La voz que llegó del aire: fundación de la radio en Cuba
El 22 de agosto de 1922, a las nueve de la noche, una voz surgió del éter y modificó para siempre la relación de los cubanos con la información, el entretenimiento y la cultura. Aquella primera transmisión de la emisora 2LC, operada por el ingeniero Luis Casas Romero desde un modesto estudio instalado en su propia casa de la calle Animas 57, en La Habana, inauguró la radiofonía cubana y sentó las bases de una tradición que un siglo después sigue siendo parte esencial del paisaje sonoro de la isla. La periodista e investigadora Mayra Cue Sierra, una de las historiadoras más rigurosas del medio en Cuba, ha señalado que: “(…) la fundación de la radio en Cuba no fue un hecho aislado ni un capricho tecnológico, sino la culminación de un largo proceso de experimentación en el que confluyeron ingenieros autodidactas, músicos visionarios y un público ávido de nuevas formas de comunicación”.
Luis Casas Romero merece ser recordado como algo más que un pionero. Compositor, flautista y director de banda, Romero había combatido en la Guerra de Independencia y conocía, como pocos, el valor estratégico de las comunicaciones. Al regresar a la vida civil, combinó su pasión por la música con una curiosidad casi obsesiva por los avances de la radiotelegrafía. En 1921 obtuvo del gobierno de Alfredo Zayas el permiso para instalar una estación de radio experimental, y durante meses trabajó en la construcción artesanal de los equipos con la ayuda de sus hijos y de un reducido grupo de colaboradores. El también investigador José Altshuler, en su documentada historia de la ciencia y la tecnología en Cuba, precisa: “ (…) la proeza de Casas Romero no consistió solo en ser el primero, sino en hacerlo con medios casi domésticos, en un país que carecía de industria electrónica y donde el propio concepto de radiodifusión era aún una extravagancia para la mayoría”.
La programación de aquella noche inaugural fue, como corresponde a un músico, fundamentalmente artística. Casas Romero interpretó él mismo varias piezas con su flauta, su hija Zoila cantó algunas melodías de moda y se radiaron noticias del día leídas frente a un micrófono rudimentario. Lo que hoy parece un ejercicio de aficionados constituyó, en su momento, un acontecimiento que despertó una curiosidad inmediata. Los escasos poseedores de receptores de galena —aquellos primitivos aparatos que funcionaban sin electricidad, con un cristal de sulfuro de plomo como detector— se congregaban en torno a los auriculares para escuchar aquella maravilla, y no tardaron en aparecer los primeros radioaficionados que construían sus propios equipos con piezas improvisadas. La radio, desde su nacimiento, fue en Cuba un fenómeno de apropiación popular y no un lujo reservado a las élites. La ensayista y periodista Aida Calviac apunta que: “(…) mientras en otros países la radio comenzó como un negocio de grandes corporaciones, en Cuba fue inicialmente un gesto artesanal, casi íntimo, que conectaba al inventor con un puñado de oyentes cómplices. Ese origen marcó el carácter cercano y familiar que la radio cubana conservaría durante décadas”.

El desarrollo posterior fue vertiginoso. En octubre de 1922, apenas dos meses después de la primera transmisión de 2LC, salió al aire la PWX, una emisora de mayor potencia instalada por la Cuban Telephone Company con apoyo del gobierno. Aquella estación transmitió, entre otras cosas, un mensaje del presidente Zayas y un concierto que pudo ser captado en buena parte del territorio nacional. El camino hacia la radio comercial quedaba abierto, y a lo largo de los años veinte surgieron decenas de emisoras en La Habana y en las principales ciudades del interior. El musicógrafo y comunicador Orlando Castellanos ha subrayado un aspecto fundamental de aquella expansión: “La radio cubana no se limitó a reproducir los formatos importados de Estados Unidos. Desde muy temprano, las emisoras incorporaron la música popular cubana, el humor criollo, las radionovelas y los programas de participación ciudadana. La radio fue, junto al periódico, el gran medio de construcción de una esfera pública nacional”.
La década de 1930 consolidó la edad de oro de la radio cubana. Las emisoras competían por las audiencias con una programación que incluía orquestas en vivo, comediantes, declamadores, concursos y, sobre todo, radionovelas que paralizaban al país en sus horarios de transmisión. Títulos como El derecho de nacer, de Félix B. Caignet, alcanzaron niveles de popularidad que hoy resultan difíciles de imaginar: cuando se transmitía el capítulo final, las calles quedaban desiertas y hasta los cines suspendían sus funciones. La investigadora Mirta Muñiz Egea, en un estudio ya clásico sobre la radionovela cubana, sostiene que: “(…) aquel fenómeno no fue solo un éxito de audiencia sino un acontecimiento cultural de primera magnitud. La radionovela educó el oído sentimental del cubano, creó un lenguaje común de emociones y construyó un repertorio de figuras y situaciones que luego heredarían la televisión y el cine”.
No todo fue entretenimiento ligero en aquella radio fundacional. Desde sus primeros años, el medio acogió también espacios de debate político, programas educativos y emisoras culturales que, como la legendaria CMQ Radio, mantenían una programación ambiciosa donde cabían la música de concierto, el teatro radiado y las conferencias de intelectuales. La radio se convirtió en tribuna y en escuela, en púlpito laico y en plaza pública. El historiador y ensayista Rafael Lam, destaca: “(…) muchos de los grandes músicos cubanos de la primera mitad del siglo XX —Ernesto Lecuona, Rita Montaner, Miguel Matamoros— construyeron su fama desde los micrófonos de la radio antes que desde los escenarios o los discos. La radio no reflejaba la realidad musical del país: la creaba”.
El triunfo de la Revolución en 1959 inauguró una nueva etapa en la historia del medio, marcada por la nacionalización de las emisoras y su conversión en instrumentos de un proyecto político y cultural. La radio se volvió ubicua, gratuita y profundamente vinculada a la vida institucional del país. Surgieron emisoras provinciales y municipales que llevaron la señal hasta los rincones más apartados de la geografía cubana. Programas como Alegrías de sobremesa o No hacen falta alas se incorporaron al tejido de la memoria colectiva. El comunicador e investigador Jesús Cabrera, en un balance de aquella etapa, apunta: “(…) la radio revolucionaria tuvo la virtud de democratizar el acceso a la información y la cultura, pero también padeció las limitaciones de un modelo excesivamente centralizado y de una estética que con frecuencia confundió la orientación política con el didactismo. Lo mejor de aquella radio sobrevivió en los resquicios de la creatividad individual de sus realizadores”.
El Período Especial de los años noventa sometió a la radio cubana a una prueba durísima. La escasez de recursos técnicos, los apagones que interrumpían las transmisiones y la competencia creciente de las emisoras del sur de la Florida, captadas con facilidad en la isla, obligaron a una reinvención que tuvo mucho de resistencia. Fue en aquellos años cuando surgieron espacios de participación telefónica en vivo, como la Línea directa de Radio Progreso, que convirtieron la radio en un termómetro de las tensiones sociales.
Hoy, a más de un siglo de aquella primera transmisión, la radio cubana enfrenta el desafío de adaptarse a un ecosistema mediático radicalmente transformado por Internet, las redes sociales y los podcast. Las nuevas generaciones consumen contenidos sonoros de maneras que los pioneros del galena no pudieron siquiera imaginar, y las emisoras tradicionales compiten con una oferta digital que desborda las fronteras nacionales. Sin embargo, sería un error decretar el ocaso de la radio en Cuba. Lo que se observa, más bien, es una metamorfosis.
Al celebrarse este nuevo aniversario conviene recordar aquella noche de agosto de 1922 en que Luis Casas Romero sopló su flauta frente a un micrófono precario sin saber que estaba inaugurando un siglo de sonidos compartidos. La radio ha sido en Cuba testigo, cómplice, maestra, consuelo y espejo; ha contado las noticias de cien años, ha difundido la música que bailaron y lloraron varias generaciones, ha transmitido novelas que detuvieron el tiempo y discursos que cambiaron la historia. Su hazaña mayor, no obstante, ha sido ésta: tejer una conversación ininterrumpida entre los cubanos, una conversación que empezó con un puñado de oyentes en torno a un aparato de galena y continúa hoy, multiplicada en miles de voces, en las frecuencias del aire y en los algoritmos de la red.

