Antonio Menéndez: caballero del viento

Antonio Menéndez: caballero del viento

Cuando el 14 de febrero de 1936 el aviador Antonio Menéndez Peláez arribó al aeródromo de Tablada, en Sevilla, había escrito una heroica página en la historia de la aeronáutica cubana.

Motivado por los aviadores españoles Mariano Barberán y Joaquín Collar, quienes en junio de 1933 unieron Sevilla con Camagüey en un vuelo sin escalas a bordo del avión Cuatro Vientos, Menéndez concibió un «vuelo de respuesta y agradecimiento» para devolver simbólicamente la visita a España. Así se convertiría, también, en un pionero de la aviación mundial, recordado como el primer piloto de habla hispana en cruzar en solitario el Atlántico de oeste a este.

El intrépido aviador salió de Camagüey el 12 de enero pilotando un monoplano Lockheed Sirius 8 adquirido y reparado por él, al que bautizó como “4 de Septiembre”. Tras 33 días, nueve escalas y un vuelo efectivo estimado entre 72 y 77 horas, aterrizó en Sevilla, después de haber sobrevolado la emblemática torre de la Giralda.

En España fue recibido como un héroe y recibió la Cruz del Mérito Militar y Naval, y en Cuba se le confirió la orden honorífica Carlos Manuel de Céspedes.

Tras su regreso al mayor archipiélago de las Antillas trabajó como piloto para la Compañía Cubana de Aviación, y en 1933 se incorporó al recién creado Cuerpo de Aviación de la Marina de Guerra Cubana, donde fue ascendido a teniente.

Nacido en la parroquia asturiana de Santa Eulalia de Riveras (España), el 4 de diciembre de 1902, Menéndez emigró a Cuba siendo adolescente, entre 1911 y 1916, para reunirse con su padre, y en 1927 obtuvo la ciudadanía cubana. En Cienfuegos demostró una incansable capacidad de trabajo: se desempeñó como dependiente de comercio, mecánico automotriz, chófer de taxi, lanchero en la bahía, y repartidor de leche por el río Damují. Estos oficios le permitieron ahorrar para perseguir un sueño que nació al ser invitado a volar sobre Cienfuegos: convertirse en piloto.

A finales de 1927 viajó a Chicago y se matriculó en la Escuela de Aviación Greer College, donde trabajó igualmente, como ayudante de mecánico. Tras solo 25 horas de instrucción, obtuvo su licencia de piloto el 9 de abril de 1931. Con sus últimos ahorros, compró un biplano Waco-10 en mal estado, que reparó con amigos. Con apenas 30 horas de experiencia total, emprendió en solitario el vuelo de regreso a Cuba. Despegó de Chicago, hizo escala en Miami y cruzó el Estrecho de Florida para aterrizar en Cienfuegos, completando un trayecto de dos mil 292 kilómetros.

En 1937 se sumó como jefe técnico a la «Escuadrilla Panamericana Pro Faro de Colón» y lideró un vuelo de buena voluntad por 26 países americanos para promover un monumento al navegante genovés. El 29 de diciembre de ese año, durante el tramo entre las ciudades colombianas de Cali y Buenaventura, su avión y otros dos de la escuadrilla se estrellaron en el Valle del Cauca debido al mal tiempo y la baja potencia de las aeronaves. Menéndez Peláez falleció así a los 35 años, haciendo lo que más le gustaba: pilotar un avión.

Su legado perdura como símbolo de valor y hermandad. Calles en Cumanayagua (Cuba), y placas en Cienfuegos y Camagüey perpetúan su memoria. Su vuelo transatlántico en solitario, con medios precarios y una voluntad inquebrantable, sigue siendo una de las páginas más gloriosas de la aviación cubana y mundial.

La vida de este “caballero del viento”, marcada por la tenacidad y el romanticismo de la era heroica de la aviación, es una de las grandes epopeyas de Cuba en los cielos.

Gilberto González García