El discreto magisterio de Alberto Villalón
Hablar de Alberto Villalón es hablar del génesis mismo de la canción cubana. Nacido el 7 de junio de 1882, su vida abarcó el ocaso de la colonia, el nacimiento de la República y los agitados años de la primera mitad del siglo XX.
Pero más allá de las fechas, su leyenda se forja en un dato irrepetible: fue uno de los pocos discípulos directos de José “Pepe” Sánchez, el sastre santiaguero que inventó el bolero. De aquel maestro, Villalón no solo aprendió los secretos de la guitarra y la composición, sino el espíritu de una bohemia caballerosa que nunca lo abandonó.
El musicólogo Odilio Urfé, solía insistir en el refinamiento de Villalón. En uno de sus ensayos para la revista Pro Arte Musical, Urfé apunta que la obra de Villalón representa el tránsito del rasgueo valiente del punto guajiro a la caricia melódica del fingerpicking trovadoresco: “No fue un simple cantor de sones; fue un estilista que le confirió dignidad de salón a la trova sin que esta perdiera su esencia callejera”. En efecto, pertenecía a esa estirpe de músicos que no necesitaban alzar la voz para hacerse oír. Su guitarra, con una afinación impecable y un sentido armónico adelantado a su tiempo, hablaba un idioma de tersa elegancia.
Su célebre discípulo, el inolvidable Sindo Garay, con quien mantuvo una amistad fraternal y una rivalidad artística sana, declaró en una entrevista concedida a la revista Carteles en 1948: “Alberto era un caletero de pura cepa, pero cuando se terciaba la guitarra, parecía un marqués. A mí me gustaba el combate a ver quién improvisaba más décimas, pero Alberto prefería el bordado fino, la nota bien puesta. Él me enseñó que el silencio, a veces, canta más que un verso”. Esa quietud expresiva, ese dominio del espacio vacío entre acorde y acorde, constituye su principal legado.
Villalón no compuso una obra torrencial; su catálogo es breve, pero de una solidez que raya en lo perfecto. Basta mencionar “Yo reiré cuando tú llores” para entender su capacidad de sintetizar el melodrama y la ironía en una pieza que luego el Trío Matamoros convertiría en un clásico de la música popular insular. El investigador Helio Orovio, en su indispensable Diccionario de la Música Cubana, resalta este aspecto: “Villalón no fue un autor profesional en el sentido comercial. Escribió por una necesidad espiritual. En piezas como ‘Consuelo’, logra una síntesis entre la habanera y el bolero que solo un oído exquisito, educado en la mejor tradición del siglo XIX, podía conseguir”.
Quizá uno de los capítulos más singulares de su vida es aquel que lo sitúa como pionero del formato de trío. En el pasaje de la calle Empedrado, donde los trovadores se reunían bajo el farol de la esquina, Villalón imaginó una textura más compleja que el simple dúo de guitarra y voz. La crítica especializada le atribuye la idea de organizar las voces en un tejido de primera, segunda y falsete, creando así una sonoridad que luego definiría la música cubana durante décadas. El músico y musicólogo María Teresa Linares, en sus estudios sobre el punto cubano y la trova, señaló que el formato de trío que hoy nos parece tan natural, fue una revolución tímbrica que le debemos a la inquietud experimental de hombres como Villalón, quienes transformaron la fiesta del patio en un concierto íntimo.
A pesar de su genio, Alberto nunca persiguió la fama masiva, prefirió el calor del círculo de amigos, la tertulia en la azotea habanera y la enseñanza pausada. El maestro guardaba en su memoria un arsenal de viejas melodías y sabiduría que ahora se desvanece. Según el periodista y crítico musical Joaquín Borges, quien lo frecuentó en sus últimos años en la calle San Lázaro: “Alberto era un archivo vivo. Verlo afinar la guitarra era asistir a un ritual sagrado. Hablaba con las cuerdas antes de tocarlas. Con él muere el más puro acento del trovador decimonónico”.
Quienes lo conocieron señalan que su carácter era reservado, quizá melancólico, pero de una cordialidad exquisita. En las serenatas, cuando su voz ya no respondía con la agilidad de antaño, sus dedos compensaban cualquier desgaste físico con una digitación más sabia y reposada. Esa serenidad ante el paso del tiempo se reflejaba en su música: nunca sonó antigua, sino orgullosamente clásica.

