Bajo un sol implacable que mustia las verdes cañas, la finca La Mejorana, en la entonces provincia de Oriente, fue testigo de un encuentro que la historia grabaría con letras de acero.
Bajo un sol implacable que mustia las verdes cañas, la finca La Mejorana, en la entonces provincia de Oriente, fue testigo de un encuentro que la historia grabaría con letras de acero.