Muy inquieta y triste me dejó este martes la muerte del Presidente Hugo Chávez. Un dolor inmenso se alojó en mi corazón, y no pude evitar las lágrimas, que imagino, provoca aún la noticia en los millones de personas que aprendimos a amar al líder bolivariano.
Hoy amanecimos sin él, pero su espíritu de lucha está con cada latinoamericano, porque nos enseñó a querer la Patria grande, la inmensa Latinoamérica.
No hay dudas de lo valiente que fue, de su transparencia para con el pueblo al decirle que debía regresar a Cuba para someterse a otra operación, de su responsabilidad gubernamental al dejar preparado cada detalle si por casualidades nefastas de la vida llegara a ocurrir lo peor.
Sin embargo, a pesar del dolor, la esperanza irrumpe en mi mente cuando escucho a hablar a los venezolanos de seguir construyendo su obra, de no dejarse arrebatar lo que con tanta dignidad les enseñó a querer.
Por eso titulo mis líneas “Los que mueren por la vida no merecen llamarse muertos”, como los hermosos versos del poeta Alí Primera, en los que dice además: “Canta canta compañero/ que tu voz sea disparo/ que con las manos del pueblo/ no habrá canto desarmado”.
Y por su puesto que no lo habrá, porque el hombre y amigo de la talla de Martí y Bolívar, que físicamente dejó de existir, lo aprendimos a respetar con cada gesto de unidad y solidaridad.
Hugo Chávez fue humano por excelencia y socialista por convicción. A Fidel lo tomó como un padre, y revolucionó a Venezuela como el más grande libertador del siglo XXI.
Por eso lo quiero tanto. Y aunque me arrancó un montón de lágrimas ayer, me ha dejado en el alma, como lo ha hecho Fidel, el sentimiento de sentirme cubana, latinoamericana, y de tener presente, no obstante las adversidades, que la lucha continúa más allá de los hombres que la protagonizan.