Julián del Casal y el oficio de la melancolía

Julián del Casal y el oficio de la melancolía

Hay una tarja en el Paseo del Prado habanero, entre Ánimas y Virtudes, que pasa casi inadvertida para el transeúnte apurado. Señala el lugar donde vivió y murió un hombre que tuvo el privilegio de prefigurar su propia muerte en un verso y el infortunio de que la realidad se la cobrara con una ironía brutal. Julián del Casal y de la Lastra nació un 7 de noviembre de 1863 y murió una noche de octubre de 1893, a los veintinueve años, en la sobremesa de una casa amiga. Un chiste de uno de los presentes le provocó una carcajada. La risa desencadenó una hemorragia y la rotura de un aneurisma. El poeta que había escrito “¡Amó solo en el mundo la Belleza!” y que había pedido grabar sobre su tumba que encontrara ahora la verdad su alma, se fue de este mundo con una broma en los labios y un poema inédito en el escritorio.

La Habana de 1863 era una ciudad amurallada todavía, de cañonazos al amanecer y esclavos en los ingenios. Casal nació en ese mundo y creció en el duelo. Su madre murió cuando él tenía cinco años, y esa ausencia se convirtió en el eje de una sensibilidad que Cintio Vitier describió con precisión: sobre el fondo nacional de la Guerra de los Diez Años, el Pacto del Zanjón y el fracaso de las esperanzas cubanas, la muerte de la madre, la ruina del padre y un temperamento neurótico hicieron el resto. El niño estudió en el Colegio de Belén, se graduó de bachiller a los dieciséis y matriculó Derecho en la Universidad. Nunca terminó la carrera. Prefirió el Ministerio de Hacienda como escribiente, un empleo que perdió por publicar un artículo alusivo al Capitán General, y luego el periodismo y la corrección de pruebas. Vivió siempre en un cuarto modesto, pero poblado de porcelanas y vidrieras de colores que solo existían en su imaginación.

Su primer poema conocido apareció en 1881 en El Ensayo, un semanario de literatura, arte y ciencia. Nueve años después, en 1890, publicó Hojas al viento. El libro reveló a un poeta que no se parecía a nadie en la Isla. Mientras José Martí escribía para la revolución y la República futura, Casal escribía sobre bronces, cristales, tapices y lunas venecianas. “Amo el bronce, el cristal, las porcelanas, / las vidrieras de múltiples colores”, confesaba en “Mis amores”, un soneto con epígrafe de Pompadour. No era frivolidad. Era una forma de resistencia. En una sociedad que exigía a sus intelectuales un compromiso político sin fisuras, Casal reclamó el derecho a la belleza como territorio propio. El escritor y crítico José Lezama Lima dedicó páginas esenciales a desentrañar esa operación, y Elina Miranda Canelo ha estudiado las resonancias helénicas en su obra y la relación del poeta con el mundo clásico.

El año decisivo fue 1892. En julio llegó Rubén Darío a La Habana, y Casal lo esperó con una admiración que Rayoul Cay, redactor de El Fígaro, describió con una escena memorable: en el banquete de bienvenida, Casal apenas almorzó. La emoción de tener cerca al poeta nicaragüense le quitó el apetito. La amistad entre ambos fue breve pero decisiva para la historia del modernismo hispanoamericano. Ese mismo año apareció Nieve, el poemario que consolidó su voz. La crítica coincide en ver a Casal como el poeta hispanoamericano que más originalmente anticipó el esplendor técnico y verbal de las Prosas profanas de Darío. A raíz de ello el cubano llegó antes, o al menos por un camino distinto, al mismo lugar donde el nicaragüense construiría su imperio verbal.

La obra de Casal tiene tres dimensiones que Fina García Marruz y Cintio Vitier señalaron con claridad: el pictorismo, la voz confesional y la antítesis entre vida y arte. Esa tensión entre el deseo de belleza y la experiencia del dolor atraviesa cada página. “Nací en Cuba. El sendero de la vida / firme atravieso, con ligero paso”, escribió en su Autobiografía, y en esos versos hay una cubanía que no se grita pero que tampoco se niega. La nostalgia de un país que duele y la necesidad de escapar de él conviven en Nostalgias, el poema donde el deseo de partir se estrella contra la imposibilidad de hacerlo, no como evasión, sino como una forma distinta de habitar el desencanto.

Su tercer libro, Bustos y rimas, apareció en 1893, el mismo año de su muerte. Algunos especialistas lo consideran el más original, el lugar donde los rasgos de un autor llamado a renovar las letras hispanas se dejan ver con mayor nitidez. No hubo tiempo para más. La noche del 21 de octubre, después de escribir un suelto sobre un libro de Lola Rodríguez de Tió en la redacción de La Habana Elegante, Casal fue a cenar a casa del doctor Lucas de los Santos Lamadrid. La risa, esa que había sido esquiva en una vida de melancolía, le llegó de golpe y le rompió la aorta.

José Martí, que no siempre entendió al poeta de Nieve, escribió diez días después en Patria unas líneas que todavía estremecen: “Aquel hombre tan bello que al pie de los versos tristes y joyantes parecía invención romántica más que realidad, no es ya el nombre de un vivo”. Martí añadió que Casal aborrecía lo falso y lo pomposo, que por toda América era conocido y amado, y que las mujeres lo lloraban por fino y por sincero. No era un panegírico de circunstancia. Era el reconocimiento de que la belleza, incluso cuando se reclama fuera de la historia, termina por entrar en ella por la puerta de la sensibilidad.

Ciento sesenta años después de su nacimiento, la tarja del Prado sigue ahí. Julián del Casal murió joven y triste, como dijo Martí, pero dejó una obra que abrió una grieta en la literatura cubana del siglo XIX por la cual entró el modernismo. Su melancolía no fue un defecto. Fue un método. Y su risa final, la que le costó la vida, conserva una extraña justicia poética: el hombre que escribió tanto sobre la muerte se fue con el único gesto que su poesía casi nunca se permitió. Una carcajada.

Julián del Casal

Lázaro Hernández Rey