Rubén Martínez Villena: la poesía y la pupila insomne de la Revolución del 30
Un niño con la mirada profunda que impresionó al Generalísimo Máximo Gómez se convirtió en el poeta que dejó la pluma para forjar, entre huelgas y sonetos, el destino de una nación.
Para las nuevas generaciones de cubanos, el nombre de Rubén Martínez Villena tal vez resuene como una figura histórica más, uno de esos hombres de principios del siglo XX. Pero su vida, condensada en apenas 34 años, fue un vértice donde confluyeron como pocas veces la sensibilidad lírica más aguda y la acción revolucionaria más decidida. Fue el intelectual que, tras ganar premios de poesía, dirigió la primera huelga política nacional; el abogado que defendió a Julio Antonio Mella e inmortalizó a Gerardo Machado como un asno con garras.
Al conmemorar el aniversario de su fallecimiento, ocurrido el 16 de enero de 1934, no recordamos solo a un combatiente, sino a un artífice de conciencia, un poeta que encontró en la lucha por la justicia social la expresión más pura de su arte.

Nacido en Alquízar en 1899, Rubén Martínez Villena creció en una familia de clase media ilustrada que respiró, desde su regreso del exilio, el aire de frustración que siguió a la intervención norteamericana en la guerra de independencia. Su talento literario fue precoz: a los once años escribía sus primeros versos, y a los veintiuno ya era un poeta reconocido en las revistas habaneras. Para complacer a su madre, culminó brillantemente sus estudios de Derecho en 1922.
Sin embargo, el destino de Villena no sería el de un letrado convencional. Su trabajo en el bufete del antropólogo Fernando Ortiz lo puso en contacto con jóvenes intelectuales inconformes y le permitió nutrirse de ideas progresistas. Pronto, el joven poeta descubrió que su verdadera vocación no se agotaba en el verso, sino que clamaba por transformar la realidad de una república lastrada por la corrupción y el entreguismo.
El 18 de marzo de 1923, en la Academia de Ciencias de La Habana, durante un homenaje, un grupo de quince jóvenes, liderados por Villena, se levantó para denunciar un escandaloso acto de corrupción del gobierno de Alfredo Zayas: la venta fraudulenta del Convento de Santa Clara. Este acto, conocido como la Protesta de los Trece, fue mucho más que una denuncia puntual. Según intelectuales como Juan Marinello, marcó el inicio de la década crítica, un periodo de intensa movilización y radicalización política. Para el investigador Fernando Martínez Heredia, aquel grito fue la obertura cubana a la modernidad del siglo XX. De los trece firmantes del manifiesto que redactó Villena, surgirían figuras claves de la intelectualidad y la política cubana, como el propio Marinello, Jorge Mañach y José Zacarías Tallet.
A partir de ese momento, Villena asumió un liderazgo natural. Fue uno de los fundadores de la Falange de Acción Cubana, una organización que abogaba por el mejoramiento patrio a través de la instrucción pública y sin intereses partidistas. En 1927, fue también signatario de la Declaración del Grupo Minorista, un manifiesto que clamaba por un arte nuevo, la reforma universitaria, la independencia económica y la lucha contra el imperialismo yanqui.
La madurez política de Villena lo llevó a ingresar al primer Partido Comunista de Cuba en 1927, convirtiéndose en uno de sus dirigentes fundamentales. Desde allí, desplegó una incansable labor de organización obrera, fungiendo como asesor legal de la Confederación Nacional Obrera de Cuba. Su compromiso lo enfrentó directamente a la dictadura de Gerardo Machado, quien había asumido el poder en 1925.
Paradójicamente, mientras su espíritu combativo se fortalecía, su cuerpo se debilitaba. En 1927 le diagnosticaron tuberculosis pulmonar, una enfermedad que lo acompañaría hasta el final. Aun así, su actividad no decayó.
En 1930, ya como miembro del Comité Central de su partido, organizó y dirigió la primera huelga política de la historia de Cuba, que paralizó el país durante más de 24 horas. Perseguido, viajó a la Unión Soviética con la doble esperanza de escapar del terror machadista y curarse. Allí trabajó en la KOMINTERN, pero los médicos le dieron un pronóstico irreversible.
Decidió entonces regresar a Cuba, impulsado por el deseo de conocer a su hija recién nacida, Rusela, y de entregar sus últimos alientos a la lucha. Desde la clandestinidad y con la salud devastada, su mente estratégica siguió operando. Fue el principal organizador y dirigente de la huelga general revolucionaria que, el 12 de agosto de 1933, finalmente derrocó a Gerardo Machado.
La producción poética de Villena no fue extensa, pero sí intensa y reveladora. Su amigo y también escritor Raúl Roa señaló que, aunque vivía para el verso, su obra fue escasísima, a la vez que lo consideró el poeta más destacado y la voz más auténticamente personal de su grupo.

Su poesía transitó desde un intimismo romántico y erótico ─como en los sonetos Declaración o El rizo rebelde─ hacia una lírica comprometida con los episodios épicos de las luchas independentistas, en obras como Máximo Gómez o El rescate de Sanguily. Los críticos como Cintio Vitier destacan en ella una ironía sentimental, un lánguido y morboso pesimismo mezclado con la inflexión y el fuego de los Versos libres de José Martí.
Ningún poema ilustra mejor su actitud vital y su genio que Canción del sainete póstumo, escrito en 1922. En él, con un humor ácido y desacralizador, anticipa su propia muerte y velorio, describiendo con desapego la hipocresía y el ceremonial burgués que lo rodearán. Los versos “Yo moriré prosaicamente, de cualquier cosa / (¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?)” resultaron una premonición escalofriante de su final por tuberculosis.
Este poema, que según los estudiosos se inscribe en los albores de la vanguardia literaria, simboliza el tránsito de Villena hacia una cosmovisión marcada por la ironía y el desencanto de la realidad republicana, que solo la acción revolucionaria podía redimir. Para él, como para José Martí a quien admiraba, la poesía verdadera estaba en las transformaciones sociales que hicieran un mundo más justo.
Rubén Martínez Villena falleció en el sanatorio La Esperanza, en las afueras de La Habana, el 16 de enero de 1934. Su muerte coincidió con la clausura del IV Congreso de Unidad Sindical. Los delegados obreros, con sus credenciales y estandartes, encabezaron el cortejo fúnebre, seguido por más de veinte mil trabajadores que lo despidieron entre consignas revolucionarias.
Su legado es dual e inseparable: el del intelectual orgánico que puso su pluma y su pensamiento al servicio de la lucha, y el del estratega revolucionario que supo movilizar a las masas aun desde la enfermedad y la clandestinidad. Demostró que la cultura y la política no son reinos separados, sino facetas de un mismo combate por la dignidad nacional.
En uno de sus poemas más célebres, plasmó un verso que se convertiría en consigna y definición de su propia existencia: “Hace falta una carga para matar bribones, / para acabar la obra de las revoluciones…”. Rubén Martínez Villena fue, él mismo, esa carga vital de inteligencia, valor y poesía que la Cuba de la primera república necesitaba. Su pupila, insomne y crítica, sigue mirándonos desde el fondo de la historia, recordándonos que la verdadera literatura no solo describe el mundo, sino que se empeña en cambiarlo.

