Fátima Patterson: la fe, la escena y el tiempo
La vida de Fátima Patterson parece escrita con la tinta persistente de la fe, la memoria y la escena; a sus 75 años, la actriz santiaguera, Premio Nacional de Teatro 2017, mira atrás sin nostalgia y hacia adelante con la serenidad de quien ha hecho del arte una forma de resistencia, compromiso y amor.
Nacida en la barriada de Los Hoyos, en el seno de una familia humilde y digna, Patterson creció rodeada de valores, sensibilidad social y pasión por el arte, herencia de su padre, el destacado trompetista Mario Patterson, y de una madre incansable, cuya historia inspiró la emblemática obra Ropa de plancha, reflejo de la fortaleza y la dignidad de la mujer cubana.
De esos años primeros conserva como recuerdo un Día de Reyes en el que había pedido un hula-hula rojo; al amanecer, el juguete no estaba, ante lo que su madre la tranquilizó y le explicó que lo habían traído azul y salieron a cambiarlo; su padre fue tras ellos y regresó con el anhelado obsequio —aunque sin sonido—, pues era el único disponible.
Aquella escena sencilla contiene, quizás, la semilla de la creadora que vendría después, y revela no solo las carencias materiales de la época, sino también a la ternura, la dignidad y la imaginación como refugio.
Estudió piano a temprana edad; quiso ser vedette, cantar y bailar, mujer de luces y tablas, y lo logró desde la escena, al fusionar el teatro con la danza, la música y los ritmos populares.
Tras aprobar un curso de formación actoral anunciado por el periódico Sierra Maestra, transitó por la radio, la televisión y el cine, pero fue en el teatro donde halló su voz más profunda, y nunca más se separó de ella.
Integró el Conjunto Dramático de Oriente —luego Cabildo Teatral Santiago—, donde permaneció hasta 1992, absorbiendo saberes, técnicas y visiones vinculadas al estudio del teatro de relaciones y las esencias de la cultura cubana, que más tarde decantarían en su proyecto mayor: Estudio Teatral Macubá, síntesis de una visión estética y social unida a las raíces africanas, la cultura popular tradicional, la espiritualidad y las problemáticas contemporáneas.
Obras como Repique con Mafifa, Mundo de muertos, Caballas, La casa y Somos mujeres, constituyen parte esencial de una dramaturgia marcada por la perspectiva de género, la racialidad y la defensa de los valores humanos.
“Mi compromiso es con las mujeres, con los jóvenes, con la cultura y la justicia social; no se trata solo de crear, sino de acompañar, formar, escuchar”, afirmó a la Agencia Cubana de Noticias la maestra de juventudes de la Asociación Hermanos Saíz, convencida de que la formación de nuevas generaciones es una de las responsabilidades más nobles.
Por ello, Macubá se constituyó como unidad adscrita a la Universidad de Oriente y fundó un grupo artístico-docente, con el objetivo de preparar el relevo creativo.
“He consagrado la mayor parte de mi vida a hacer arte, a proteger nuestra idiosincrasia, a defender las causas justas y a luchar contra cualquier forma de discriminación”, subrayó.
Al arribar este 6 de febrero a sus 75 años, la reconocida creadora alista nuevas puestas en escena e impulsa el proyecto Un domingo con mi abuela, iniciativa destinada a fomentar valores, rescatar la memoria histórica y fortalecer el civismo.
Aseguró que solo pide tiempo para seguir creando, consolidar su grupo, acompañar a los jóvenes, aprender y aportar, aunque confiesa una inconformidad: no haber interpretado a la Camila de Santa Camila de La Habana Vieja; pero enseguida sonríe y afirma que, mientras hay vida, hay esperanza.
Cuba, en su diversidad, es una; la patria es una, y todos debemos mirar en esa dirección, dijo con serenidad y la firmeza de quien ha vivido, creado y aprendido mucho.
Fátima Patterson celebra la vida con gratitud, y en su voz habitan la memoria, la resistencia y la ternura de una nación que se reconoce en sus gestos.
Fuente: Agencia Cubana de Noticias

