Nuestra América, preciso ensayo martiano de extraordinaria vigencia
A la distancia de 135 años, el ensayo redactado por José Martí con el título de Nuestra América, es uno de sus escritos más conocidos entre los tantos que elaboró, y adquiere vigencia renovada y extraordinaria dado el contexto americano y caribeño que se presenta ante nuestros ojos.
La escalada belicista del Gobierno de Estados Unidos contra Venezuela amenaza hoy, no solo la soberanía de esa nación, sino también la paz y seguridad de América Latina y el Caribe. Así lo ha denunciado Cuba en múltiples espacios ante la necesidad urgente de detener tales agresiones.
Aquel excepcional y sentido ensayo martiano, publicado en la Revista Ilustrada de Nueva York el primero de enero de 1891 y el 30 del mismo mes en el diario mexicano El Partido Liberal, provocó de inmediato el respaldo por su profundo mensaje latinoamericanista y antiimperialista.
Martí advertía sobre la gran amenaza que se cernía sobre América Latina con el naciente imperio de los Estados Unidos, alerta que son más sólidas sobre la incapacidad del Gobierno norteamericano para entender a sus vecinos del Sur y fortalece el llamado a esa América mestiza a integrarse en una sola nación para defender su soberanía, como lo hizo él hace 135 años.
Su profunda visión entonces hizo que el mensaje resultara un texto esencial para la comprensión de la identidad latinoamericana, que bien puede ser calificado como un canto a la redención del continente, de un consciente latinoamericanismo adquirido por el patriota cubano tras largos años, algunos de los cuales estuvo en las entrañas del monstruo.
Se trata de un texto de gran visión y alcance político, que en solo doce párrafos expone y defiende el sueño integrador de estirpe bolivariano, y define, con total transparencia, los problemas fundamentales de la América nuestra, llama a la unión de los pueblos contra la amenaza de los Estados Unidos, a la defensa de la soberanía e independencia de España, desde una transformación para recuperar su autoctonía, como para injertar al mundo en ella y poder asegurar así su independencia y desarrollo verdaderos.
Termina con la precisión de que no son tiempos de acomodarse y que en la lucha que viene, una vez liberadas todas las repúblicas de Latinoamérica del colonialismo europeo, las armas fundamentales serían las ideas. Sí, una lucha de ideas o batalla de ideas, que son “las armas del juicio”, las que vencen a las otras y así lo sentencia: “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”, además de referirse a que la cultura y el saber valen más que la fuerza.
Y hace énfasis en lo que llamó la cultura de resistencia, que tanto nos identifica, y estimula valores de amor, lucha, energía creadora y de dignidad humana. Su búsqueda continua del espíritu del pueblo, de la revolución necesaria, da sentido a su existencia y a su batallar creador.
En los momentos actuales, cuando el escepticismo histórico se extiende y se agita en la arena internacional, cuando no faltan los intentos de negar la historia, los valores, la cultura, la tradición, los proyectos de emancipación social y el progreso, la racionalidad se impone como necesidad de preservar no sólo la identidad nacional, sino también la identidad humana.
En tales condiciones, el paradigma martiano adquiere más que nunca contemporaneidad y vigencia social, porque esa unidad de América Latina debía estar sustentada en el amor y el orgullo por nuestros orígenes y por los pueblos maravillosos que poblaron estas tierras y fueron masacrados por el conquistador español.

