Abdala: El preludio de una vida dedicada a la patria

Abdala: El preludio de una vida dedicada a la patria
Foto tomada de Cenesex en Facebook

El 23 de enero de 1869, mientras Cuba se estremecía con los primeros ecos de la Guerra de los Diez Años, un adolescente de apenas quince años veía publicada su primera gran obra literaria. José Martí, en la antesala de sus dieciséis años, dio a la luz el poema dramático Abdala en el primer y único número del periódico La Patria Libre, que él mismo fundó junto a su amigo Fermín Valdés Domínguez. Impreso en la librería El Iris de la calle Obispo, en La Habana, este texto fue mucho más que un ejercicio de juventud; fue la primera declaración pública de un compromiso que definiría su existencia.

Abdala trasciende su condición de texto literario para convertirse en un manifiesto político precoz y un espejo autobiográfico anticipado. Ambientado en la Nubia africana, narra la epopeya del joven guerrero Abdala, quien elige defender a su nación de un invasor extranjero, incluso a costa de su propia vida. Para los estudiosos, el viaje de Abdala fue un reflejo profético de la vida que Martí emprendería: la del intelectual que antepone el deber a la patria sobre todas las cosas, incluyendo los lazos familiares más íntimos. Este análisis reconstruye el contexto de creación, desentraña su simbología revolucionaria y explora cómo esta obra germinal contenía ya la esencia del pensamiento martiano.

El joven Martí concibió y publicó Abdala en un momento de efervescencia y represión. En octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes dio el Grito de Demajagua, iniciando la Guerra de los Diez Años. En La Habana colonial, el ambiente era de tensión extrema. Aprovechando una efímera Ley de Libertad de Reunión e Imprenta decretada a inicios de 1869 por el Capitán General Domingo Dulce, Martí y su amigo Fermín Valdés crearon dos publicaciones: El Diablo Cojuelo (el 19 de enero) y La Patria Libre (el 23 de enero).

Este breve paréntesis de libertad fue, en realidad, una estratagema política que pronto se desvaneció. La violencia estalló el 22 de enero, la víspera misma de la publicación, con los cruentos sucesos del Teatro Villanueva, donde los Voluntarios, un cuerpo paramilitar colonial, atacaron a ciudadanos. En medio de ese caos, la madre de Martí, doña Leonor Pérez, salió a las peligrosas calles para proteger a su hijo, quien ultimaba los detalles del periódico en casa de su mentor, Rafael María de Mendive. Este acto de amor y angustia materna se transfundió de inmediato en el drama entre Espirta y Abdala que aparece en la obra.

Ninguno de los dos periódicos juveniles sobrevivió a su primera edición. La represión colonial se recrudeció, Dulce renunció en junio, y el sueño de una prensa libre se apagó. En este escenario, Abdala emergió no solo como una pieza literaria, sino como un acto de rebeldía impreso, un testimonio de que la lucha por la independencia también se libraba con las palabras.

La obra es un poema dramático estructurado en ocho escenas. No busca ser representado, es un texto para la lectura y la reflexión, con parlamentos extensos y un tono lírico que delata el espíritu romántico de la época. Su trama es aparentemente sencilla: el joven caudillo Abdala decide liderar la defensa de Nubia contra un invasor extranjero, enfrentando el doloroso dilema entre el amor a su madre y el amor a su patria.

La genialidad y audacia de Martí residen en la construcción alegórica. Al situar la acción en la antigua Nubia (en el territorio del actual Sudán), Martí eludió la censura directa, pero dejó una clave irrefutable: al margen del texto escribió “Escrito expresamente para la patria”. Esta contraseña transforma la obra. La invasión árabe a Nubia se convierte en una metáfora transparente de la opresión colonial española en Cuba.

La obra es también notable por su profunda carga humanista y antirracista. En la Cuba colonial y esclavista de 1869, Martí eligió como héroe a un joven negro, dotándolo de una nobleza, inteligencia y patriotismo que contradecían los estereotipos racistas de la época. Este gesto, propio de un visionario, sembraba la idea de una patria futura fundada en la igualdad esencial de todos sus hijos.

El clímax ideológico se alcanza en los versos que definen el amor patrio. Ante los ruegos de su madre, Abdala declara: “El amor, madre, a la patria / No es el amor ridículo a la tierra, / Ni a la yerba que pisan nuestras plantas; / Es el odio invencible a quien la oprime, / Es el rencor eterno a quien la ataca”. Para el adolescente Martí, la patria no era un concepto geográfico o sentimental, sino una causa política activa, definida por la lucha contra el opresor.

La obra concluye con la muerte feliz de Abdala, quien, moribundo tras la victoria, exclama: “¡Oh, qué dulce es morir, cuando se muere / Luchando audaz por defender la patria!”. Esta “muerte necesaria” y gloriosa por la libertad se convertiría en un leitmotiv en la vida y la obra posterior de Martí.

La conexión entre el personaje de ficción y la biografía de su autor es tan profunda que resulta casi profética. No fue solo una obra de juventud, sino un programa de vida que Martí cumplió con inquebrantable coherencia.

El dilema familiar que Abdala resuelve en el drama, Martí lo vivió en carne propia. Su decisión de consagrarse a la lucha independentista generó incomprensión y dolor en su seno familiar, particularmente en su madre, Leonor Pérez. En cartas de 1894 y 1895, un Martí maduro, organizador de la Guerra Necesaria, reiteró a su madre los mismos principios que pusiera en boca de su personaje 25 años antes. “Pero mientras haya obra qué hacer, un hombre entero no tiene derecho a reposar”, le escribió en mayo de 1894. En marzo de 1895, desde Montecristi, planteó la esencia de su existencia: “El deber de un hombre está allí donde es más útil”.

El paralelo se consuma con sus muertes. Abdala muere feliz por haber salvado a Nubia. José Martí cayó en combate en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, poco después de desembarcar en Cuba para unirse a la guerra que él mismo organizó. Testimonios relatan que su primera exclamación al pisar la playa cubana fue “¡Dicha grande!” y que durante su recorrido por la isla manifestó una alegría inmensa. Como su creación literaria, murió “ungido por la satisfacción de darse por entero a su Patria”. La coherencia entre el verbo y la acción, entre la obra juvenil y la vida adulta, fue absoluta.

Abdala no es una reliquia olvidada en los anaqueles de la historia literaria. Es una obra fundacional en múltiples sentidos. Literariamente, marca el inicio de la vasta y rica producción martiana, a la que seguirían obras cumbres como Ismaelillo, Versos sencillos y Nuestra América. Políticamente, es la primera piedra de un pensamiento revolucionario que culminaría en la fundación del Partido Revolucionario Cubano y en la concepción de una república con todos y para el bien de todos.

Su mensaje trasciende su época. El amor activo a la patria, el deber por encima del interés personal y la defensa de la libertad como valor supremo que allí se expresa, son pilares de la ética y la identidad nacional cubana. En momentos cruciales de la historia de la isla, los versos de Abdala han sido invocados como un recordatorio de los principios esenciales de la nación.

Hoy, a más de siglo y medio de su publicación, el poema se revela como una de las claves más íntimas para entender a José Martí. En este drama escrito por un adolescente, está contenida la semilla del poeta, del periodista, del político, del revolucionario y del mártir que sería. Es el mapa temprano de un corazón que ya latía al ritmo de Cuba.

La obra nos muestra que el heroísmo martiano no fue un impulso repentino, sino la consecuencia lógica de una convicción forjada desde la más temprana juventud. Abdala es, en definitiva, el juramento silencioso de un niño que se convertiría en apóstol, la primera promesa a su patria que cumpliría, integra y heroicamente, con su vida y con su muerte. Releer esta obra no es solo un ejercicio de memoria literaria; es asistir al nacimiento público de una conciencia que cambiaría para siempre el destino de una nación.

Lázaro Hernández Rey