
A Teresita Fernández García (1930–2013) se le considera siempre, con toda justeza, la “cantora mayor”, por ser esa suerte de alma sensible que con sus composiciones e interpretaciones toca el sentimiento humano, por ese amor infinito que siempre profesó a la poesía y a las letras, sus cómplices acompañantes de toda su fecunda vida.
Se imaginaba a sí misma como un juglar que lanzaba sus canciones al viento para alegrar los más diversos corazones, desde pequeños hasta grandes, en cualquier escenario al aire libre o sobre las tablas de este.
Poco se conoce su obra autoral de amplio repertorio, pues casi siempre se ha asociado con la canción infantil, pero que incluye exquisitos boleros, poemas musicales, villancicos (versos hexasílabos u octosílabos distribuidos en un estribillo) y habaneras, todo un derroche creativo que la trasciende.


Varias generaciones de cubanos y de muchos otros rincones del mundo han crecido tarareando y recordando su musicalidad extraordinaria y la particular manera en que ella supo cantarle a su gatico
Vinagrito, al zunzuncito, a la lagartijita verde, al conejito majadero, al grillito acatarrado, a la muñeca de trapo, a la señora manatí, a la tía Jutía o al Zafirito.
Al hablar de estas canciones, siempre recordaba: “Me gusta contemplar a los gorriones que vienen a mi ventana; me fijo en las flores silvestres, en las nubes… disfruto el amanecer, el mar… la naturaleza es superior a la vida que nosotros mismos nos imponemos y limitamos. Es preciosa y vivimos dentro de ella”.
También han permanecido por décadas en el gusto musical sus creaciones de un estilo propio, singular, dedicadas al Titiritero, al payaso Peppy, a la vicaria, el carretón, la lluvia, el sol, el mar, lo feo… con esa misma dulzura con que invitaba a la unión de todos: Dame la mano y danzaremos (la Ronda creada junto a Gabriela Mistral)… Porque tenemos el corazón feliz…
Esta maestra de profesión, y cantora por pasión, musicalizó y eternizó para todos, especialmente para los más pequeños, el Ismaelillo de José Martí con su prólogo y quince poemas, dando muestras de una riqueza inspiradora tan amplia de estilo, de calidad y originalidad muchas veces insuperable.
En una entrevista concedida a la prensa cubana reconocía: “Me considero una maestra que canta, porque si con mi música no soy capaz de transmitir algo, de enseñar algo, entonces nada de lo que hecho hubiese valido la pena. José Martí decía que el maestro, dondequiera que esté, tiene que plantar su tienda de maravilla, porque hace falta que venga al mundo gente a conmover”.

Teresita está situada, para siempre, en los más altos peldaños de la historia de la música cubana por ser también, sin proponérselo, una insigne trovadora, aunque había preferido siendo muy joven llegar a ser concertista, dada la herencia musical de su familia. Cuando llegó a la capital, allá por el año 1957, tuvo la suerte de ir de la mano de las hermanas Martí, excepcionales símbolos de la música cubana, quienes más tarde la llevaron a conocer al cantante, compositor y pianista cubano Bola de Nieve, para que la escuchara cantar.
Fue Ramón Veloz, conocido exponente de la música de origen campesino en Cuba, el primer intérprete que asumió en su repertorio una canción de Teresita titulada Cubano mira tus palmas. Así, ella empezó a dedicarse de a lleno al arte de componer y cantar sus propios temas.
En los años sesenta del pasado siglo se iniciaría su popularidad, cuando Bola de Nieve demandó su presencia en las noches musicales del afamado restaurante capitalino Monsigneur y se difundieron dos de sus más bellas composiciones No puede haber soledad y Cuando el sol, una suerte de balada pop de exquisita factura.
A partir de ahí esta virtuosa mujer, a fuerza de estudio y talento, inició el ascenso de su carrera y el amplio reconocimiento de su pueblo, y más tarde tuvo la posibilidad de incursionar en espacios fijos en programas infantiles de la televisión y la radio, así como en uno de los sitios que acaparó la preferencia del público cubano: La peña de los juglares, también conocida como La peña de Teresita, que tenía lugar todos los domingos bajo las yagrumas del Parque Lenin.
En la discografía de Teresita, entre otros materiales, se incluyen el álbum Mi gatico Vinagrito (dirigido y producido musicalmente por la destacada cantautora Sara González), así como los CDs No puede haber soledad (también con esa producción) y Teresita canta a Martí, ambos editados por el Centro Pablo de la Torriente Brau.
Han transcurrido siete años desde que Teresita cerrara sus ojos al mundo y dejara de componer y cantar a sus 82 años, pero en el sentimiento de su pueblo queda ese hermoso legado musical que todavía hoy se tararea entre niños y adultos, con la responsabilidad de hacerlo trascender al futuro como uno de sus más bellos regalos de vida, inspirados siempre en su comprometida cubanía, el amor y la virtud.