
La pequeña embarcación nombrada Granma había partido para su peligrosa expedición desde la ciudad mexicana de Tuxpan siete días antes, con 82 hombres a bordo comandados por el líder revolucionario Fidel Castro, y sobre las seis de la mañana del domingo 2 de diciembre de 1956 detenía sus motores - ya sin combustible que los accionara - cerca de las costas cubanas, en una zona sur oriental conocida como Los Cayuelos.
Cada una de las millas recorridas por el Granma sobre aquel mar encrespado en que “mugía la ola”, con aquel “hacinamiento infernal” de hombres, equipos y materiales de toda clase, que el Che recoge en sus Pasajes de la guerra revolucionaria, son la reafirmación de una voluntad indomable, una infinita confianza en el pueblo, una fe inextinguible en el futuro de la patria, como una imagen de la fuerza que comunica la pasión con que se entrega el hombre a una causa cuando está convencido de que ésta es genuina, justa y digna.
Solo tres embarcaciones fueron testigos del arribo de aquel hermoso yate de recreo a aguas cubanas: el bote de remos conducido por un pescador, el barco de cabotaje Tres Hermanos que iba saliendo en esos momentos de la Laguna del Guaso transportando carbón hacia Manzanillo, y la embarcación La Gibarita dedicada al traslado de arena de Cayo Cacimba a Niquero, en aquella zona. Sus tripulantes advierten la presencia del Granma, se asustan, se dispersan con rumbos diferentes y los de La Gibarita alertan a las fuerzas batistianas.
Pese a los patrullajes por aire y mar, la tiranía llega al yate Granma cuando ya había sido abandonado por sus tripulantes. Un bote auxiliar se había encargado de iniciar la transportación del armamento, pero debido a su mal estado, se hundió a los pocos metros por lo que fue necesario que cada combatiente llevara las armas consigo, además de sus mochilas.
Para los expedicionarios, la travesía fue azarosa y tendrían que andar todavía por aquel terreno cenagoso, enterrados casi todo el tiempo en el fango, con el agua al cuello, durante aproximadamente cuatro horas hasta llegar a tierra firme.
Avanzaron ayudándose unos a otros, pero también con la alegría de llegar a Cuba para luchar por su libertad - un sueño acariciado durante mucho tiempo – y hacer realidad la promesa de Fidel: “En 1956 seremos libres o seremos mártires”.
La trabajosa marcha causó los primeros estragos en la tropa, muchos se lesionaron entre los mangles, las botas y uniformes se dañaron considerablemente, las armas y los equipos se mojaron y muchos valiosos pertrechos quedaron perdidos en el trayecto.

Concluida la proeza del Granma, de la travesía y del desembarco, nuevas experiencias, fracasos y victorias marcarían el destino de esos 82 hombres que con su esfuerzo, su sangre y hasta con su vida afirmaron la voluntad de lucha, que era el verdadero camino.
El rigor y la adversidad conformaron el nacimiento del Ejército Rebelde, alma de la Revolución, que a base de valentía, dignidad y sacrificios dio continuidad a la lucha iniciada por los mambises y con el triunfo revolucionario entregó las armas al pueblo, para fundido en él, constituirse entonces como las gloriosas Fuerzas Armadas Revolucionarias.
Aquel 2 de diciembre comenzó históricamente a derrumbarse la neocolonia levantada sobre los mambises, sobre la legión agraviada de héroes, y allí mismo, en Las Coloradas, comenzó a conquistarse, palmo a palmo, bala a bala, la verdadera soberanía de Cuba.

En el corazón de cada cubano, la proeza del Granma constituye uno de los hermosos símbolos de la línea consecuente que alienta el quehacer de la Revolución cubana. Todavía están frescas las huellas de quienes hicieron la historia y propiciaron la victoria.
Tras 64 años del desembarco del Granma, aquel sitio hermoso ha vuelto a llenarse de rostros jóvenes de la región oriental del país para rememorar, con un desembarco simbólico, aquel hecho de enorme significación en la historia nacional.
En la actualidad, como dijera Fidel en una ocasión, “ya no se trata de un puñado de hombres en un pequeño yate, más repletos de ideas que de armas, sino de una nave inmensa y sólida que ninguna ola, ningún viento, ninguna tempestad será capaz de hacer naufragar, cargada esta vez de muchos sueños hechos realidades y de muchas realidades que son sueños todavía por hacer, donde un pueblo entero navega hacia el futuro”.