Quintín Bandera en la obra martiana
Martí conoció a Quintín Bandera en mayo de 1895, a pocos meses de iniciada la Guerra Necesaria. En las anotaciones de su diario de campaña, correspondientes a los días 7 y 8 de ese mes, el Apóstol describió el encuentro con la tropa de Bandera y trazó un retrato muy vívido del combatiente:
“Ya llegamos, a son de corneta, a los ranchos, y la tropa formada bajo la lluvia, de Quintín Bandera. Nos abraza, muy negro, de bigote y barbilla, en botas, capa y jipijapa […] Quintín, sesentón, con la cabeza metida en los hombros, troncudo el cuerpo, la mirada baja y la palabra poca, nos recibe a la puerta del rancho: arde de calentura: se envuelve en su hamaca: el ojo, pequeño y amarillo, parece como que le viene de hondo, y hay que asomarse a él: a la cabeza de su hamaca hay un tamboril”.
Martí no solo describe su aspecto, sino que también recoge una frase del propio Bandera que revela su carácter práctico y su confianza en las armas: “…yo con mis escopetas y mis dos armas de precisión, sé cómo armarme”, dice Bandera.
Al día siguiente, en la anotación del 9 de mayo, Martí registró la despedida de Bandera y otros jefes mambises con una frase de afecto y hermandad:
“Adiós, a Bandera -a Moncada-, al fino Carvajal, que quisiera irse con nosotros, a los ranchos donde asoma la gente saludando con los yareyes: ¡Dios los lleve con bien, mis hermanos!”.
Un artículo del periódico Granma que reproduce estos fragmentos aclara que Martí escribió esta descripción “cuyas hazañas ya conoce”; es decir, no se trataba de un desconocido, sino de un jefe cuya fama de guerrero le precedía.
La conexión entre ambos se selló trágicamente días después: fue precisamente Quintín Bandera quien salió con sus hombres a buscar el cadáver de Martí tras su caída en Dos Ríos, el 19 de ese mes, aunque no logró alcanzar la columna española que lo trasladaba.
En resumen, José Martí no solo mencionó a Quintín Bandera, sino que lo dejó retratado en su diario personal como un jefe veterano, de aspecto recio y pocas palabras, a quien despidió con un afectuoso “¡Dios los lleve con bien, mis hermanos!”.
Quintín Bandera Betancourt nació el 30 de octubre de 1834 en Santiago de Cuba, en el seno de una familia negra libre y pobre. Desde muy joven se vinculó a las conspiraciones independentistas: con apenas 16 años estuvo implicado en la insurrección de Narciso López en 1851, por lo que fue apresado y deportado a España.
Tras regresar a Cuba en 1859, se dedicó a la agricultura hasta que, al estallar la guerra de 1868, fue de los primeros en alzarse en armas, incorporándose como simple soldado a las tropas de Donato Mármol.
Su ascenso en el Ejército Libertador fue meteórico, forjado a base de valor y famosas cargas al machete. Participó en las tres guerras de independencia y estuvo junto a Antonio Maceo en la Protesta de Baraguá.
Durante la guerra de 1895, organizó el alzamiento en Oriente y fue nombrado jefe de la infantería de la columna invasora, destacando por su arrojo en combates como el de Ceja del Negro. Aunque fue degradado y sancionado en más de una ocasión por indisciplina, nunca dejó de combatir y terminó la contienda con el grado de General de División. Fue, además, el único jefe cubano que cruzó la Trocha de Mariel a Majana cuantas veces quiso.
Finalizada la guerra, la república neocolonial lo marginó: discriminado por su condición de negro y por su falta de empleo estable, rechazó con dignidad los cinco pesos y el puesto de cartero que le ofreció el presidente Estrada Palma; para sobrevivir, tuvo que desempeñar oficios de baja categoría.
En 1906, alzado contra la reelección de Estrada Palma en la llamada “Guerrita de Agosto”, fue sorprendido y asesinado por la Guardia Rural el 23 de agosto de ese año, con 72 años, a balazos y machetazos, por orden del propio presidente y con la anuencia de Washington. Su muerte, lejos de silenciarlo, lo convirtió en una figura legendaria del mambisado cubano.
En el municipio de Centro Habana, el parque popularmente conocido como “Trillo”, circundado por las calles Aramburu, Hospital, San Rafael y San Miguel, alberga una estatua del general mambí, obra de Florencio Gelabert inaugurada en 1953.
También existe un busto en la Avenida de los Libertadores, su ciudad natal, Santiago de Cuba, y un memorial dedicado a él, situado cerca del Cuartel Moncada y la Galería Arte Soy.

