
Máximo Gómez Báez había desafiado la muerte en 235 combates y sufrido tan solo dos heridas durante sus 67 años de vida, cuando se vio de pronto en el lecho de muerte debido a una septicemia, que surgió días atrás desde una pequeña lesión en su mano derecha, la misma con la que levantó su machete durante el largo camino de casi tres décadas de bregar revolucionario en tierras cubanas.
En sus horas finales de dolor y sufrimiento su mente debió hacer un largo repaso de su vida, sobre todo desde que se unió para siempre con los destinos de esta amada tierra insurrecta, como un cubano entre todos los cubanos, peleando por la redención de la patria en tres guerras esenciales.

Recordaría cómo las campañas militares fueron consolidando su prestigio al poner a prueba su inteligencia y habilidades, en las cuales demostraba sagacidad como guerrero de montaña. Había emergido como máximo jefe militar y reconocido por otros destacados altos jefes cubanos forjados a su lado como los hermanos Antonio y José Maceo Grajales, Calixto García Íñiguez, Flor Crombet, Guillermón Moncada y Serafín Sánchez, entre otros.
El propio Antonio Maceo lo consideró, no por casualidad, el más capaz y brillante militar mambí de las guerras de independencia.
Como hombre de guerra había sacado partido a todo, no solo de la sobriedad, de la resistencia, del valor de los mambises, sino también del alma misma de sus enemigos, del mosquito, de la charca salobre, de las epidemias; ninguno como él conoció mejor la textura ni supo hacer vibrar las fibras más íntimas de su material humano, del soldado mambí, que le permitieron hacer milagros.
También pensaría en sus nobles sentimientos y la sensibilidad humana demostrados a través de su vida, que lo llevaron a identificarse y luchar con los de abajo, de ahí que su comida era la misma que la del más simple soldado, cosa que exigió siempre.
También no dudaba que las privaciones, la vida a la intemperie y las largas cabalgatas habían hecho mella en su salud, pero eso no importaba cuando se trataba de luchar por una causa tan grande en esta, en su segunda patria.

Soñaba con Bolívar, San Martín, Garibaldi y “toda esa gente loca y guapa”, y seguro pensó que, como aquellos, bajo su mando las tropas habían sido protagonistas de gloriosas victorias. No por gusto fue el hombre escogido por José Martí para llevar adelante la guerra necesaria.
El viejo general de cabellos y barbas blancas, copioso bigote, esbelto sobre su corcel, se sabía un vencedor de mil batallas, el estratega brillante de las invasiones a Guantánamo (1871), Las Villas (1875) y Occidente (1895), y de la Campaña de La Reforma (1897), el táctico genial de La Sacra, Las Guásimas, Mal Tiempo… El sueño, su sueño, de ver libre e independiente a Cuba se había frustrado dolorosamente por la ocupación militar, que vino después de la intervención norteamericana en la guerra contra España.
Su mente lo llevaría a repasar también su vida personal, siendo un padre que sufrió la pérdida de varios hijos y, a pesar de ello, no renunció nunca a defender sus ideales. Nada pidió para él ni para los suyos, ni siquiera el pago que le correspondía como Mayor General del ejército mambí. Sus únicas propiedades habían viajado con él un buen tiempo encima de su caballo: un costurero con hilo y agujas, el álbum con las fotos de sus hijos y el jarrito que le servía para tomar agua y café.

Recordaría sin dudas su epistolario y cómo en todos sus escritos, incluido su Diario de Campaña, había dejado claros sus principios de servicio a la Revolución anticolonial y a la forja de una conciencia donde se conjugara la cubanía, el ideal antillano y la concepción de la América nuestra de José Martí, que él hizo suya.
Las horas finales de su vida transcurrieron en una residencia recién reservada para él por el Gobierno, que conocía la gravedad de su estado de salud, y estaba ubicada en la Calle 5ta. esquina a D, en el vedado capitalino, muy cerca del litoral.

Gómez había entrado en una profunda agonía hasta que se detuvo su corazón a las seis de la tarde. Al morir aquel 17 de junio de 1905, como el más humilde de los patriotas, Cuba perdía a un dominicano fiel, al gran caudillo que había sido aclamado por sus soldados, reverenciado por el pueblo y que tuvo el supremo gesto de renunciar a la presidencia de la República al preferir “…liberar a los hombres a tener que gobernarlos”.
Alguien que había vivido con tanta intensidad y entrega dejaba de existir sin ver a Cuba liberada. El Senado dispuso en sesión extraordinaria los sucesivos tres días de luto nacional. El cadáver del legendario combatiente fue velado en el Palacio Presidencial (antiguo Palacio de los Capitanes Generales) y se le tributaron las honras fúnebres correspondientes a un Presidente de la República. Sobre el ataúd, las banderas de Cuba y Santo Domingo. Las calles habaneras estaban llenas de colgaduras negras y banderas enlutadas. Los cubanos todos lloraron y se hicieron fila para rendirle el merecido tributo; como el que se le brinda hoy, a 115 años de distancia.

Bibliografía: Artículo de Ciro Bianchi Ross, ¿Cómo murió Máximo Gómez? Publicado en periódico Juventud Rebelde del 25 de julio de 2010. Página 11.