Víctor Casaus y la fundación de memorias en el corazón de La Habana
No concibe sus pasos en solitario. “Víctor Casaus no sabe caminar solo. Nunca pudo, ni lo intentó, dar pasos en el aire sin mirar atrás, hacia otros y con otros”, escribió revista argentina Sudestada al presentar una entrevista con el poeta y cineasta cubano. Y esa condición colectiva, esa manera de entender la cultura como un tejido de voces y afectos, define la obra de uno de los intelectuales más versátiles de la isla.
Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad de La Habana, Casaus pertenece a la generación poética que irrumpió a mediados de los años sesenta en las páginas de El Caimán Barbudo, aquel icónico mensuario del que fue miembro fundador. Pero su firma no tardó en desbordar los márgenes de la poesía para inscribirse en el cine, el periodismo, el testimonio y la gestión cultural. En su obra, los géneros dialogan y se mezclan con la misma naturalidad con la que él transita de un documental a un poema de amor.
En la década de 1970 ya era un nombre reconocido. Había publicado su primer poemario, Todos los días del mundo (1967), y comenzaba a escribir guiones para el Icaic. Participó en la escritura de filmes como El hombre de Maisinicú (1973) y más tarde dirigiría largometrajes de ficción como Como la vida misma (1985) y Bajo presión (1989). Sin embargo, sus documentales —más de una veintena— revelan su obsesión por capturar el pulso de la historia y la voz de los protagonistas anónimos.
Obras como Con Maiakovski en Moscú (1976), Un silbido en la niebla (1977) o Que levante la mano la guitarra (1983), este último en colaboración con Luis Rogelio Nogueras, transitan la delgada frontera entre el registro periodístico y la sensibilidad poética. Para él la cámara es también una forma de escritura.
Si hay un libro que marca un antes y un después en su carrera, ese es Girón en la memoria (1971). La obra, una de las primeras en recibir mención en el recién creado Premio Casa de las Américas en la categoría Testimonio, reconstruye los días de la invasión de Bahía de Cochinos a través de las voces de sus participantes. El jurado de aquella edición, integrado por Rodolfo Walsh, Raúl Roa y Ricardo Pozas, reconoció el valor de una obra que, como señala el historiador Pedro Pablo Rodríguez en el prólogo de una edición posterior, consagró “la mayoría de edad en la cultura nacional” de su autor.
El fragmento final del libro, que narra el despegue desesperado de un piloto bajo las bombas, ilustra la maestría de Casaus para fundir el aliento épico con la humanidad del relato: “La cabina estaba llena de rocío. Puse todos los chuchos del avión: calefacción, todo. Todos los chuchos para arriba. Entré por la pista y despegué”. Esa voz directa, sin artificios, se convirtió en la marca de fábrica de un escritor que prefiere ceder la palabra a los demás.
En 1996, en pleno Período Especial, Casaus dio un giro a su carrera. Junto a la argentina María Santucho, fundó el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, una institución independiente sin fines de lucro ubicada en el corazón de La Habana Vieja. El espacio, en la calle Muralla 63, se convertiría en una usina de proyectos dedicados a la memoria, la trova y las nuevas tecnologías.
La elección del nombre no fue casual. Pablo de la Torriente Brau, el escritor y periodista puertorriqueño-cubano muerto en la Guerra Civil Española, representaba el ideal del intelectual comprometido. Casaus ya le había dedicado un largometraje documental (Pablo, 1978) y un libro (Pablo: con el filo de la hoja, 1983). Pero el Centro llevaba esa devoción un paso más allá: se trataba de preservar su legado y, al mismo tiempo, crear las condiciones para que nuevas voces emergieran.
“Lo que hacemos en el Centro Pablo —una decena de programas culturales, muchas veces relacionados entre sí— es posible por esa dedicación extra de los pocos que estamos todos los días allí y de la colaboración de quienes apoyan estos sueños con su trabajo”, explicó Casaus en una entrevista. Y añadió una reflexión que ilumina su filosofía: “En mi caso, he necesitado ajustar en lo posible las tensiones entre la labor cultural y los reclamos de lo que se llamaría, mal y rápido, la obra personal. Lo primero para disminuir esas tensiones —o para entenderlas mejor— ha sido comprender que el Centro Pablo es parte de esa obra personal”.
Bajo su dirección, la institución ha albergado iniciativas tan diversas como el proyecto A guitarra limpia, un espacio para la nueva trova cubana que en sus primeros diez años reunió a trovadores de todas las generaciones en más de noventa conciertos. También impulsó, desde 1999, los salones y coloquios internacionales de Arte Digital, una apuesta pionera por explorar los lenguajes emergentes en la isla.
Pese a la multiplicidad de roles —poeta, cineasta, periodista, gestor—, Casaus mantiene una mirada que busca preservar la frescura de la infancia. En la entrevista citada al inicio reflexionaba sobre esa tensión: “Intentar mantener esa mirada de los niños requiere un difícil equilibrio con la experiencia vivida, sufrida y gozada, que tiende a inclinar la balanza hacia la rutina y lo ya sabido. En lo social, es igualmente difícil mantener esa insistencia en las visiones frescas de la infancia. Pero hay un parentesco entre esas miradas y la búsqueda de la esperanza, que puede estar golpeada e incluso malherida en estos tiempos planetarios, pero que de vez en cuando ofrece sus destellos”.
Su obra literaria, que incluye poemarios como Amar sin papeles (1980), Los ojos sobre el pañuelo (1982) —ganador del Premio Latinoamericano de Poesía “Rubén Darío”— o el conmovedor El libro de María (2001), presentado por el argentino Juan Gelman, dialoga con esa búsqueda. Es una poesía que, como su cine, se niega a renunciar al asombro.

