La selva perpetua de Wifredo Lam, el alma mestiza de Cuba

La selva perpetua de Wifredo Lam, el alma mestiza de Cuba
Foto tomada de Prensa Latina

Pocos creadores logran encarnar, en la textura misma de su obra, el pulso contradictorio y fecundo de una nación. Wifredo Lam pertenece a esa estirpe rara de artistas cuya biografía es, en sí misma, un mapa del mestizaje, un documento que explica las tensiones y las glorias de la identidad cubana.

Nacido en Sagua la Grande el 8 de diciembre de 1902, hijo de un escribano chino cantonés y de una mulata descendiente de esclavos africanos, Lam creció en un universo donde la razón milenaria de Oriente dialogaba, no siempre en paz, con la furia telúrica de los orishas. Su madrina, una santera de profunda raigambre popular, le abrió temprano las puertas de un mundo regido por el tambor, el trance y la resistencia espiritual. Esa herencia no fue para Lam un adorno folclórico, sino el cimiento de una mirada que, décadas después, sacudiría los salones del arte moderno europeo.

La formación académica del joven pintor en La Habana, en la Academia de San Alejandro, le proporcionó las herramientas técnicas, pero no consiguió domesticar su curiosidad. El viaje a España en 1923 marcó el inicio de un largo exilio que lo llevaría a Madrid, luego a Barcelona y finalmente a París, donde el destino lo puso frente a Pablo Picasso. Aquel encuentro, ocurrido en 1938, fue un relámpago que dividió su trayectoria en dos. Picasso, fascinado por la potencia “primitiva” que advertía en el cubano, lo introdujo en el círculo de los surrealistas. André Breton, el pontífice del movimiento, celebró en sus lienzos un puente inédito entre el inconsciente europeo y la magia caribeña. Pero Lam no se dejó atrapar por las etiquetas. Sabía, con la lucidez del que ha vivido entre dos mundos, que el surrealismo era un pasaporte, no un destino.

El verdadero giro de su lenguaje pictórico ocurrió cuando, huyendo de la ocupación nazi en Francia, regresó a Cuba en 1941. Aquel retorno, cargado de una expectativa casi mesiánica, lo enfrentó de golpe con la realidad cruda de su isla: la pobreza estructural, la discriminación racial, la persistencia clandestina de las religiones afrocubanas frente a una modernidad que las negaba. Lam no pintó esa realidad como un observador compasivo, sino como un iniciado que reconoce en el monte, en la caña y en el cuerpo mestizo un saber antiguo. La investigadora cubana Luz Merino Acosta, en sus estudios sobre la plástica insular, subraya: “Lam no copió la jungla; él la encarnó. En su obra, la caña de azúcar no es paisaje decorativo, es una presencia viva, un testigo que exige justicia”.

Esa comprensión profunda cuajó en su obra cumbre, La Jungla (1943). Lejos de ser una pieza amable, se trata de una advertencia visual. En ella, criaturas híbridas, mitad humanas y mitad vegetales, emergen de un fondo denso de hojas y tallos, con miradas que interpelan y manos que parecen invocar un ritual secreto. El pintor cubano Manuel Mendive, heredero confeso de esa tradición, ha declarado en más de una ocasión que: “Lam abrió una puerta por la que todos los artistas del Caribe hemos entrado después. Nos enseñó que lo sagrado africano podía pintarse con el lenguaje del arte moderno, sin pedir permiso a nadie”. Mendive se refiere a una lección esencial: la descolonización de la mirada no consiste en ignorar a las vanguardias, sino en usarlas como herramientas propias.

La obra de Lam posterior a La Jungla no se estancó en la fórmula que lo hizo célebre. Continuó explorando la figura de la mujer como diosa telúrica, el sincretismo como estrategia de supervivencia y el cuerpo como territorio de resistencia. Su paleta se volvió, a veces, más sombría; sus trazos, más sintéticos. Artistas de generaciones posteriores, como el cubano Roberto Fabelo, reconocen en esa madurez una lección de ética estética: “Lam no se repitió para complacer al mercado. Siguió pintando lo que le dolía, lo que lo interrogaba, incluso cuando el mundo del arte quería congelarlo en una sola imagen”.

Lam falleció el 11 de septiembre de 1982, pero siempre conservó esa actitud, rara en el arte contemporáneo, lo cual convierte su legado en un faro que sigue proyectando su luz hacia la posteridad.

Él no fue un embajador pintoresco de Cuba, sino un pensador visual que descifró, antes que muchos sociólogos, la naturaleza sincrética de la cultura insular. Su obra funciona hoy como un archivo de la resistencia: cada tela es un conjuro contra el olvido, una afirmación de que la identidad no es una esencia fija, sino una construcción viva, hecha de encuentros, violencias y alianzas. Por eso, al revisar su trabajo, no se visita un museo, se entra en un bosque donde cada sombra tiene nombre y cada forma, un tambor. Cuba entera, con sus contradicciones y su belleza feroz, está pintada en esa selva perpetua que Wifredo Lam soñó para nosotros.

Lázaro Hernández Rey