Fidel, guía y ejemplo imperecedero
Del Comandante en Jefe Fidel Castro, máximo líder de la Revolución Cubana, aprendimos los cubanos que para crecer juntos se precisa de combinar fuerzas y ser superiores ante los desafíos de cada día. Nuestras tradiciones patrióticas ostentan el coraje y la valentía de un pueblo que ha dado hermosas muestras en diversas etapas de su historia.
Nos enseñó las hondas raíces que sustentan nuestros principios. El amor a la patria fue el primer sentimiento, que aprendimos de los próceres de la guerra por la independencia iniciada en 1868, porque el respeto a los individuos y sus elementales derechos son valores heredados desde que se emanciparon a los esclavos en La Demajagua. Mucho nos inculcó Fidel sobre la necesidad de estudiar y profundizar en nuestra historia para sacar sus experiencias y evitar que se repitan dolorosos errores.
En muchas ocasiones nos llamaba a mantener una actitud moral ejemplar en todo momento. Y nos recordaba: “Hemos visto a los hombres hacer esfuerzos, sacrificios increíbles por determinadas ideas, por determinados valores morales. Hay que acudir a esos valores”.
Y nos dio la importante misión de combatir los vicios sociales que tanto daño ocasionan, pero que tenía que ser una misión de todos y para todos. Para la Revolución el bien es común, comunitario, viviente, elaborado, en cuanto contribuye a la realización de los otros. Con su ejemplo, también nos enseñó que debe mantenerse indestructible la raíz ética, sustentadora y nutrida de los primeros juegos, de la tierra original del hombre, del sedimento de la Patria.
Hizo que soñáramos un presente mejor que ayer y lo alcanzáramos, y también que siguiéramos soñando con un futuro siempre mejor. Su optimismo para el logro de los propósitos aunaba fuerzas y crecíamos junto a él.
¡Cómo no soñar a su lado, y seguir soñando hoy cuando ya no está físicamente, con esta Cuba de los textos y de las poesías, con la pasión de los fundadores! Porque ella vive en el corazón de las mujeres y los hombres inmediatos y creíbles que hacen hazañas cada día con lo poco que tenemos. Ningún homenaje mejor, ninguna bandera más alta que nuestra libertad sustentada en el decoro, la honestidad, la honradez y la decencia a que nos llamara el General de Ejército Raúl Castro.
Entonces también se colocan en el sitio justo las palabras de José Martí -cuyo nexo común con Fidel es innegable, a pesar de la distancia en el tiempo- para encontrar la vergüenza y la luz imprescindible en esos hombres “que tienen en sí el decoro de muchos hombres”, capaces de rebelarse con fuerza terrible, pues en ellos “va un pueblo entero, va la dignidad humana”.
Y como Fidel nos inculcó, revive así la fe revolucionaria en las potencialidades colectivas. Esa fuerza incontenible, savia de voluntad, de buenas costumbres, de ética basada en el sacrificio, en el “amor a la humanidad viviente” del Apóstol y la transformación espiritual de cada hombre formado por la Revolución, en el futuro americano del Che.

