A diez años del adiós: la amistad que unió a Darío Fo con Cuba
El 13 de octubre de 2016, el teatro universal perdió a uno de sus juglares más irreverentes. Darío Fo falleció en el hospital Sacco de Milán a los 90 años, víctima de complicaciones pulmonares que lo mantuvieron ingresado durante diez días. Su hijo Jacopo lo despidió con una frase que resumía la obstinación creativa de toda una vida: “Mi padre resistió y siguió trabajando por 8-9-10 horas por día hasta que tuvo que ser hospitalizado: el arte, la pasión y el compromiso político son cosas que sirven”. Pero para Cuba, la noticia tuvo un matiz particular. No se trataba solo de la muerte de un Nobel de Literatura. Se trataba de la partida de un amigo.
La relación de Darío Fo con Cuba tuvo raíces profundas y se manifestó en múltiples terrenos. El boletín Prometeo, editado por el Centro de Documentación de las Artes Escénicas de Cuba, lo reconoció de manera explícita al dedicarle una edición conmemorativa por su centenario: “El 24 de marzo el mundo recordará el centenario de Darío Fo, el bufón galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1997, quien sostuvo estrechos vínculos con Cuba y cuyas obras engrosan el repertorio de nuestros teatristas”. Esa frase, escueta y precisa, encierra una historia de décadas de intercambio cultural, admiración mutua y compromiso compartido.
El vínculo más visible y celebrado ocurrió en enero de 1984, durante el Festival de Teatro de La Habana. Fo y Franca Rame, su compañera de vida y de escena, participaron en aquella edición que reunió a diez agrupaciones extranjeras y a personalidades de la talla de la actriz sueca Bibi Andersson. En La Habana, Fo ofreció una muestra de su ya legendario Misterio bufo, del que escenificó varios cuadros, entre ellos La noche de Caná, Bonifacio VIII y La resurrección de Lázaro. El crítico y periodista Jaime Sarusky lo entrevistó entonces para la revista Tablas, y esa conversación quedó como un testimonio invaluable de su paso por la Isla. En aquel encuentro, Darío habló sin ambages sobre el temor y el moralismo que, según su experiencia, aparecían en los países que iniciaban procesos revolucionarios. “Siempre hay temor en los países que comienzan la revolución, y se muestra un moralismo y no una moral”, declaró a Conjunto en 1967, una frase que suscitó debate y que resume su mirada crítica, nunca complaciente, incluso hacia los procesos que despertaban su simpatía. Él mismo reconoció en otra entrevista, publicada en el boletín Prometeo, que en aquel viaje había algo que le pesaba: no haber podido actuar en las escuelas, una limitación que consideraba un defecto del Festival.
Sin embargo, la huella de Fo en Cuba trascendió con creces aquella visita. Sus obras se convirtieron en material cotidiano para los teatristas cubanos. Pareja abierta, escrita a cuatro manos con Franca Rame en 1983, ha sido llevada a las tablas en múltiples ocasiones. El grupo Teatro Pálpito la ha presentado en escenarios como el Festival Internacional de Cine Pobre de Gibara y en la sala del Terry, en Cienfuegos. Una mujer sola fue montada por Teatro Paquelé, y Tengamos el sexo en paz inspiró el unipersonal Sex-teando con Darío Fo, que la actriz Yuliet Montes llevó a escena en La Habana durante años. Muerte accidental de un anarquista, acaso su pieza más célebre, figura en el repertorio de agrupaciones cubanas y en los programas de estudio de las escuelas de teatro. En 2004, veinte años después de su visita, Ediciones Alarcos publicó un volumen titulado Teatro, que reunió varias de sus obras gracias a la traducción de Carla Matteini, su traductora al español. La presencia de Fo en la escena cubana no fue un episodio anecdótico: fue una corriente continua.

El compromiso político del artista italiano con las causas cubanas también dejó marcas concretas. En octubre de 2011, el dramaturgo sumó su firma a un llamamiento internacional que exigía el regreso a la Isla de los cinco antiterroristas cubanos presos en Estados Unidos. La nota, difundida por la Mesa Redonda y Cubadebate, precisaba que Fo se unía a otras figuras galardonadas con el Nobel, como Adolfo Pérez Esquivel, Wole Soyinka y Rigoberta Menchú, en una petición que ya contaba con más de 500 personalidades de todo el mundo. Aquel gesto no era un simple respaldo protocolario. Fo había hecho de la solidaridad con Cuba una constante en su discurso público, y su adhesión a la causa de los Cinco fue una más de las muchas muestras de una amistad que nunca se limitó al terreno artístico.
La relación entre Fo y Cuba tuvo también un componente institucional. La Casa de las Américas, ese espacio fundacional del diálogo cultural latinoamericano, contó con su presencia entre las figuras que pasearon por sus salones. Como otros intelectuales él entendió la Casa como un espacio de encuentro y de resistencia cultural. Su nombre se suma así al de tantos otros que vieron en La Habana un punto de referencia para el pensamiento crítico y la creación artística comprometida.
El paso del tiempo no ha diluido su presencia. En marzo de 2026, cuando se cumplió el centenario de su natalicio, la Fundación Darío Fo y Franca Rame anunció un amplio festejo mundial que incluyó homenajes en Italia y en otros países donde su obra echó raíces. En Cuba, el Centro Dramático de Cienfuegos escogió una de sus piezas, Un muerto en venta, para celebrar el aniversario 63 de la agrupación, una decisión que sus responsables describieron como un puente entre la tradición crítica del teatro europeo y la vitalidad creativa de la escena cubana. El propio periódico Granma dedicó un artículo a lo que llamó “el bufón de ley”, en el que recordó que Fo fue amigo de Cuba y sus más nobles causas y que sus piezas figuran con regularidad en el repertorio de nuestras agrupaciones. La revista La Jiribilla y otras publicaciones culturales cubanas han mantenido viva su memoria con análisis de su dramaturgia y recordatorios de su paso por la Isla.
Al cumplirse diez años de su fallecimiento, la figura de Darío Fo adquiere una dimensión que trasciende el elogio fácil. No fue solo un dramaturgo genial, un actor prodigioso o un Nobel controvertido. Fue un artista que entendió el teatro como un espacio de confrontación y de diálogo, y que encontró en Cuba un interlocutor válido y un amigo leal.

