Jilma Madera: La escultora que desafió el mármol y el silencio

Jilma Madera: La escultora que desafió el mármol y el silencio
Foto: Tomada de Tribuna de La Habana.

Jilma Madera no es solo el nombre de una artista; es la firma grabada en la piedra más emblemática de Cuba. Nacida en 1915 en San Cristóbal, Pinar del Río, desafió las convenciones de su tiempo para erigir obras que hoy son parte inseparable del paisaje y el alma nacional. Su legado es un diálogo perpetuo entre la monumentalidad y la intimidad, entre el reconocimiento público y los enigmas que el tiempo ha ido tejiendo alrededor de su figura y su obra.

Su trayectoria tuvo un comienzo poco convencional. Antes de abrazar el cincel, se graduó en Economía en 1936 y estudió Pedagogía. Su vocación artística, sin embargo, la condujo en 1942 a las aulas de la prestigiosa Academia de Artes Plásticas San Alejandro. Allí, bajo la tutela de maestros como Juan José Sicre -autor del monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución-, absorbió los principios del arte monumental y el dominio de la anatomía humana.

Su estilo se forjó en un neoclasicismo con tendencia a la estilización. Nunca abandonó la figuración, sino que exaltó la forma humana con un sello personal: un equilibrio perfecto entre volumen, espacio y luz. Ella misma solía decir que el sol era el mejor ayudante del escultor, por su capacidad para dibujar el claroscuro sobre la piedra.

El catálogo de Madera supera las 700 obras, pero tres piezas definen su grandeza.

Foto: Perfil del ISA en Facebook

El Cristo de La Habana (1958) rompió moldes para su época: presenta un Cristo mestizo, de rasgos cubanos, hombros anchos y una expresión serena pero terrenal. Fue un encargo vinculado a la esposa del presidente Fulgencio Batista, y su inauguración en diciembre de 1958 coincidió con los últimos días de ese gobierno. Madera, quien se declaraba anticlerical pero admiraba a Jesús como defensor de los pobres, afirmó con determinación: “Lo hice para que lo recuerden, no para que lo adoren: es mármol”.

A su vez, el Busto de José Martí en el Pico Turquino (1953) se realizó en conmemoración de los cien años del natalicio del Héroe Nacional. Madera esculpió este busto en bronce. Sin apoyo estatal, financió la fundición y el costoso traslado a la cima más alta de Cuba mediante la venta de medallones con la efigie de Martí. Con la ayuda de su amiga Celia Sánchez, logró instalarlo en 1953, un acto de puro patriotismo y tenacidad por el que no cobró.

Por su parte el Parque de los Mártires (años 60) se trata de una escultura de una pareja -un hombre erguido y una mujer arrodillada que se aferra a su pierna-, labrada directamente en piedra. Su significado es un rompecabezas: algunos la registran como un Monumento a los Mártires del 26 de Julio, mientras que la disposición íntima de las figuras hizo que el parque se conociera localmente como el Parque de los Enamorados.

Su carrera activa y pública tuvo un punto de inflexión después de 1959. Aquejada por un glaucoma que afectó severamente su visión, su producción de gran escala cesó. Participó en la Campaña de Alfabetización de 1961 y, en sus últimos años, se dedicó principalmente a la traducción del inglés.

En ese contexto Jilma Madera fue una pionera: abrió un camino en un campo dominado por hombres, demostrando que las manos femeninas podían dominar la piedra a escala heroica.

Su arte trasciende lo político. Ya fuera el Cristo que vigila la bahía, el Martí que corona la isla o la pareja silenciosa del parque, Madera esculpió símbolos de firmeza humana, serenidad y una conexión emocional profunda. Su trabajo habla de fe, patria, amor y dolor, con un lenguaje formal que privilegia la armonía y la claridad.

Hoy, su memoria reclama un reconocimiento a la altura de su obra. Redescubrir a Jilma Madera, especialmente a través de sus obras menos conocidas, es reconciliarnos con una parte esencial de nuestra historia cultural. Es recordar que la grandeza, a veces, se encuentra tanto en lo colosal que todos ven como en los misterios silenciosos que esperan, a la vuelta de una esquina, a que una mirada atenta les devuelva la voz.

Lázaro Hernández Rey