Justo Vega: El Caballero de la Décima y la voz del alma campesina
La figura de Justo Vega, impecable en su guayabera, se erige como un pilar fundamental en la historia cultural de Cuba. Su vida, un recorrido desde la labor manual del campo hasta la consagración en los escenarios más importantes, está marcada por su dedicación a una tradición poética y musical única: el punto cubano y la décima guajira. En el trigésimo aniversario de su fallecimiento, acaecido el 13 de enero de 1993 en La Habana, su legado permanece como un referente vivo de la identidad nacional.
La historia de Justo Pastor Vega Enríquez comenzó en el seno de un pueblo con una fecunda tradición poética: San Antonio de Cabezas, en la provincia de Matanzas. Nacido el 9 de agosto de 1909, su infancia y juventud estuvieron signadas por el trabajo arduo, forjando un carácter íntegro que más tarde se reflejaría en su arte. Antes de encontrar su destino en la poesía improvisada, desempeñó oficios diversos como peón de albañil, obrero agrícola y dependiente de cafetería.
El punto de inflexión llegó de manera espontánea. Cuentan que un día escuchó a los repentistas José Guerrero y Eloy Romero entablar un diálogo poético. Este encuentro resultó un deslumbramiento total. Al día siguiente, según testimonios, ya comenzó a improvisar, revelando un don natural que, con el tiempo, puliría hasta la maestría.
Su consolidación como artista llegó con su incursión en la naciente industria radial cubana. En 1934 fundó el Cuarteto Trovadores Cubanos, junto a su hermano Bernardo, Pedro Guerra y Alejandro Aguilar. Este grupo no solo ofrecía conciertos, sino que evidenció la visión empresarial de Vega: para promocionarse, alquiló una hora en la emisora CMQ y personalmente buscó anunciantes comerciales para costear el espacio. El éxito fue rotundo, lo que impulsó su carrera y le abrió las puertas para dirigir la publicidad de la Fábrica de Cigarros Partagás, donde trabajó durante catorce años. En este rol, ideó campañas memorables como la “casita Partagás”, un vehículo adornado que recorría pueblos, y el programa La Hora Partagás, en la emisora COCO, que alcanzó audiencias sin precedente.
Su dominio del verso octosílabo y la estructura de la espinela lo colocaron entre las grandes figuras del género, al lado de nombres como Jesús Orta Ruiz, Chanito Isidrón y Angelito Valiente. Sin embargo, su contribución más perdurable nació de una fructífera asociación artística.
A finales de la década de 1940 y durante los años 50, Vega participó en la organización de los Festivales de la Décima en los Jardines de la Tropical, considerados por muchos como la Edad de Oro del punto cubano. En estos certámenes, los improvisadores se agrupaban en bandos de colores (Rojo, Lila, Azul, Tricolor) que competían entre sí, atrayendo a multitudes que celebraban el virtuosismo poético. Esta época de ebullición cultural sentó las bases para que la figura de Vega trascendiera de la radio a un fenómeno de masas.
Justo Vega encontró en Adolfo Alfonso a su contraparte perfecta. Juntos formaron una de las duplas más célebres y queridas en la historia de la cultura popular cubana. Su química era tal que, durante sus presentaciones, el público se dividía en justistas y adolfistas, para luego reconciliarse al final del espectáculo, consciente de que la rivalidad quedaba solo en el escenario.
Esta asociación alcanzó su máxima expresión en la televisión nacional. Con la fundación del programa Palmas y Cañas en 1962, Vega y Alfonso se convirtieron en visitantes dominicales de incontables hogares cubanos. A través de la pantalla chica, llevaron la tradición campesina al corazón de la ciudad, combinando la décima seria y filosófica con un humor inteligente y fino, alejado de la vulgaridad. Aunque Vega confesó una vez que su preferencia personal era por la décima descriptiva y romántica, aceptó que el público esperaba la controversia jocosa como plato fuerte.
Tras el triunfo de la Revolución en 1959, Vega integró sus convicciones a su obra. En su programa radial Patria Guajira, alabó los logros del campesinado y los trabajadores, y utilizó su verso como herramienta de combate político. Incluso, en 1960, organizó un batallón de trabajo voluntario para el corte de caña, una muestra de su compromiso que mantuvo a lo largo de los años. En 1968, su labor pasó a ser considerada esencial para el Instituto Cubano de Radio y Televisión y el Consejo Nacional de Cultura, desde donde continuó promoviendo la música campesina dentro y fuera de Cuba, realizando giras por varios países latinoamericanos junto a Adolfo Alfonso.
El 13 de enero de 1993, a la edad de 83 años, falleció en La Habana. Su partida dejó un profundo vacío en el panorama cultural de la isla. No obstante, su legado se mantiene vivo a través de múltiples reconocimientos. Varias instituciones llevan su nombre, como un parque cerca de su casa y la Casa de Cultura Municipal de Arroyo Naranjo en La Habana. El Concurso Nacional de Repentismo también honra su memoria, incentivando a las nuevas generaciones a cultivar el arte que él defendió. Entre las condecoraciones que recibió están la Distinción por la Cultura Nacional y la Réplica del Machete de Máximo Gómez.
A tres décadas de su desaparición física, Justo Vega, El Caballero de la Décima, sigue siendo una figura indispensable. Su historia es la de un hombre que supo transformar la experiencia de la vida rural y el trabajo en poesía pura, elevando una tradición popular a la categoría de arte mayor. Su imagen, siempre seria y elegante, permanece como un símbolo de autenticidad y decoro, y su obra es un puente permanente entre el campo y la ciudad, entre el pasado y el presente de la nación cubana. Como bien dijera su compañero Adolfo Alfonso, Vega fue siempre un sol para la cultura y una joya para el arte.

