Lam y Peláez, virtuosos cubanos admirados en todo el mundo
La portentosa colección del Museo de Fernando Botero en Bogotá, que exhibe obras propias del gran artista colombiano, y otros de cultores de todas partes del mundo, alberga también una joya cubana: Tótem, del asombroso Wifredo Lam.
El lienzo, que fue pintado en 1957, ofrece a los visitantes una imagen que, fiel al estilo del maestro, incorpora máscaras y trazos que evocan los rituales y la espiritualidad de África y del Caribe a través de colores intensos.
La grandeza de Lam (1902-1982) es admirada a diario en esta institución ubicada en el centro mismo de la capital de Colombia y de manera particular por el crítico de arte Manuel Ignacio Serrano.
El entendido, cuyo seudónimo es «Halcón» goza igualmente del talento de Amelia Paláez, cuya obra Flores (1963) forma parte de la Colección de Arte del Banco de la República de Colombia.
«El ímpetu del hallazgo en una secuencia suele venir determinado por la exteriorización del conocimiento desde lo profundo y subliminal. Wifredo Lam y Amelia Peláez corroboran que en el arte el edicto se define al abatirse el vallado de lo aparente en favor de la legitimidad personal», me comenta Serrano cuando le pregunto por la obra de los dos gigantes del arte cubano.
Sin duda ama el universo de Lam.
«Las raíces de sus ascendientes del que es considerado el máximo exponente de la pintura cubana, le encaminaron a simbolizar las dicciones del concatenamiento usurpador. En sus lienzos se entreveran las aflicciones por medio de rasgos que yacen entre bisectores y estructuras contextualizadas. Sus fondos estabilizan el mensaje amparándose en un espacio que veta la estría o la angustia», recalca sobre su obra.
Me aclara además que sus «composiciones sugieren un cubismo personal y analítico en el cual el concepto es la lanza de la conciencia y que el oficio en su paleta de color le permitió confeccionar una ortogonalización».
Su dictamen sobre Lam es contundente: «Percibió que, en el diálogo social, la erudición es la yuxtaposición de inquietudes».
Peláez (1896–1968), otra de las icónicas representantes de las artes plásticas de la isla, también desata emociones profundas en Serrano.
«Sostuvo una creación que se sació de un extraordinario lirismo contemplativo y la armadura de su obra engarza una geometría en la que el proverbio es una alocución basada en la imagen», resume el crítico.
Resalta asimismo que enmarca la relación con el entorno valiéndose de líneas que a su vez son el estrado que arraiga la creación.
«El vínculo extensión-tiempo está fecundado en una arquitectura del orden y sistema de reglas; por ende, la pigmentación que reveló enaltece una atmósfera diáfana en la idea. Vislumbró que la constante matemática de la existencia debe ser la adyacencia de la eufonía», resume.
«Talento y maestría», son las palabras con las que describió la obra de ambos pintores.
El entendido, que a diario desentraña nuevas maneras de leer a los virtuosos cubanos, se pierde en el museo de Botero en medio de otras personas adictas a la excelencia.
No me lo dice, pero agradece, lo mismo que otros, que el buen arte de la isla pueda celebrarse incluso desde una pequeña esquina ubicada en el centro de Bogotá.
Fuente: Prensa Latina

