Cintio Vitier y las preguntas que iluminan

Cintio Vitier y las preguntas que iluminan
Foto tomada de Granma

En la historia cultural de Cuba, no predominan las figuras capaces de transitar con igual hondura por la poesía, el ensayo, la crítica y la edición. Cintio Vitier pertenece a esa estirpe de intelectuales para quienes la palabra no es un instrumento al servicio de una disciplina, sino un territorio de indagación donde se juega el destino de una comunidad. Su obra, extendida a lo largo de más de seis décadas, constituye uno de los esfuerzos más sostenidos por pensar la identidad cubana desde sus raíces literarias, espirituales y éticas, sin ceder a las simplificaciones ideológicas ni a los reduccionismos académicos.

Nacido en Cayo Hueso, Florida, el 21 de septiembre de 1921, de padres cubanos, Cintio Vitier Bolaños pasó su infancia y juventud en la isla, donde muy pronto reveló una sensibilidad literaria excepcional. Su formación transcurrió bajo el magisterio de su padre, el poeta Medardo Vitier, y del filósofo español José Ortega y Gasset, cuyas ideas sobre la razón vital dejaron una huella perdurable en su pensamiento.

Pero fue en el contacto con la generación de la revista Orígenes, fundada en 1944 por José Lezama Lima y José Rodríguez Feo, donde Vitier encontró su verdadero hogar intelectual. Aquella publicación, hoy considerada un hito de las letras hispanoamericanas, articuló durante más de una década una visión de la cultura cubana entendida como espacio de resistencia frente a la banalidad y como celebración de lo que Lezama llamaba “las eras imaginarias”. Vitier fue, desde el primer número, uno de los colaboradores más activos y uno de los críticos más penetrantes del grupo.

La ensayista y profesora universitaria Enid Vian, en sus estudios sobre la tradición origenista, ha señalado que: “Cintio Vitier cumplió dentro de Orígenes una función esencial: la de sistematizar, con rigor y paciencia, las intuiciones dispersas de aquella generación; mientras Lezama deslumbraba con sus metáforas y Rodríguez Feo abría el diálogo con la literatura extranjera, Vitier ordenaba, jerarquizaba y convertía en discurso crítico lo que en otros era impulso visionario”.

Esa labor de articulador no le restó vuelo poético; al contrario, le permitió dotar a su poesía de una conciencia histórica poco común en la lírica de su tiempo. Sus libros de versos, como Vísperas (1937), Extrañeza de estar (1945) y Sustancia (1950), revelan una voz íntima, atravesada por la perplejidad ante el misterio de la existencia y por un diálogo constante con la tradición católica, que Vitier vivió no como dogma, sino como experiencia interior.

Foto tomada de Cubahora

La dimensión ensayística de este intelectual alcanzó su plenitud con la publicación de Lo cubano en la poesía (1958), obra monumental que reconstruye la historia de la lírica insular desde sus orígenes coloniales hasta la década de 1950. Aquel libro, fruto de una investigación de varios años realizada junto a su esposa, la también ensayista y poeta Fina García-Marruz, marcó un antes y un después en la crítica literaria cubana.

El poeta y crítico Jorge Luis Arcos, en la introducción a una reedición del volumen, afirma: “Vitier no escribió una historia literaria al uso; elaboró una meditación sobre la cubanidad, una búsqueda de las constantes que dan sentido a la poesía escrita en la isla, una lectura que intenta sorprender el alma secreta de la nación a través de sus versos”.

La ensayista cubana Zaida Capote Cruz, en un estudio sobre la recepción crítica de Lo cubano en la poesía, ha advertido que la obra de Vitier no debe leerse como una simple exaltación de la identidad nacional, sino como una exploración de sus tensiones y sus vacíos. Capote apunta que él no ignoró las contradicciones de la historia cubana: “(…) lo que hizo fue intentar leerlas desde una perspectiva que no renuncia a la esperanza, que cree en la posibilidad de una reconciliación profunda entre lo cubano y lo universal, entre la tradición y la modernidad, entre la fe y la razón”. Esa actitud conciliadora, tan alejada del pensamiento binario, ha suscitado rechazos tanto desde el dogmatismo político como desde el escepticismo posmoderno, para los cuales toda búsqueda de sentido resulta sospechosa.

Por otra parte, la obra de Vitier no puede comprenderse cabalmente sin atender a su relación con Fina García Marruz, con quien compartió vida, lecturas y proyectos intelectuales durante más de medio siglo. Juntos editaron antologías, escribieron ensayos, investigaron archivos y animaron tertulias.

Asimismo, su vínculo con la Revolución Cubana fue complejo y ha sido objeto de múltiples interpretaciones. Vitier apoyó inicialmente el proceso revolucionario, convencido de que abría posibilidades inéditas para la soberanía cultural y la justicia social. Con el tiempo, su relación con las instituciones se volvió tensa, marcada por incomprensiones y distancias, aunque nunca abandonó la isla ni renunció a participar en los debates culturales. La ensayista Enid Vian ha insistido en la necesidad de superar las lecturas maniqueas de esa etapa: “Vitier no fue un intelectual orgánico ni un disidente; fue un hombre de fe, con todas las contradicciones que eso implica, que intentó sostener un diálogo crítico con su tiempo desde una posición que no encajaba en los moldes oficiales ni en los de la oposición”. Esa incómoda libertad lo convirtió en una figura respetada por unos y cuestionada por otros, pero imposible de ignorar.

La transparencia, musicalidad y capacidad para transformar la experiencia cotidiana en revelación han sido características celebradas en su poesía. El poeta y traductor Jesús David Curbelo, en un ensayo dedicado a la última etapa de su obra, destaca: “(…) en los poemas finales de Vitier hay una serenidad que no es resignación, sino conquista; una mirada que acepta la muerte sin dramatismo, como un tránsito más en la larga conversación con el misterio”. Esa madurez espiritual, infrecuente en la lírica contemporánea, otorga a su obra una dimensión sapiencial que desborda los límites de la crítica literaria para inscribirse en el territorio de la meditación filosófica.

El legado de Cintio Vitier reside en su capacidad para recordarnos que la cultura no es un repertorio de obras muertas, sino una conversación viva entre generaciones, un tejido de memorias y proyectos que nos constituye como comunidad. Su defensa de la poesía como forma de conocimiento, de la crítica como acto de amor y de la nación como proyecto ético sigue interpelando a quienes se acercan a su obra sin prejuicios.

Lázaro Hernández Rey