José Fornaris: la huella imborrable de un romántico cubano

José Fornaris: la huella imborrable de un romántico cubano
Foto tomada de Ministerio de Cultura

La pluma que le cantó a los siboneyes y encendió la llama de la patria no empuñó un fusil en los campos de batalla, pero supo sembrar en el papel la semilla de la rebeldía. José Fornaris y Luque, nacido en la otrora villa de Bayamo el 18 de marzo de 1827, fue un hombre de paradojas: abogado de profesión, poeta por vocación y conspirador ocasional, cuya vida transcurrió en la cuerda floja de la Cuba colonial del siglo XIX. Al adentrarse en su biografía, se descubre a un intelectual que, a pesar de su estrecha amistad y parentesco con Carlos Manuel de Céspedes, decidió no tomar las armas cuando el Padre de la Patria se alzó en la Demajagua en 1868, optando por permanecer en La Habana y, poco después, emprender un largo viaje por Europa. Sin embargo, su contribución a la formación de una conciencia nacional cubana fue, precisamente, literaria y profunda.

Para entender la dimensión de Fornaris, es inevitable regresar a la noche del 27 de marzo de 1851. En una ventana de Bayamo, frente a la bella Luz Vázquez, tres hombres hicieron vibrar las cuerdas de una guitarra y entonaron una canción. Esa pieza, conocida como La Bayamesa, fue el resultado de una colaboración excepcional entre Fornaris, Carlos Manuel de Céspedes y Francisco del Castillo Moreno. Lejos de ser una simple serenata, la letra de Fornaris, que interpelaba a la “gentil bayamesa”, se convertiría con el tiempo en un símbolo. El investigador y crítico Cintio Vitier señaló que el gran acierto del autor reside en el tono blanco, suavemente voluptuoso y paradisíaco de su poesía, una característica que ya se vislumbra en esta obra temprana. La canción no solo perdura en el cancionero popular, sino que sentó un precedente lírico para la nación.

Rodaje del video clip de «La Bayamesa», interpretado por los cantautores Luis Franco, Eduardo Soza y Annie Garcés. Foto: Juan Carlos Borjas. Foto tomada de Cubadebate

Pero fue en 1855 cuando Fornaris encontró su voz más auténtica y, paradójicamente, más subversiva, con la publicación de Cantos del Siboney. En un país donde los indígenas habían sido prácticamente exterminados en el siglo XVI, el poeta bayamés tuvo la audacia de resucitarlos en verso. A través de la idealizada vida de los siboneyes, Fornaris no solo creó un movimiento literario —el siboneyismo—, sino que construyó una alegoría de la explotación criolla bajo el yugo español. El éxito fue arrollador: el libro tuvo cinco ediciones entre 1855 y 1863, convirtiéndose en un fenómeno editorial de la época. Las autoridades coloniales no tardaron en percibir el peligro. Según narran las crónicas de la época, el Capitán General de Cuba citó a Fornaris a su despacho para lanzarle una advertencia que hoy resulta reveladora: le dijo, con desdén, que “se fuera a cantar a los indios a otra parte”.

A pesar de este éxito, la figura de Fornaris como poeta ha sido objeto de un debate crítico que merece la pena analizar. Su obra, en especial los Cantos del Siboney, transita entre el acierto lírico y la irregularidad técnica. José Antonio Portuondo, crítico literario de peso, fue tajante al describir sus poemas como “incorrectos hasta el ripio y el prosaísmo frecuentes”. Sin embargo, el mismo Portuondo reconocía que, a pesar de esas fallas, Fornaris logró construir la imagen de una “sociedad primitiva ideal, de pura ascendencia romántica”. Esta dualidad entre la forma y el fondo fue lo que le permitió conectar con un público amplio, que veía en sus versos no solo belleza, sino un anhelo de libertad. El propio Fornaris, consciente de su papel como escritor, también incursionó en el teatro con obras como La hija del pueblo (también conocida como Lola la tejedora), donde logró plasmar las vibrantes costumbres y tensiones sociales de la colonia, demostrando un oficio dramático que la crítica ha llegado a situar a la altura de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

 

Más allá de su faceta creativa, José Fornaris fue un incansable promotor cultural. Su labor como periodista y editor resultó fundamental para articular el panorama literario cubano de mediados del XIX. Fundó publicaciones como La Piragua y codirigió Floresta Cubana, espacios que se convirtieron en tribunas para el pensamiento criollo. Junto a José Lorenzo Luaces, compiló la célebre antología Cuba poética, un esfuerzo titánico por reunir y dar visibilidad a las composiciones en verso de los poetas cubanos desde finales del siglo XVIII hasta su época. Este afán por sistematizar y difundir la literatura patria lo consolidó como un intelectual orgánico, preocupado por construir un legado. Cuando la Guerra de los Diez Años estalló, él se encontraba en La Habana, y aunque no se sumó a la manigua, su pluma no descansó. Viajó a España, Francia e Italia, y en París, para ganarse la vida, ejerció como profesor de Literatura, Historia, Latín y Griego, llevando su sabiduría por el mundo.

José Fornaris falleció en La Habana el 19 de septiembre de 1890, consagrado a la enseñanza y las letras. En el balance de su vida, queda la imagen de un hombre que supo sortear las tormentas políticas de su tiempo sin mancillar su compromiso con la identidad cubana. Como bien ha expresado el artista Samuel Feijóo, Fornaris fue el creador del siboneísmo, de desafiante poética, un hombre que en su exaltación por todo lo cubano llegó a clavarse en las entrañas del cielo de la Isla. Si bien no combatió en los campos de batalla, supo librar una guerra silenciosa desde las páginas de sus libros. Al evocar a los indios les habló a los cubanos vivos de su propia opresión; al cantarle a una bella bayamesa, le compuso una melodía a la patria soñada. En esa paradoja reside su vigencia, la de un poeta que encontró un lugar definitivo en el corazón de Cuba.

Lázaro Hernández Rey