José Lezama Lima: El arquitecto de un universo barroco
En el panorama literario cubano e hispanoamericano, la figura de José Lezama Lima (1910-1976) se alza como un faro de complejidad deslumbrante y originalidad radical.
Más que un simple escritor, Lezama fue un pensador estético, un creador de sistemas poéticos y un aglutinador cultural cuya obra representa una de las aventuras lingüísticas y metafísicas más ambiciosas del siglo XX. A través de un barroco propio y reinventado, construyó un cosmos literario donde la imagen, la metáfora y la erudición se funden para revelar, en sus propias palabras, «la realidad del mundo invisible».
La biografía de Lezama está marcada por una pérdida fundacional que nutrió profundamente su sensibilidad. Su padre, el coronel José María Lezama, falleció cuando el futuro poeta tenía apenas nueve años. Este evento, que él llamaría “el latido de la ausencia”, instaló en su familia, y particularmente en su madre, la convicción de que su destino era contar la historia de la familia. Esta misión narrativa, tejida con los hilos del recuerdo y el mito, encontraría su máxima expresión décadas después en su obra cumbre, Paradiso.
Su formación fue la de un lector omnívoro y un intelectual comprometido. Estudió Derecho en la Universidad de La Habana, donde participó en 1930 en las protestas estudiantiles contra la dictadura de Gerardo Machado. Sin embargo, su verdadera vocación siempre fue la literatura. En 1937, con la publicación de su poema “Muerte de Narciso”, anunció una voz poética ya madura, saturada de referencias culturales y un lirismo de raíz barroca.
Antes de consagrarse como novelista, Lezama desplegó una labor monumental como gestor y animador cultural a través de una serie de revistas que dirigió y fundó. Este ciclo, que abarcó más de veinte años, fue para él un taller de tipo renacentista y una obra colectiva que, al publicarse, “parecía la vecinería de un barrio cuando sale el pan”.
Entre esas publicaciones estuvieron Verbum (1937), Espuela de Plata (1939-1941), Nadie Parecía (1942-1944) y Orígenes (1944-1956): La obra magna de su labor editorial. Esta revista, que llegó a publicar cuarenta números, se convirtió en el epicentro de la cultura cubana de mediados de siglo, la mejor revista del idioma, según Octavio Paz.
Lezama no concebía estas publicaciones como meros órganos de una generación, sino como la materialización de un estado poético capaz de abarcar a creadores de distintas edades y tendencias. En torno a Orígenes orbitó una constelación de talentos fundamentales: los poetas Cintio Vitier, Eliseo Diego, Gastón Baquero y Virgilio Piñera, la ensayista Fina García Marruz, y artistas plásticos como René Portocarrero y Mariano Rodríguez. La revista también fue plataforma de lanzamiento para figuras que luego serían esenciales en la cultura revolucionaria, como Roberto Fernández Retamar. Para Lezama, el valor supremo de este proyecto era la dimensión coral, donde la voz individual se integraba sin opacarse en un susurro colectivo creador.
Arraigado a una pertinencia histórica muy particular, su producción literaria constituye un vasto territorio interconectado por un sistema poético personalísimo, desarrollado principalmente en sus ensayos.
Desde Muerte de Narciso (1937) hasta Fragmentos a su imán (póstumo, 1977), su lírica es un ejercicio de hermetismo y densa imaginería. Para él, el poeta opera sobre la materia del lenguaje mediante la metáfora, en una búsqueda de irradiante claridad. Por su parte ensayos como Analecta del reloj (1953), La expresión americana (1957) y La cantidad hechizada (1970) son la columna teórica de su mundo. En ellas elabora conceptos clave como la “imago” (la imagen como realidad germinal) y las eras imaginarias, en las cuales propone una visión del continente americano como espacio de posibilidades y resistencias creativas. Su frase “sólo lo difícil es estimulante” resume esta ética de la creación.
En Paradiso, obra en la que trabajó durante casi veinte años, se puede asumir la síntesis y cumbre de su universo. Más que una novela tradicional, es una novela-poema o una experiencia iniciática que sigue la formación del poeta José Cemí, alter ego del autor. Su publicación fue un acontecimiento literario que desató admiración y polémica, particularmente por su tratamiento explícito de la homosexualidad en el célebre capítulo octavo. Para muchos críticos, es una de las obras cumbres de la narrativa en español del siglo XX.
Dialógico y contemporáneo a su tiempo, la impronta de Lezama demostró que la tradición barroca, releída y reinventada, podía ser un instrumento poderoso para expresar la complejidad de la experiencia cubana y americana. En el ámbito regional, en movimientos como el del boom latinoamericano, su figura ocupa un lugar único: frente al realismo mágico o el regionalismo crítico, él ofreció una alquimia expresiva que provenía de una tradición distinta (la poética, la filosófica, la hermética) y amplió los horizontes formales de expresión en el continente. De ese modo su idea de que la imagen es la realidad del mundo invisible encontró eco en autores que buscaban trascender la mera representación.
En su dificultad estimulante, Lezama sigue interpelando a los lectores como un gran rompecabezas metafísico y verbal. Su legado es el de un autor que creyó, hasta el final, en el poder de la poesía para organizar el caos del mundo, y que construyó, ladrillo a ladrillo de metáforas, una catedral lingüística donde lo cubano y lo universal, lo familiar y lo cósmico, se funden en un relato perpetuo e inagotable. Como bien resumió el crítico José Prats Sariol, alumno de su mítico Curso Délfico, la obra de Lezama es una suma donde confluyen la trenza de la lechuza y el arcoíris del zunzún: la sabiduría oscura de la tradición y el destello súbito y colorido de la revelación poética.

