El caballero de Santiago: vida, letras y libertad en la obra de Emilio Bacardí

El caballero de Santiago: vida, letras y libertad en la obra de Emilio Bacardí
Foto tomada de La Demajagua

Emilio Bacardí Moreau murió en Santiago de Cuba el 28 de agosto de 1922, hace ya más de un siglo, y sin embargo su figura sigue reclamando una atención que los manuales de historia literaria y los relatos oficiales no siempre le han concedido justicia. Él fue, en el sentido más amplio y generoso del término, un fundador: de la empresa familiar que llevó el ron cubano a los mercados del mundo, ciertamente, pero también de una biblioteca pública, de un museo, de un teatro, de un periódico y de una obra narrativa que merece un lugar propio en la literatura cubana de entresiglos. La investigadora Olga Portuondo Zúñiga, historiadora de la ciudad de Santiago de Cuba y una de las mayores autoridades sobre el personaje, lo ha definido con una frase que ilumina la complejidad de su legado: “(…) fue un hombre del siglo XIX que soñó el siglo XX y trabajó con las manos del empresario, la cabeza del intelectual y el corazón del patriota irredento”.

Nació en Santiago de Cuba el 5 de junio de 1844, en el seno de una familia de emigrados catalanes que habían fundado, apenas unos años antes, una pequeña destilería. Su padre, Facundo Bacardí Massó, era un comerciante emprendedor que había comprado un alambique de cobre y experimentaba con la destilación de aguardientes en un galpón de la calle Matadero. Aquel negocio modesto se convertiría, con el tiempo, en la Compañía Ron Bacardí, un emporio internacional cuyo nombre evoca hoy, en cualquier rincón del planeta, el sabor del Caribe. Pero Emilio no se limitó a heredar y expandir la fortuna paterna. El historiador Jorge Ibarra Cuesta, en un estudio sobre la burguesía cubana del siglo XIX, observa: “Bacardí pertenece a una estirpe peculiar de empresarios criollos que no disociaron los intereses económicos de los ideales independentistas. Su trayectoria demuestra que, en la Cuba de la segunda mitad del ochocientos, era posible ser industrial y conspirador, comerciante y revolucionario”.

El compromiso independentista de Bacardí no fue retórico ni tardío. En 1868, al estallar la Guerra de los Diez Años, se incorporó a las filas mambisas con el grado de capitán y participó en acciones militares que le valieron el respeto de los veteranos. Capturado por las tropas españolas, fue recluido en el presidio de Chafarinas, en el norte de África, donde pasó varios años en condiciones que quebrantaron su salud pero no su convicción. Aquella experiencia carcelaria, que luego recrearía en su novela Vía Crucis, marcó su sensibilidad y le proporcionó un conocimiento directo del sufrimiento humano que impregnaría toda su obra literaria posterior. Ciro Bianchi Ross cuenta que Bacardí regresó del presidio con el cuerpo deteriorado y el espíritu intacto: “En Chafarinas aprendió que la libertad no es un concepto abstracto sino una necesidad tan concreta como el pan o el agua, y esa certeza lo acompañó hasta el último de sus días”.

Tras la guerra volvió a Santiago de Cuba y asumió la dirección de la destilería familiar, que durante su ausencia había quedado en manos de su hermano Facundo y de su cuñado Enrique Schueg. Bajo su liderazgo, la empresa experimentó una expansión notable, pero el negocio nunca absorbió por completo sus energías. Hombre de una curiosidad insaciable y de una cultura autodidacta que asombraba a sus contemporáneos, Emilio dedicó buena parte de su fortuna a empresas culturales que transformaron la vida de su ciudad natal. En 1899 fundó la Biblioteca Pública de Santiago de Cuba, hoy Biblioteca Provincial Elvira Cape, y en 1901 creó el primer museo público de la ciudad, el Museo Bacardí, que alberga una colección de arte, arqueología y objetos históricos que sigue siendo un orgullo de la región oriental. El museólogo y crítico de arte José Veigas Zamora destaca: “(…) el Museo Bacardí no fue un capricho de coleccionista adinerado sino un proyecto cultural concebido con criterio moderno y vocación pública. Emilio Bacardí entendía que una ciudad sin museo era una ciudad sin memoria, y que la memoria es un derecho de todos, no un privilegio de los doctos”.

Su labor como escritor constituye, quizá, la faceta menos conocida de su biografía y la que más merece ser rescatada en un aniversario como este. Bacardí cultivó la novela histórica en una época en que el género comenzaba a despuntar en Cuba, y lo hizo con una ambición que desborda los límites del aficionado ilustrado. Su obra mayor, la trilogía compuesta por Vía Crucis (1914), Magdalena (1915) y Doña Guiomar (1916), recrea el convulso período de las guerras de independencia cubanas desde una perspectiva que combina el rigor documental con la imaginación novelesca. El narrador y crítico literario Francisco López Sacha, en un ensayo sobre los orígenes de la narrativa cubana, afirma: “(…) las novelas de Bacardí no alcanzan la altura estilística de un Cirilo Villaverde o un Ramón Meza, pero poseen una virtud que las redime: están escritas desde la experiencia directa de quien vivió los hechos que narra. Son el testimonio novelado de un patriota que no necesitó documentarse en archivos porque había padecido en carne propia la historia que cuenta”.

Vía Crucis, en particular, es una novela que merece una lectura atenta. Narra la historia de una familia santiaguera durante los años de la Guerra de los Diez Años, y lo hace con una prosa que, bajo su aparente sencillez, esconde una reflexión profunda sobre el dolor, la lealtad y el precio de los ideales. Bacardí no idealiza a los independentistas ni demoniza a los españoles; su mirada, más compleja que la del panfleto patriótico, busca comprender las motivaciones humanas que se esconden detrás de cada posición política. La profesora e investigadora Ana Cairo Ballester, en un estudio ya clásico sobre la literatura cubana de la República, señaló: “(…) en las novelas de Emilio Bacardí hay una voluntad de reconciliación que resulta sorprendente en un hombre que sufrió prisión y destierro. No escribe contra nadie, sino a favor de algo: a favor de la memoria, a favor de la comprensión, a favor de una Cuba que pudiera reconocerse en su pasado sin envenenarse con el rencor”.

La dimensión periodística de Bacardí completa su perfil de intelectual público. En 1902 fundó el periódico El Cubano Libre, desde cuyas páginas defendió posiciones liberales, apoyó a los presidentes de la naciente República que consideraba honestos y fustigó sin contemplaciones la corrupción, el entreguismo y la injerencia extranjera. Sus editoriales, recogidos parcialmente en antologías póstumas, muestran un estilo directo y apasionado que no rehúye la polémica. El historiador de la prensa cubana Juan Marrero ha escrito que Emilio ejerció el periodismo como una extensión de su ciudadanía: “No era un profesional de la noticia ni un empresario de la comunicación: era un patriota que utilizaba el periódico para influir en los asuntos públicos con la misma pasión con que había empuñado el machete en la manigua”.

En 1901 fue elegido alcalde de Santiago de Cuba, cargo que desempeñó durante dos mandatos y desde el cual impulsó obras de modernización urbana, saneamiento y cultura que cambiaron la fisonomía de la ciudad. Su gestión no estuvo exenta de controversias, como corresponde a un hombre de carácter fuerte y convicciones firmes, pero incluso sus adversarios reconocieron su honradez y su desinterés material. El arquitecto e historiador urbano Carlos Villanueva documentó que: “(…) las obras públicas emprendidas por Bacardí durante su alcaldía —el alcantarillado, el mercado, el parque Céspedes— responden a una visión moderna de la ciudad que no era frecuente en la administración municipal cubana de principios del siglo XX. Bacardí gobernó Santiago como quien administra una gran casa y quiso hacer de ella una capital digna de la República soñada”.

Los últimos años de su vida estuvieron marcados por la pérdida de su esposa, Elvira Cape, fallecida en 1921, y por una salud cada vez más precaria que no le impidió seguir escribiendo y participando en la vida pública. Su muerte, el 28 de agosto de 1922, provocó un duelo masivo en Santiago de Cuba. El entierro, narrado por los cronistas de la época, constituyó una manifestación popular de una magnitud que las autoridades no habían previsto. Miles de santiagueros acompañaron el féretro hasta el cementerio de Santa Ifigenia, donde hoy reposan sus restos. El novelista y ensayista Reinaldo Cedeño Pineda, profundo conocedor de la historia santiaguera, escribió: “(…) aquel entierro multitudinario fue la última lección de Emilio Bacardí. Demostró que se puede ser empresario rico y recibir, al mismo tiempo, el homenaje de los humildes; que se puede hacer fortuna sin perder la decencia; que se puede escribir, gobernar y crear sin dejar de ser, ante todo, un ciudadano”.

Al cumplirse este nuevo aniversario de su fallecimiento, la figura de Emilio Bacardí sigue interpelando a los cubanos desde la complejidad de sus múltiples facetas. Fue industrial y conspirador, novelista y alcalde, museógrafo y editor, viajero incansable y santiaguero arraigado. Pero por encima de todas esas identidades, fue un hombre que creyó en la posibilidad de construir una república culta, próspera y libre, y que dedicó su vida y su fortuna a esa construcción. En una isla donde la memoria suele ser frágil y las biografías tienden a simplificarse en estatuas de un solo gesto, vale la pena recordar a Emilio Bacardí en toda su complejidad. Como dejó escrito él mismo, en una de sus últimas cartas: “He procurado servir a mi patria con la espada, con la pluma, con el trabajo y con el ejemplo. Si algo he logrado, no es mío, sino de la tierra que me hizo y a la que devuelvo, agradecido, cuanto soy”.

Lázaro Hernández Rey