
En la raíz del alma cubana está presente con su sencilla grandeza Mariana Grajales Coello, la madre de los Maceo y de la Patria, que se le recuerda como lo hizo José Martí “con su pañuelo de anciana a la cabeza, con los ojos de madre amorosa para el cubano desconocido, con el fuego inextinguible en la mirada y en el rostro todo, cuando se hablaba de las glorias de ayer, y de las esperanzas de hoy…”
Este 12 de julio se conmemora el 203 aniversario del natalicio de esta excepcional mujer, reconocida no solo por la prole de valientes patriotas que acunó y formó, sino también por su elevado concepto de la moral y el decoro, su capacidad de resistencia ante las vicisitudes y su valor extraordinario.
Hija de los dominicanos José Grajales y Teresa Coello, nace en Santiago de Cuba y es bautizada en la iglesia de Santo Tomás Apóstol. En esa ciudad fundaron un hogar humilde pero cargado de sólidos principios morales que marcaron para siempre el carácter de Mariana.
Desde pequeña despuntó en ella una recia solidez cívica legada por su familia y formada a partir de lo que escuchaba en su hogar, donde constantemente se condenaban los atropellos y crímenes de la esclavitud y se resaltaban los intentos conspirativos de los patriotas cubanos que visitaban la casa.
Por su condición de negra y pobre no pudo recibir la debida instrucción, la cual suplió con su inteligencia natural y su comprensión de los problemas de la época que le tocó vivir. Así se hizo una mujer de principios inflexibles. Era muy laboriosa y se hizo acompañar con la práctica de una exquisita urbanidad en sus relaciones humanas, la cual supo transmitir a sus hijos y nietos.
Quienes la conocieron, la describen como una mujer “robusta, de regular estatura, más bien baja, nerviosa, de movimientos ligeros”, tierna y bondadosa, que vestía con pulcritud y lo mismo ayudaba en la atención a los cultivos que en la esmerada limpieza de la casa.
El día 23 de octubre de 1868, trece días después de iniciada, se sumó a la lucha por la independencia y se mantuvo en ella diez años, hasta 1878, acompañando a las fuerzas insurrectas en la manigua y compartiendo con ellas las miserias, adversidades y triunfos, además de curar heridos y atender a los enfermos en los hospitales de sangre del Ejército Libertador, incluidos sus propios hijos; arreglar la ropa de los insurrectos, trasladar armas y pertrechos a las fuerzas cubanas y animar con su optimismo y fe en la victoria.
En la manigua irredenta perdió a su esposo Marcos y a varios de sus hijos, además de soportar con firmeza los rigores de la vida en campaña siendo incluso una mujer sexagenaria. Cumplió su deber como mambisa con total entereza y coraje, y no escatimó la vida de los suyos para lograr la libertad de la Patria.
Después del Pacto del Zanjón tuvo que partir hacia el exilio en Jamaica como muchos otros patriotas. Vivió en una casa pequeña y humilde que muy pronto se convirtió en centro de reunión de los revolucionarios y fundó organizaciones patrióticas, pues continuó abogando por la libertad de Cuba.
El propio Martí la visitó allí en varias ocasiones y de ella expresó: “Es la mujer que más ha conmovido mi corazón”.

En ese país muere el 27 de noviembre de 1893 y treinta años después sus restos mortales fueron trasladados a Cuba, como era su voluntad. Fueron exhumados el 22 de abril de 1922 ante la presencia de de importantes personalidad de Cuba y de Jamaica, y enviados a la Patria en el crucero Baire de la Marina de Guerra, recibiendo en Kingston y en Santiago de Cuba los honores correspondientes.
Su espíritu de lucha y de firmeza han sido la guía y ejemplo para las sucesivas generaciones de cubanos. Madres de la estirpe de Mariana han ofrendado la vida de sus hijos por la libertad de Cuba y otros pueblos del mundo.
Se recuerda, a 203 años de su nacimiento, el gesto de Fidel aquel 4 de septiembre de 1958, cuando en los días de la lucha armada se creó en la Sierra Maestra el pelotón de mujeres cubanas que dignamente tuvo como nombre el de esta extraordinaria heroína, que sin dudas es la madre de la Patria.