Dórico Vargas, el trovador de Jiguaní

Dórico Vargas, el trovador de Jiguaní
Foto tomada de El eco de Las Villas

Figura entrañable de la música popular cubana fue el trovador Dórico Vargas, cuya vida transcurrió entre el meticuloso oficio de panadero y la pasión íntima por la guitarra y la canción.

Nacido el 11 de enero de 1914 en Jiguaní, poblado perteneciente a la actual provincia de Granma, su existencia estuvo marcada desde la niñez por la necesidad del trabajo, pero también por una devoción musical que lo convirtió en un auténtico trovador de su terruño.

De manera autodidacta, desarrolló su virtuosismo con la guitarra, instrumento que se convertiría en su “fiel compañera”. Este binomio entre trabajo manual y creación artística definió su carácter: un hombre del pueblo que encontraba en la melodía y el verso una forma de expresión profunda y genuina.

Su trayectoria musical tomó un rumbo decisivo en 1941, cuando inició una larga y fructífera colaboración con el también músico Andrés Uvenci Gómez Rojas (conocido como Andresito). Juntos ‒y más adelante integrando el dúo La Trova Jiguanicera‒ formaron una sociedad creativa que dejó un legado perdurable.

Aunque en algún momento fue integrante de la orquesta Renovación, su verdadera afinidad estaba en los géneros íntimos y sentimentales: el bolero y el tango. Se cultivó así como un excelente trovador e incursionó en la composición.

De su cooperación con Andrés Gómez destacan tres piezas consideradas la cúspide de su creación conjunta: el bolero No lo pienses más, con letra y música de Gómez; el bolero En vano, con letra de Silvina Ramón y música de Dórico Vargas; y el vals Mi recuerdo, obra que representa el pináculo de su osadía musical. Compuesto con letra de Andrés Gómez y música de Gómez y Vargas, este vals fue orquestado con la firma de Vargas como un obsequio de su compañero, quien lo había iniciado dedicado a su hija Margarita.

Legado familiar y artístico

El magisterio de Dórico Vargas no se limitó al escenario. Fue un maestro natural que inculcó el amor por la música a sus hijos Desiderio y Doriquito, quienes siguieron sus pasos, y también a otros diez de sus vástagos. De esta manera, su huella se extendió en el ámbito familiar, creando un pequeño núcleo de tradición musical.

El panadero trovador ‒o mejor, el trovador panadero‒ falleció en su ciudad natal el 28 de enero de 1993. Hasta el final, continuó cantando sus melodías con el dúo La Trova Jiguanicera. Aunque su voz se apagó, permanece “rompiendo el encanto del silencio con sus bellas melodías tras las serenatas amorosas de las madrugadas que siempre le esperan”.

Su vida es un testimonio de cómo el arte, cultivado con humildad y constancia, puede florecer desde los oficios más cotidianos y convertirse en patrimonio perdurable de una comunidad.

Gilberto González García