Transcurría media mañana de aquel sábado 10 de octubre de 1868 y el tañido de la campana en el ingenio La Demajagua se escuchaba a la hora acostumbrada; sin embargo, el ritmo de las campanadas era diferente; una mano agitaba con desespero el badajo y en cada contacto con el metal llamaba con urgencia a todos, con un clamor extraordinario.
Esta vez, la señal que comúnmente alertaba a los ingenios vecinos sobre la presencia de un negro cimarrón en la zona, serviría a Carlos Manuel de Céspedes para reunir a sus esclavos, darles la libertad y, con el trascendente grito de “¡Independencia o Muerte!”, convidarlos a iniciar la lucha por la libertad de la Patria.
El propio José Martí, años más tarde, reflexionaba: “…los misterios más puros del alma se cumplieron en aquella mañana de La Demajagua, cuando los ricos, desembarazándose de su fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el decoro, que vale más que ella; cuando los dueños de hombres, al ir naciendo el día, dijeron a sus esclavos: “¡Ya sois libres!”
Tres días antes, el capitán general Francisco Lersundi había enviado una comunicación a Bayamo con la orden de detención de los principales conspiradores: Céspedes, Perucho Figueredo, Francisco Vicente Aguilera y Maceo Osorio. El telegrafista, que integraba una familia de patriotas manzanilleros, la recibe y de manera inmediata avisa a Perucho y éste alerta a los demás.
Es por ello que Céspedes con su sagacidad y audacia para acabar con las indecisiones, los aplazamientos y el peligro de que abortara el movimiento insurreccional, adelanta el alzamiento. Ya el día 9 de octubre había mucha agitación y los revolucionarios, en cifra cercana a los 500 hombres, se van congregando en el Ingenio La Demajagua.
En la madrugada del propio día 10 Céspedes apenas duerme, acudían a su mente muchos recuerdos y enseñanzas, aprendidas de Varela, Luz y Caballero, Saco, o Arango y Parreño, los grandes maestros, y redacta lo que se conoce como Manifiesto del 10 de Octubre o Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, donde se explicaban las razones del alzamiento, se expresaba el deseo de la abolición de la esclavitud con indemnización y se centralizaba la dirección civil y militar de la Revolución.
Para Céspedes, a quien la historia consagraría como el Padre de la Patria, esta decisión de iniciar la lucha armada en la manigua fue la oportunidad de desplegar todas sus capacidades como estadista, pensador y estratega al frente del Gobierno de la República en Armas. Desde allí, todo su esfuerzo estuvo encaminado a lograr la independencia y abolir la esclavitud, fiel a los dos presupuestos básicos de su manifiesto de lucha: libertad e igualdad.
El 10 de octubre de 1868 marcó el inicio de una nueva etapa en la historia de Cuba. Los que en aquella mañana se reunieron en el ingenio La Demajagua para apoyar el acto de rebeldía y suscribirse al Manifiesto que daría a conocer Céspedes, se convirtieron en los protagonistas del tránsito de la etapa reformista a la insurreccional.
Desde esa memorable fecha, la manigua se convirtió en el escenario excepcional donde hombres de distintas clases sociales mezclaron sus energías y destrezas, y fundaron un ejército mambí que a fuerza de coraje y desprendimiento llevó el empeño emancipador de la tierra amada por sobre todos los obstáculos y enarbolando una firme consigna: ¡Viva Cuba Libre!
A la una de la madrugada del día 11 de octubre partía la tropa insurrecta hacia Yara. Había empezado la Revolución del 68 y Cuba estaba en pie de guerra.
En ocasión del centenario de la heroica gesta, hace 50 años, el Comandante en Jefe Fidel Castro, al poner de relieve la continuidad histórica de la lucha revolucionaria, manifestó “…en Cuba solo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes”.
Aquellos tañidos de la campana de La Demajagua hace 150 años hicieron un llamado eterno a la lucha del pueblo cubano, que llega hasta nuestros días y continúa, ya con la libertad conquistada, pero con la firme convicción de defenderla siempre.