Roberto Branly: una mirada imprescindible a la poesía y el cine cubanos
La figura de Roberto Branly es indispensable en el complejo y vibrante entramado cultural de la Revolución Cubana.
Este poeta y crítico de cine, de trayectoria multifacética y vida trágicamente breve, condensó en su obra la turbulencia, la esperanza y las contradicciones de una época de profundos cambios.
Para la cultura cubana, la obra de Branly es un espejo de sus años centrales: en ella se reflejan la efervescencia previa a 1959, el ímpetu transformador de la primera década revolucionaria y las complejidades que vinieron después.
Fue un intelectual profundamente comprometido con su tiempo, que no dudó en usar la palabra como arma de combate y signo de rebeldía, al tiempo que mantenía una mirada aguda y especializada sobre el séptimo arte.
La formación intelectual de Branly fue temprana y heterodoxa. Con poco más de veinte años, en 1950, fue uno de los fundadores del Cine Club de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, un espacio de agitación cultural que agrupó a la intelectualidad más inquieta y renovadora de los años cincuenta del pasado siglo XX. Esta experiencia inicial revela ya su interés por el cine como fenómeno artístico y social, así como su inclinación a formar parte de proyectos colectivos de vanguardia.
Como poeta, Branly es reconocido como un integrante destacado de la Generación del 50 en Cuba, de la que también formaron parte escritores como Manuel Díaz Martínez y José Álvarez Baragaño, definida por el crítico Eduardo López Morales como «la primera generación poética de la Revolución». En sus inicios, Branly y Baragaño fueron los máximos representantes del surrealismo dentro de ese grupo.
En poemas tempranos como Berceuse se percibe esa herencia surrealista en la exploración de lo onírico y lo inconsciente, con imágenes como: «el niño incierto y frágil teme todos sus demonios infantiles en cada urdida sombra».
No obstante, la Revolución Cubana de 1959 supuso un punto de inflexión radical para él y su generación: la nueva realidad social exigía nuevas formas de expresión.
Como muchos de sus contemporáneos, Branly derivó hacia una poesía conversacional y coloquial, que buscaba ser entendida por «la ola de un pueblo que marcha». Este giro, sin embargo, no fue una simple adaptación: el poeta logró una difícil síntesis, haciendo convivir en un mismo poema lo cotidiano y efímero con lo atemporal, aquello que resguarda la historia de la humanidad. Su extenso y conmovedor poema La sequía es quizá el mejor ejemplo de esta etapa, representando uno de los textos más definitorios de la poesía coloquial cubana.
Si la poesía de Branly se inscribe en la tradición literaria, su labor como crítico cinematográfico lo sitúa como testigo y actor privilegiado del desarrollo del séptimo arte en Cuba. Su conocimiento de esa manifestación no era casual: fue miembro ejecutivo de la Cinemateca de Cuba en su primera etapa, y colaboró asiduamente como crítico en publicaciones como Juventud Rebelde.
Su crítica, de la que se conservan ejemplos significativos, no era un mero ejercicio académico, sino una práctica comprometida con el proyecto revolucionario. Un ejemplo claro es su reseña de La muerte de un burócrata (1966), la célebre cinta satírica de Tomás Gutiérrez Alea. En este texto, Branly analiza la película como una obra que, desde el humor y la crítica social, contribuye a forjar una nueva cultura cinematográfica, demostrando su agudeza para valorar filmes que exploraban las contradicciones internas del nuevo sistema.
Su curiosidad intelectual también lo llevó a explorar terrenos poco transitados en Cuba, como la ciencia ficción. Se le atribuye una cercanía con los orígenes de este género en Cuba, vinculándolo con figuras precursoras como el escritor y periodista José Hernández Artigas. Este interés revela una faceta de Branly como intelectual atento a las expresiones de la modernidad.
Roberto Branly falleció el 22 de abril de 1980, pero su nombre sigue vivo en la memoria cultural habanera. Su legado más tangible es la casa de cultura que lleva su nombre, ubicada en el municipio de Plaza de la Revolución inaugurada el 4 de abril de 1980, y que se ha convertido en un importante centro cultural comunitario. Allí confluyen diversas manifestaciones artísticas: desde conciertos de rock hasta espectáculos de música tradicional cubana, encuentros de poetas e improvisadores y actividades para niños.
De esta forma, la Casa de Cultura mantiene vivo el espíritu de Branly como un espacio abierto a la comunidad, un punto de encuentro para la reflexión y la creación, tal como él lo habría querido.

