
Fermín Valdés Domínguez, quien en su vida acumulara extraordinarios méritos como médico, periodista y gran patriota, nació el 10 de julio del mismo año y en la misma ciudad de José Martí, por lo que en esta fecha se estará conmemorando el 165 aniversario de su natalicio. Juntos estudiaron en el mismo colegio y tuvieron como profesor al poeta, patriota y educador por la libertad de la Patria que fue Rafael María de Mendive.
Los vínculos entre ellos no se limitaron a la infancia, sino que estarían unidos por una verdadera amistad durante toda su vida, marcada por una comunión de principios e ideales puros, su afán de justicia y de liberar a Cuba.
Con solo 16 años, en 1869, fundan de conjunto el periódico El Diablo Cojuelo, uno de los primeros periódicos bajo la libertad de imprenta, del que solo salió el primer número y fue impreso en forma de volante de cuatro páginas, sufragado por Fermín. En las cuatro páginas de esta publicación Martí logró con sus escritos políticos sacudir las conciencias dormidas de los lectores e indignar a los partidarios del gobierno español.
Desde su adolescencia Fermín Valdés Domínguez se ganó un lugar en la historia de Cuba por la actitud que mantuvo para proteger a su amigo ante un tribunal militar español. Un año después ambos cumplieron prisión por el delito de infidencia ante las autoridades españolas, por haber acusado a un compañero de estudios como apóstata.
Gran conmoción causó en Fermín, un joven que entonces poseía sólo 18 años de edad, estar involucrado junto a otros estudiantes que cursaban junto a él la carrera de Medicina, en un infame proceso judicial, al verse acusado de profanar la tumba del peninsular Gonzalo Castañón, enjuiciamiento que cobró la vida de ocho jóvenes inocentes.
Sus años posteriores los dedicaría a demostrar la inocencia de sus discípulos de Medicina, fusilados bárbaramente por las autoridades coloniales en 1871. Por eso sus restos reposan en el Mausoleo del Cementerio de Colón donde se guardan los de sus compañeros de aula.
Las gestiones realizadas por su familia lo salvaron de la pena de muerte, pero no de una sentencia de seis años de cárcel, que un año después se sustituiría por su salida de Cuba, lo que le posibilitó unirse nuevamente a Martí, deportado a España doce meses antes.
En Madrid se reúnen y juntos viven una etapa agradable de juventud, a la vez que continúan sus estudios, aunque sin abandonar sus compromisos con la Patria.
Culminó su carrera en 1876 y regresó a la Isla con la intención de establecerse como galeno y en poco tiempo se distinguió como médico e investigador científico sobre la prevención de enfermedades infecciosas por lo que fue aceptado en instituciones científicas, fraternales y sociales de la época. Cuando se funda en 1892 el Partido Revolucionario Cubano es designado como su delegado en Baracoa, donde combina su profesión con su labor política.
En 1894 Fermín partió para Nueva York y se instaló en Cayo Hueso, donde se encuentra con Martí, iniciando así su trabajo con la emigración cubana.
Se incorporó a la manigua poco después de la caída en combate del Apóstol de la independencia en 1895; llega a Cuba como parte de la expedición comandada por el patriota polaco Carlos Roloff, obtuvo el grado de coronel, ocupó las jefaturas de la Sanidad Militar del Ejército Libertador y representó a Camagüey en la Asamblea Constituyente de Jimaguayú.
Terminada la Guerra de Independencia, Fermín Valdés Domínguez no volvió a ocupar cargos públicos, se dedicó a su faena de médico y se opuso al anexionismo dentro de la Junta Patriótica de La Habana, ciudad en la que falleció en 1910.
De él Martí destacó: “¡Ah! Ese hombre no ha vindicado solamente a los estudiantes de Medicina, ese hombre ha vindicado a la sociedad cubana. Ese fue el singular servicio de Fermín Valdés Domínguez a su Patria. Pero el amor entrañable que le tengo, porque desde la niñez amamos juntos la verdad y el dolor, porque aborrecemos con el mismo fuego la arrogancia y la codicia que dividen a los hombres, porque derramamos con la misma pasión la amistad que los calma y congrega, porque en la vida nublada perseguimos la misma estrella doliente y adorable, impone a mis labios el silencio en el instante en que desbordarían de ellos el entusiasmo y la ternura. Nos queremos, como de la misma raíz”.