Navarro Luna: Una despedida al poeta cubano
El 15 de junio de 1966 la noticia recorrió los pasillos del Hotel Colina, ese mirador frente a la escalinata universitaria donde una tarja recuerda su paso, y se extendió luego como un eco doloroso por toda La Habana. Manuel Navarro Luna, el poeta, el hombre de la tierra herida y de los sueños renovados, había dejado de existir. A sus 72 años, la muerte lo sorprendió en una Cuba que él tanto había cantado en los últimos tiempos, una Cuba en Revolución que le devolvió la juventud perdida entre los versos de denuncia de antaño.
El crítico literario José Antonio Portuondo solía señalar que la poesía cubana, antes de la generación del treinta, navegaba entre la estética pura y el folclorismo facilista. En ese contexto, la aparición de un libro como La tierra herida (1936) supuso un parteaguas. Navarro Luna no solo describió la pobreza o la injusticia; la sintió en sus propias fibras.
Hijo adoptivo de Manzanillo, aunque nacido en Matanzas en 1894, su formación fue eminentemente autodidacta, quizá por eso su escritura siempre careció de los vicios de la academia. Él no escribía para críticos; escribía porque necesitaba curar una herida. “Perseguido en la tierra y en el mar perseguido, / él, que solo quería que en un cielo encendido / irradiara su estrella deslumbrante…”, escribió en uno de sus poemas. Esa sensación de acoso y de esperanza define su carácter: un hombre que construyó belleza sobre la desolación.
Corría el año 1919, cuando publicó Ritmos dolientes. En aquel entonces, el tono intimista dominaba su voz. Era un joven que miraba hacia adentro, que rompía con los cánones retóricos del momento para buscar una colocación distinta de las palabras. Junto a Juan Francisco Sariol y otros nombres ilustres, se convirtió en pilar del llamado Grupo Literario de Manzanillo, ese semillero que desde la revista Orto proyectó una mirada distinta sobre la literatura insular, trascendiendo las fronteras de la otrora rica provincia oriental.
Sin embargo, un viaje a las entrañas de la Cuba rural cambió su rumbo. El hombre que había escrito Corazón adentro (1920) o Refugio (1927) comprendió que el refugio era un lujo en una isla atravesada por el latifundio y la miseria. La crítica especializada, al analizar Surco (1928) y Pulso y onda (1932), observa el proceso de maduración de un poeta que abandona el ensimismamiento romántico para pisar el barro de la realidad. El propio Navarro confesó en una entrevista un testimonio de la época, afirmación que en su boca sonaba menos a manifiesto político y más a necesidad moral.
No obstante, su producción poética también abordó otros ámbitos. El Navarro Luna más sensible, aquel que nunca perdió la ternura pese a la dureza de sus temas, se revela en sus obras en prosa. Siluetas aldeanas (1924) y Cartas de la ciénaga (1930) nos muestran al prosista de voz limpia, al cronista de las pequeñas tragedias cotidianas. Era un hombre que encontraba la épica en el hombre común.
El triunfo de la Revolución en 1959 lo encontró físicamente cansado, pero con el espíritu en llamas. A diferencia de otros intelectuales que miraron el cambio social con recelo, Navarro Luna sintió que aquello por lo que había luchado con la pluma durante los años de La tierra herida finalmente tomaba cuerpo en leyes y realidades.
Se cuenta que en una de esas tertulias, alguien le preguntó cómo definiría el camino de su poesía. Él sonrió y respondió: “Fui un hombre que quiso ser libre. Primero, busqué la libertad dentro de mí. Luego, supe que no podía ser libre si mi tierra estaba herida”. Por eso sus Poemas mambises (1944) y la posterior recopilación de Odas mambisas (1961) no son cantos bélicos vacíos; son la continuación lógica de esa búsqueda de justicia. Escribió poemas de combate, con un tono encendido y vibrante, sin apresar la métrica en un molde rígido, haciendo del verso una herramienta de lucha.
Tras su partida física quedó la certeza de una obra que nos recuerda la función esencial del arte al nombrar el dolor para aliviarlo, y la esperanza para hacerla real.

