de 1940, la más avanzada para entonces en América.
Esta Carta Magna de carácter democrático-burgués, se promulgó el primero de julio de ese año, para ser firmada tres meses después en Guáimaro, Camagüey; estableciendo así un vínculo histórico con la madre de los textos constitucionales cubanos, redactada hacia el mes de abril de 1869, en ese mismo territorio agramontino.
Con esas claves fue más que evidente el interés de insertar a la nueva Ley de leyes de la Cuba Republicana en la tradición jurídica de la nación, cuya lucha de clases y algunos de los principales ideales que enarbolaba el país desde el siglo XIX, fueron expresados en su contenido.
De acuerdo con Armando Hart Dávalos (1930-2017), intelectual y político cubano, la Constitución del 40 expresó el pensamiento político de la época, “logrado por consenso público y formalizado por la Asamblea Constituyente, en la que estuvieron presentes tanto figuras de la derecha como una destacada representación de los comunistas y de las fuerzas revolucionarias provenientes de la lucha contra Machado”.
Para el también abogado, el documento jurídico resultó entre los más cercanos a un pensamiento social, de todos los que poseían las naciones del llamado Occidente, aunque a decir de Hart, sus medidas más progresistas nunca se cumplieron porque los gobiernos corrompidos y entreguistas lo impidieron.
Sin embargo, su defensa decisiva desencadenó importantes movilizaciones obreras, convocadas por la organización de los trabajadores que dirigía Lázaro Peña (1911-1974), las cuales alrededor del Capitolio hicieron presión a los debates durante todo el proceso aprobatorio del texto constitucional.
En él, además de la educación, la salud, la familia y los obreros, se reconocía el trabajo como un derecho inalienable del hombre, y se proscribía la discriminación por motivo de sexo o color de la piel.
Su existencia y disposiciones no solo influyeron en la conformación de un programa de lucha como resultó ser “La Historia me absolverá”, del entonces joven y abogado revolucionario Fidel Castro Ruz (1926-2016) -hoy líder histórico de la Revolución cubana-, sino también en el ideal social de la juventud centenaria que arrancó de raíz los lazos que hacían de Cuba una República Neocolonial.
Su letra, como símbolo de aquella bien guerreada aspiración de pueblo, queda hoy en la historia constitucional del país, síntesis de nuestras luchas libertarias y por perfeccionar en la actualidad el modelo económico y social que construimos; sin olvidar aquellos textos antecesores a ella, como lo fueron Guáimaro, 1869; Baraguá, 1878; Jimaguayú, 1895; La Yaya, 1897 y la Constitución de 1901.