Heredia. La invención de Cuba desde la nostalgia
La tarde del 7 de mayo de 1839, en un cuarto interior de la calle Hospicio número 15 de Ciudad de México, la tuberculosis apagó la vida de José María Heredia. Tenía treinta y cinco años y una obra que inauguraba el romanticismo en la literatura hispanoamericana. Su muerte, como buena parte de su existencia, transcurrió en el silencio administrativo: al día siguiente del entierro, el Diario del Gobierno —donde Heredia había dirigido la sección literaria hasta una semana antes— publicó la convocatoria para cubrir su vacante. No hubo necrológica, solo un aviso de ocasión.
La noticia tardó en cruzar el Golfo. Cuando llegó a Cuba, se entendió de otro modo: fenecía el hombre, pero nacía un símbolo fundacional. José Martí, que una década después reconocería en sus versos el origen de su vocación libertaria, escribió: “Heredia fue el que acaso despertó en mi alma, como en la de los cubanos todos, la pasión inextinguible por la libertad”. En esa frase se condensa el legado de quien concibió la poesía como territorio sustitutivo de la patria.
Hijo de padres dominicanos, Heredia nació en Santiago de Cuba el 31 de diciembre de 1803. La precocidad marcó sus primeros años: a los ocho traducía del latín y del francés; a los diecisiete compuso En el Teocalli de Cholula, poema que la crítica sitúa como el punto de inflexión entre el neoclasicismo y el romanticismo en lengua española. Pero el vértigo creador quedó subordinado a la turbulencia política. En 1823, envuelto en la conspiración independentista Soles y Rayos de Bolívar, escapó disfrazado de marinero por el puerto de Matanzas. Comenzaba un destierro que duraría casi toda su vida.
Los años de exilio transcurrieron entre los Estados Unidos y México. En 1824, frente a las cataratas del Niágara, escribió la oda que lo consagraría como el Cantor del Niágara. El poema, incluido por crítico Marcelino Menéndez y Pelayo entre las cien composiciones más importantes de la poesía lírica en español, alterna la descripción de la naturaleza desbordada con una evocación de las palmas cubanas. Así nació uno de los emblemas identitarios de la isla: la palma real como símbolo nacional, que décadas después Miguel Teurbe Tolón incorporaría al diseño del escudo.
México, su segunda patria, le ofreció asilo y responsabilidades. Heredia dirigió el Instituto Literario del Estado de México —antecedente de la actual Universidad Autónoma del Estado de México— y publicó allí la primera historia universal en castellano impresa en América. Fue diputado, fiscal, juez y redactor de varios periódicos. Sin embargo, la administración y la cátedra no mitigaron el aguijón de la ausencia. En el trayecto marítimo de 1825, al divisar el Pan de Matanzas desde la goleta que lo alejaba de nuevo de Cuba, compuso el “Himno del Desterrado”, que los independentistas entonarían durante las guerras del siglo XIX como un himno no oficial de la nación por venir.
En 1836, tras escribir una carta de retractación pública de sus ideales independentistas, obtuvo permiso para regresar a la isla. La estancia duró cuatro meses. Sus antiguos compañeros de causa, encabezados por Domingo del Monte, reprobaron la retractación y rehuyeron su compañía. Heredia volvió a México con mortal desánimo, según refieren las fuentes de la época, y murió tres años después en la pobreza.
Sus restos padecieron una diáspora póstuma. Depositados primero en el panteón del Santuario de María Santísima de los Ángeles en Ciudad de México, fueron trasladados a Cuba en 1844, al cementerio de Santa Paula. Con la clausura de esa necrópolis, se mudaron al de Tepellac, donde se perdió su localización en una fosa común. La paradoja es perfecta: el poeta que cantó al destierro carece de tumba identificable.
Su obra sobrevivió a la dispersión de los huesos. La edición crítica de sus Poesías completas, publicada en 2020, confirma la vigencia de una voz que Cintio Vitier definió como la primera vivificación lírica de la nación como necesidad del alma. Heredia inauguró en el continente una poesía que no se limita al paisaje ni a la confesión íntima, sino que hace del destierro una forma de pertenencia. Cuba, para él, fue una construcción elaborada desde la lejanía, y esa invención literaria resultó más eficaz que cualquier presencia.
A ciento ochenta y siete años de su muerte, el poeta descansa en tierra mexicana, o sea, en esa Nuestra América que también contribuyó a imaginar. No hay lápida que señale el lugar exacto, pero sí una tradición de lectores que, como Martí, sintieron el chispazo de la libertad al contacto con sus versos. Heredia murió sin dinero, sin cargos, sin el reconocimiento de sus pares cubanos y sin patria tangible. Acaso por eso mismo fundó una más duradera: la que existe en el lenguaje, allí donde el ímpetu de su Oda al huracán sigue soplando con la misma furia.

