
El caluroso verano de julio de 1896 se hacía sentir con fuerza en las montañas orientales, sobre todo en una zona conocida como Loma del Gato, término municipal de Alto Songo en tierras santiagueras.
El Mayor General José Maceo y Grajales, a quien también llamaban el León de Oriente, se encontraba acampado en la zona, en espera de su encuentro con Máximo Gómez, cuando recibió la noticia del movimiento de las tropas enemigas cerca del campamento insurrecto cubano.
No demoró su orden para hostilizar a las tropas españolas; primero envió al capitán Luis Aranda Quintana para atraer la atención del adversario y después al teniente coronel Francisco Sánchez Echevarría, para que se adelantara con la guerrilla por el camino más corto en esa montaña.
Como en tantas otras ocasiones, no rehúye el peligro. Habían pasado solo veinte minutos y José Maceo no sentía ningún disparo, por lo que decidió partir a hacer frente él mismo al enemigo, junto a sus escoltas y ayudantes, con el revólver en la mano. Al ordenar el ataque definitivo, cae derribado con un balazo en la cabeza.

En su auxilio acude el teniente Salvador Durruthy, quien pierde la vida en el intento. Malherido es trasladado hasta el cafetal La Soledad donde pasadas las tres de la tarde del día 5 de aquel mes de julio caluroso pierde la vida. A su lado estaban sus fieles subalternos que sintieron profundamente su pérdida.
De este patriota inmenso que fue José Maceo, de su valentía, audacia y astucia frente al enemigo habrá que hablar siempre en presente cuando se recuerde a los hombres más grandes que ha dado Cuba en toda su historia; de su amor por Cuba, por la independencia de la Patria, por la libertad, a los que dedicó 28 de los 47 años de su fructífera existencia.
Cuando se profundiza en la vida de este jefe militar mambí se aquilata toda su grandeza durante su participación en las tres guerras del siglo XIX, acumulando más de 500 acciones. Se había sumado a la lucha solo dos días después del alzamiento de La Demajagua en 1868, cuando sólo tenía 19 años de edad.

A sus anhelos libertarios dedicó 12 años de lucha intensa en los campos insurrectos, sufrió dos en prisión, 14 en el exilio forzoso, siempre presto a dar a su país todo el concurso de su esfuerzo y hasta su propia sangre, con la que regó 18 veces su amada tierra. Las características de su valor las constituyeron el ímpetu y el arrojo, siempre al frente de sus hombres en cada combate. Enseñó con su heroísmo cuál era el camino de la gloria.
Cuando el Generalísimo Máximo Gómez conoció la noticia de la muerte de José expresó: “Su valor y decisión lo llevaron a la tumba. Es inapreciable la pérdida que hemos sufrido”.
También el destacado patriota Fermín Valdés Domínguez señalaría: “Fue al combate sin calma y sí con toda la rabia del hombre valentísimo y toda la entereza del soldado de la Patria. Y fue a luchar y a vencer y a escribir su triunfo con su sangre”.