La mirada infinita de Osvaldo Salas: del brillo de Nueva York a la épica cubana

La mirada infinita de Osvaldo Salas: del brillo de Nueva York a la épica cubana
Foto: Cubarte

La cámara de Osvaldo Salas no solo retrató la épica de la Revolución Cubana, sino que supo capturar, mucho antes, el alma de una época en las calles de Nueva York. Su historia, marcada por el exilio y el regreso, es el testimonio de un hombre que encontró en la fotografía un lenguaje para descifrar la psicología humana. Nacido en La Habana en 1914, su familia emigró a Estados Unidos en 1926, huyendo de la dictadura de Machado. La Gran Depresión convirtió la infancia del joven Osvaldo en una lucha contra la adversidad; su padre, mecánico, terminó como soldador de ferrocarriles en Nueva Jersey, y Salas, a los quince años, abandonó la escuela para seguir sus pasos.

Foto: Web del Gobierno de La Habana

El destino del artista, sin embargo, estaba tejido con hilos de acero inoxidable. Mientras trabajaba como soldador de alta precisión, sus compañeros de un club fotográfico le pedían que fabricara bandejas y pinzas para sus cuartos oscuros. Fue así, de manera tangencial, como Salas se sumergió en el mundo del revelado. Un accidente laboral que le dañó un tobillo le empujó a tomar la decisión definitiva: cambiar el soplete por la cámara. Empezó como fotógrafo de banquete, inmortalizando bodas y cumpleaños, pero su visión artística se forjaba en las salas de los museos neoyorquinos. “La influencia de los maestros de la pintura era asimilada con avidez por el fotógrafo”, un ejercicio que nutrió su capacidad para componer imágenes con una profundidad casi pictórica. Solía decir que el arte de la fotografía le debía un cinco por ciento a la técnica y el noventa y cinco por ciento a la imaginación, una filosofía que explica la potencia expresiva de su obra.

Foto: Sombreros Santiago de Cuba/Tomada The Annex Galleries

Para la década de los cincuenta, Salas ya había convertido su pasión en una próspera carrera. Estableció su estudio en Manhattan, frente al Madison Square Garden, un enclave estratégico que le permitió retratar a las grandes leyendas del deporte y el espectáculo. Su cámara capturó la fuerza bruta de Rocky Marciano y la elegancia de Joe DiMaggio, así como el glamour de Marilyn Monroe, Ava Gardner o María Félix. El Museo del Salón de la Fama de las Grandes Ligas en Cooperstown reconoció más tarde esta faceta de su carrera, dedicándole una exposición con medio centenar de sus imágenes. En 1955, un encuentro fortuito cambiaría el rumbo de su vida. Un grupo de cubanos, liderados por el periodista Vicente Cubillas, llegó a su estudio. Sin saberlo, Salas estaba fotografiando a Fidel Castro y a Juan Manuel Márquez, quienes preparaban la insurrección contra Batista. Aquellas imágenes, publicadas en la revista Bohemia, se convirtieron en un acto de colaboración con los preparativos revolucionarios.

Con el triunfo de la Revolución en 1959 tomó una decisión radical: regresar a Cuba después de 34 años de ausencia. Su hijo Roberto, también fotógrafo, le había antecedido por unos días. Juntos se integraron en el periódico Revolución, el espacio que se convertiría en la gran escuela del fotoperiodismo cubano. Allí, bajo una línea editorial que otorgaba a la imagen un papel preponderante sobre el texto, Salas encontró el terreno fértil para evolucionar. El viejo fotógrafo comercial se transformó en un artista de la épica, en alguien que buscaba la belleza dentro del torbellino de la historia. Su técnica se volvió más audaz, experimentando con altos contrastes, la solarización y el uso expresivo del zoom, recursos que alejaban su obra del mero documento para acercarla a una poesía visual de una fuerza inusitada.

Foto: Raul Canibano from The Series Country Land Tierra Guajira

Alejo Carpentier, con su mirada de erudito, definió magistralmente la esencia de Salas: “La fuerza de la presencia humana, la poesía de las piedras, de las cosas, los valores del espacio, se trascienden y fijan en las imágenes magistrales de Osvaldo Salas”. Esta capacidad para trascender lo anecdótico se manifiesta sobre todo en sus retratos. Para Osvaldo, el rostro era un territorio por explorar. “A mí me gusta conocer a las personas a las que voy a retratar, acercarme a su sicología”, confesaba. Esta búsqueda de la psicología del modelo le permitió retratar por igual a líderes revolucionarios, a niños anónimos en la calle —otra de sus grandes pasiones— o a celebridades internacionales como Gabriel García Márquez o Geraldine Chaplin, quienes le consideraban su fotógrafo de cabecera.

Hasta los años ochenta, Osvaldo Salas continuó su labor en el periódico Granma, viajando por numerosos países y acumulando más de cuarenta exposiciones individuales en catorce capitales del mundo. Cuando falleció en La Habana en 1992, dejó un legado inmenso, aunque paradójicamente complicado. Su obra es considerada parte del patrimonio nacional cubano y su historia de Osvaldo Salas es la de un hombre que, a través del lente, tendió un puente entre el brillo de Nueva York y la pasión de la Cuba revolucionaria, dejando un testimonio visual donde la imaginación y la humanidad siempre prevalecieron sobre la frialdad técnica.

Lázaro Hernández Rey