El papel del estudiantado cubano ha sido esencial dentro del proceso revolucionario desde la década de 1920 hasta el triunfo del Primero de Enero de 1959
Autor: Ana Rosa Perdomo Sangermés
Iniciamos un calendario en el que transcurre el año 68 de Revolución, se conmemorará el centenario del natalicio del Comandante en Jefe Fidel Castro -a lo que excepcionalmente se le ha dedicado el nombre del año- el décimo de su desaparición física y el aniversario 70 del levantamiento de Santiago de Cuba dirigido por Frank País García.
A la distancia de 135 años, el ensayo redactado por José Martí con el título de Nuestra América, es uno de sus escritos más conocidos entre los tantos que elaboró, y adquiere vigencia renovada y extraordinaria dado el contexto americano y caribeño que se presenta ante nuestros ojos.
El camino -como vaticinó el máximo líder de la Revolución, Fidel Castro- no ha sido fácil. Pero sí inmensa la fortaleza del pueblo en la lucha por su emancipación y por un desarrollo social sin precedentes en diversos ámbitos de la vida, para alcanzar toda la justicia y la unidad.
Determinar qué campo de las conceptualizaciones de Fidel Castro tuvo más fuerza y proyección no es una tarea fácil, pero sin lugar a dudas el de la Educación ocupa un sobresaliente lugar.
Su vida, dedicada casi por entero a la creación dentro de las artes plásticas, es un hermoso catálogo de meditaciones, estudio, profundización, concepción detallada de cada fin.
Aquellos ocho hombres y siete fusiles se multiplicaron desde su embrión hasta convertirse en el Ejército Rebelde, vanguardia del pueblo combatiente y alma de la Revolución.
Emociona todavía observar las imágenes que se conservan y difunden de aquel momento esencial, en que quedaba inaugurado nuestro Primer Congreso del Partido el 17 de diciembre de 1975, hace medio siglo.

