Desde la infancia, en su Manzanillo natal, Rosa María Pérez Aguilar soñaba con servirle a los demás. Ese amor por el prójimo se lo impregnaron sus padres y familiares, vinculados a figuras revolucionarias como Celia Sánchez, Crescencio Pérez y Guillermo García, mientras le transmitían anécdotas relacionadas con estos y otros combatientes revolucionarios, entre ellos, Piti Fajardo y el Che.
Confirmó entonces su vocación por la medicina, estudios que realizó en La Habana. Tuvo el privilegio además de practicar el Internacionalismo muy joven -en su sexto año de la carrera- cuando triunfó la Revolución Sandinista y Cuba envió médicos a Nicaragua.
En esa tierra hermana Rosa María se graduó y pasó sus dos años de servicio social, experiencia que mucho le aportó a su quehacer profesional y a su decisión de optar por una especialidad que demanda un elevado valor humanista.
De ahí que Rosa María realizó la especialidad en Cirugía Plástica y Quemados y se capacitó para atender a adultos. Laboró en el Hospital Naval hasta 1990 cuando se inauguró el pediátrico Juan Manuel Márquez y la convocaron a fundar esos servicios en la nueva institución de salud, los que actualmente dirige.
En su puesto de labor, una de estas frías mañanas de marzo, conversé con esta tierna mujer que trataba de aliviar el malestar del pequeño Víctor, un niño de 9 años que sufre quemaduras como consecuencia de un accidente en el hogar.
“Aquí, llevo 23 años (actualmente es Jefa del Servicio de Cirugía Plástica y Quemados) y me siento realizada porque los niños son personas especiales, ellos, aunque estén sufriendo algo tan severo como son las quemaduras, colaboran y son muy sinceros, te quieren y a pesar del dolor, agradecen tus servicios.
“Son pacientes que evolucionan más rápido que los adultos y superan mejor las limitaciones derivadas de las quemaduras; siempre tratamos de disminuirles las secuelas estéticas y funcionales”, comenta y asegura que “ni la real escasez de recursos generada por el bloqueo a Cuba me frena los deseos de hacer y entregar amor a cada enfermo que llega a este hospital capitalino”.

Ante mi interrogante de cómo puede superar el dolor que ocasiona a cualquier ser humano el hecho de manipular un niño quemado, la doctora respondió que a veces los catalogan de personas con el corazón duro, mas resulta todo lo contrario “nuestro corazón es tan sensible como el de cualquier otro, lo que sucede, es que cuando estamos haciendo esos procederes en infante, estamos pensando en salvarle la vida, en devolverlos a la sociedad con menos secuelas estéticas y funcionales”.
La doctora Rosa María, madre, esposa, trabajadora y educadora de la nueva generación de médicos, siente una gran recompensa por cada vida que salva (ni un sólo fallecido en los dos últimos años de unos 200 reportados en estado crítico) y atestigua que de volver a empezar volvería a la medicina y a la cirugía plástica y de quemados.
Aunque son casi tres décadas consagradas a la salud pública no ceja en su empeño por superarse. Cursa la maestría en pedagogía de la educación superior y es profesora auxiliar de la especialidad.
Ese amor de Rosa por su profesión y por la vida es precisamente el amor que engendra la maravilla, como dice una de las canciones de Silvio Rodríguez; el mismo que permitirá que Víctor pronto pueda estar junto a sus amiguitos de la escuela y en el futuro sea un hombre de bien y útil a la sociedad.