Consuelo Vidal y el legado de la diva de la animación

Consuelo Vidal y el legado de la diva de la animación
Foto tomada de 11 millones de Cubanos en Facebook

Cada 7 de octubre, la cultura cubana se detiene en un nombre que suena a infancia, a risa franca y a una frase que se volvió sentencia popular: “Hay que tener fe que todo llega”. Ese día, pero de 2004, falleció en La Habana Consuelo Vidal Regal a los 73 años, a causa de una enfermedad cerebrovascular. Su partida no fue un simple obituario: significó el cierre de un capítulo de la animación en Cuba, como sentenció la prensa de entonces. Dos décadas después, su figura sigue siendo referencia obligada cuando se habla de la radio, la televisión, el cine y el teatro cubanos.

Nacida el 4 de diciembre de 1930 en el capitalino municipio del Cerro, Consuelo Vidal Regal comenzó su vínculo con los medios a una edad temprana. Su primer intento en un concurso de voces nuevas de la RHC Cadena Azul no tuvo éxito: la plaza la ganó Raúl Selis. Sin embargo, en un segundo intento, con solo catorce años, obtuvo el primer lugar frente a Reinaldo Miravalles. Alguien dijo entonces que era “un diamante en bruto, que se puede pulir con los años”. Esa intuición resultó profética. En 1944 ingresó al Movimiento de Voces Nuevas de la RHC Cadena Azul, y muy pronto se convirtió en actriz profesional. Su formación incluyó estudios de Música, un logro que respondió a una promesa hecha a sus padres.

En 1946 ya actuaba en la aventura El ladrón de Bagdad, de Félix B. Caignet, y a finales de la década de 1940 llegó a CMQ Radio, donde integró el elenco de radionovelas que marcaron época. Junto a Maritza Rosales y Carmen Ignarra, fue considerada una de las “damitas jóvenes” más destacadas de la radiofonía habanera. La propia actriz reconoció siempre que la radio fue el medio que la descubrió: “Aunque amo profundamente la televisión, es la radio quien descubre mis potencialidades y cualidades histriónicas y me proyecta como actriz dramática y locutora comercial”.

El salto a la televisión la convirtió en un rostro familiar para millones de cubanos. Durante años condujo el programa humorístico Detrás de la fachada, donde compartió faenas con Cepero Brito y donde su espontaneidad, su agudeza y su desparpajo se volvieron sellos personales. El crítico y periodista Antonio Paneque Brizuela la describió como una mujer que hizo época con su manera de conducirse en la pequeña pantalla, espontánea, dicharachera, aguda y perspicaz. Su versatilidad no conoció fronteras de género: actuó en dramatizados como En silencio ha tenido que ser, en el serial Julito el pescador y en la puesta televisiva de Yerma, de Federico García Lorca, que protagonizó junto a Sergio Corrieri y Edwin Fernández en 1964. Esa versión está considerada por los especialistas como una obra artística museable. En el cine incursionó por primera vez en 1965, y entre sus películas más recordadas figuran Reina y Rey de Julio García Espinosa, y Los pájaros tirándole a la escopeta, de Rolando Díaz, donde tuvo un protagónico que la crítica celebró.

Pero fue en los programas infantiles donde su voz alcanzó una dimensión casi mítica. Durante veinte años puso voz al personaje de Amigo en Amigo y sus amiguitos, y participó en Tía Tata cuenta cuentos, espacios que marcaron la infancia de las generaciones que crecieron en las décadas de 1970 y 1980. Su talento musical también quedó registrado: cantó temas infantiles que fueron editados por las discográficas Egrem y BIS Music.

La despedida de Consuelo Vidal fue un acontecimiento de pueblo. El 8 de octubre de 2004, una multitud acompañó el sepelio desde la funeraria de Calzada y K hasta el Cementerio de Colón, y el cortejo avanzó entre aplausos, los mismos que la habían premiado en vida.

Su huella trasciende los medios en los que trabajó, con una capacidad excelsa para asumir una gran multiplicidad de registros. Consuelito no fue solo una animadora: fue una actriz que habitó todos los formatos, una locutora que entendió la radio como un espacio de intimidad y una artista que construyó su popularidad desde la autenticidad, sin artificios.

Lázaro Hernández Rey