El Caimán Barbudo: sesenta años mordiendo la manzana del pensamiento

El Caimán Barbudo: sesenta años mordiendo la manzana del pensamiento
Foto tomada de El Caimán Barbudo en Facebook

Cuando Jesús Díaz y un grupo de jóvenes escritores y periodistas lanzaron el primer número de El Caimán Barbudo en 1966, quizás no imaginaban que estaban fundando una dinastía. Aquel suplemento cultural del periódico Juventud Rebelde, que salía en forma de tabloide con una tirada cercana a los 80 000 ejemplares, se propuso llenar un vacío dejado por publicaciones anteriores y, sobre todo, ejercer el pensamiento crítico desde la izquierda. “El Caimán nace como una necesidad en el panorama intelectual cubano”, se lee en su propia memoria histórica, y esa necesidad no era otra que la de revolucionar desde las ideas.

Hoy la publicación perteneciente a la Casa Editorial Abril celebra seis décadas de vida. No es un aniversario menor para una revista que ha sobrevivido a cambios de época, crisis del papel y mutaciones tecnológicas. Como bien apuntó su actual director, Yasel Toledo Garnache, en declaraciones al programa Canal Caribe, la publicación enfrenta el desafío permanente de reinventarse sin perder su identidad. Esa identidad, forjada a lo largo de varias generaciones, tiene una marca de fábrica: la polémica.

El escritor Leonardo Padura, quien formó parte del consejo de redacción entre 1980 y 1983, recuerda aquellos años como una etapa de formación decisiva. En un testimonio para la BBC, el autor de El hombre que amaba a los perros confiesa que llegó a la revista siendo un filólogo que escribía críticas de libros, y que fue allí donde comenzó a hacerse periodista “a marchas forzadas”. Padura evoca esa época como la de un “periodismo literario” que buscaba romper con los moldes formales y conectar con la realidad de una manera más profunda. Aunque su etapa en El Caimán fue breve debido a una crisis interna que desmembró al equipo en 1983, el escritor reconoce que aquella experiencia marcó un hito en la prensa cubana.

Foto tomada de El Caimán Barbudo en Facebook

Pero la historia del “saurio” —como le llaman cariñosamente sus fundadores y lectores— no se entiende sin sus directores. Fidel Díaz Castro, conocido en el mundo literario como “El Diablo” Díaz, asumió la dirección en el año 2000 y tuvo la titánica tarea de sacar el número 300. En una extensa entrevista publicada por la Unión de Periodistas de Cuba, Díaz recuerda el pánico inicial al enfrentarse a una publicación cuyo “nivel intelectual y de polémica me rebasaba por mucho”. Lejos de imponer cambios abruptos, su estrategia fue la de la inmersión: se adentró en La gaveta, el espacio bohemio donde se cocinaba la revista, un miniapartamento en el que Bladimir Zamora, Manuel Henríquez Lagarde y otros soñaban los números entre discusiones interminables y aguardiente.

Esa bohemia creadora tuvo momentos fundacionales que hoy son leyenda. En el primer número, la revista publicó un manifiesto titulado “Nos pronunciamos”, donde defendían la poesía coloquial y el compromiso del escritor con su tiempo. “El arte verdadero no ha sido ni podrá ser jamás contrarrevolucionario”, se leía en aquellas páginas inaugurales, en una declaración de principios que aún hoy sostiene la publicación. Pero quizás el episodio más mítico ocurrió el 1 de julio de 1968, cuando en el Museo Nacional de Bellas Artes se celebró el recital “Teresita y nosotros”. Allí, un flacucho de 21 años, con grandes entradas y una guitarra, se presentaba por primera vez en público. Su nombre: Silvio Rodríguez.

Esa conexión con la trova y la canción latinoamericana ha sido una constante. La revista acogió desde sus inicios a los trovadores y mantuvo secciones de rock en épocas en que a una gran cantidad de personas, sobre todo funcionarios de instituciones culturales, identificaban como enemiga a esa tendencia cultural. Publicar sobre rock, en aquellos años, era una ventana en el muro de la intolerancia.

En la actualidad, la publicación mantiene ese espíritu, pero navega las aguas turbulentas de la era digital. Racso Morejón, uno de sus redactores, explicaba en una entrevista para La Jiribilla que el equipo actual es un crisol de varias generaciones con maneras y estilos disímiles de ver la vida y la cultura. “Persistimos, estilísticamente y editorialmente hablando, en no ser apologéticos; seguimos considerando que si bien toda palabra cabe en la poesía (…), toda palabra cabe también en cuanto publicamos en la revista, sobre todo si está escrita por los jóvenes artistas y creadores (…)”, afirmaba Morejón, y defendía la necesidad de un periodismo cultural que refleje las tensiones dentro del campo socio-cultural cubano. Para él, la web 2.0 es el reto mayor, y El Caimán lleva más de una década inmerso en esa transformación hacia un producto multimedia sin renunciar al desenfado que caracteriza a sus lectores.

La celebración del sexagésimo aniversario llega con una campaña que, según reza la página oficial de Facebook de la revista, mira al futuro sin olvidar su mordida original. En un escenario mediático dominado por la inmediatez y los nuevos lenguajes, El Caimán Barbudo sigue empeñado en una tarea que asumió desde su génesis: demostrar que el arte y el pensamiento crítico no están divorciados de la vida. Como escribieron sus fundadores en 1966, la publicación sigue “entonando el canto nuevo, alegre y triste, esperanzado y cierto de los constructores”. Sesenta años después, el caimán sigue vivo y sigue mordiendo.

Lázaro Hernández Rey