El maestro del Apóstol: vida, obra y legado de Rafael María de Mendive

El maestro del Apóstol: vida, obra y legado de Rafael María de Mendive
El Maestro Rafael Maria de Mendive junto a su alumno José Martí/Foto: Tomada de Habana Radio.

El 24 de octubre de 1821, en La Habana, nació Rafael María de Mendive y Daumy, un hombre que la historia de Cuba recuerda, sobre todo, por una razón: fue el maestro de José Martí. Sin embargo, reducir su figura a esa condición constituye una injusticia. Mendive fue poeta, pedagogo, periodista, traductor y patriota. Su vida abarcó casi todo el siglo XIX cubano, desde la Colonia hasta las puertas de la Guerra de Independencia, y en ese trayecto dejó una huella que trasciende el aula y se adentra en el terreno de la formación de una conciencia nacional.

La infancia de Mendive estuvo marcada por la orfandad temprana. Sus padres, Mariano Mendive y Dolores Daumy, fallecieron cuando él era aún un niño, y fue su hermano mayor quien asumió su educación. Gracias a ese apoyo familiar, ingresó en 1834 en el Seminario de San Carlos, donde cursó estudios de Derecho, Filosofía y Latinidad. Cuatro años después, con solo 17 años, entró en la Real y Pontificia Universidad de La Habana y se graduó en Derecho en 1844. Su formación no se limitó a las aulas: dominaba el inglés y el francés, y su curiosidad intelectual lo llevó a leer a los clásicos españoles y a los románticos europeos con una avidez que después transmitiría a sus discípulos.

Entre 1844 y 1852, Mendive realizó un prolongado viaje por Europa que resultó decisivo en su formación. En ese periplo se vinculó con figuras de la talla de Félix Varela, José Antonio Saco y Domingo del Monte, todos ellos desterrados por sus ideas independentistas. Ese contacto con lo mejor del pensamiento cubano en el exilio marcó su conciencia política y le mostró el camino de una pedagogía comprometida con la libertad. Regresó a Cuba en 1852 y en 1856 se afilió a la Sociedad Económica de Amigos del País. Para entonces ya publicaba en medios como la Revista Habanera, el Álbum de lo Bueno y lo Bello y el Diario de La Habana. En 1847 había dado a la imprenta su primer libro de versos, Pasionarias, que le abrió las puertas del parnaso criollo.

Su labor como maestro comenzó a adquirir relevancia pública en 1864, cuando ocupó la dirección de la Escuela Superior Municipal de Varones. Allí conoció a un adolescente de trece años que cambiaría la historia de Cuba: José Martí. El encuentro ocurrió en marzo de 1865, cuando el joven Martí ingresó en ese centro. Mendive supo ver de inmediato las dotes excepcionales del muchacho y asumió su educación como un asunto propio. Le abrió las puertas de su biblioteca personal, guió sus lecturas y lo introdujo en lo mejor del pensamiento, el arte y la literatura de su tiempo. “De la mano de Mendive entró Martí en lo mejor del pensamiento, el arte y la literatura de su tiempo”, apuntó la investigadora Marlene Vázquez Pérez.

El vínculo entre ambos trascendió la relación profesor-alumno. Martí encontró en Mendive un segundo padre, un guía espiritual y un modelo de conducta. En una carta escrita el 15 de enero de 1871, cuando partía desterrado hacia España, el joven le escribió: “De aquí a 2 horas embarco desterrado para España. Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente hombre, solo a Ud. Lo debo y de Ud. Y solo de Ud. Es cuanto de bueno y cariñoso tengo (…) de Ud. Toda el alma de su hijo y discípulo. Martí”. Años después, ya en México, Martí escribiría a su amigo Manuel Mercado: “La familia unida por la semejanza de las almas es más sólida y nos es más querida que la familia unida por las comunidades de la sangre”. Esa reflexión aludía, sin duda, a los años de convivencia con su mentor.

La casa de Mendive, en Prado 88, se convirtió en un centro de reuniones literarias y patrióticas. Allí, entre libros y conversaciones, se respiraba un aire de fervor por la libertad que impregnó la conciencia del joven Martí. En 1867, Mendive fundó el colegio San Pablo, instalado en su propia vivienda, y ese espacio se convirtió en semillero de ideas independentistas. El propio Martí lo rememoró años después: ”Prefiero recordarlo, a solas, en los largos paseos del colgadizo, cuando, callada la casa, de la luz de la noche y el ruido de las hojas fabricaba su verso; o cuando, hablando de los que cayeron en el cadalso cubano, se alzaba airado del sillón, y le temblaba la barba”.

La represión colonial no tardó en alcanzarlo. Tras los sucesos del Teatro Villanueva, el 22 de enero de 1869, Mendive fue detenido y permaneció cinco meses en prisión en el Castillo del Príncipe. Su colegio San Pablo fue clausurado y él resultó sentenciado a cuatro años de confinamiento en España. Del país ibérico pasó a Nueva York, donde residió hasta 1878 y continuó su labor intelectual y política. Ese destierro no quebró su voluntad. En Madrid escribió en favor de la independencia de su pueblo, y en Nueva York colaboró en publicaciones revolucionarias.

Al firmarse la Paz del Zanjón en 1878, Mendive regresó a Cuba. Se instaló en La Habana, donde dirigió varias publicaciones y trabajó en diversos medios. Fue coautor de Cuatro laúdes, junto con Ramón Zambrana, José Gonzalo Roldán y Felipe López de Briñas. En colaboración con José de Jesús García publicó la antología América poética, y prologó la segunda edición de las Poesías de Fornaris. Su amor por la educación lo llevó a dirigir el colegio San Luis Gonzaga, en Cárdenas, donde enfermó en 1886. Fue trasladado a La Habana, donde falleció el 24 de noviembre de ese año.

La obra poética de Mendive merece una revalorización que la crítica cubana ha emprendido con justicia. El investigador José Antonio Portuondo y el estudioso Chaple han señalado la necesidad de rescatar su legado lírico, a veces eclipsado por su magisterio. La perfección formal y el sentido de la musicalidad caracterizan su poesía, según el criterio de la crítica.

Las valoraciones de sus contemporáneos y de críticos posteriores confirman su estatura. Gertrudis Gómez de Avellaneda, figura cimera del Romanticismo cubano, opinó sobre él: “Es un cantor sumamente tierno, cuya alma noble y apasionada se transparenta siempre en sus versos”. El crítico español Marcelino Menéndez y Pelayo lo juzgó con estas palabras: “Acaso no hay en la colección de las Poesías de Mendive ninguna cosa de primer orden ni de originalidad muy relevante, pero sí muchas agradables, lindas y aun exquisitas; y si le faltan los tonos valientes de la pasión, muestra en cambio notable sensibilidad y dulzura en la expresión de los afectos domésticos, y brilla con luz templada e igual en el conjunto de sus obras más bien que en ninguna de ellas tomada en particular”. Por su parte, José María Chacón y Calvo, en sus Cien mejores poesías cubanas, fue más benévolo: “Representa en la poesía cubana, en una época de romanticismo excesivo e incorrecto, el sentido de la moderación, de la suavidad, de la noble sencillez emotiva”.

El propio Martí dejó el retrato más entrañable de su maestro en la semblanza que escribió en 1891 para El Porvenir. Allí lo recordó “inmerso en conspiraciones, al tiempo que se ocupaba de convertir su hogar en centro de reuniones literarias y de fervor patriótico”. Y en una carta a Enrique Trujillo, escribió: “Y ¿cómo quiere que en algunas líneas diga todo lo bueno y nuevo que pudiera yo decir de aquel enamorado de la belleza, que la quería en las letras como en las cosas de la vida, y no escribió jamás sino sobre verdades de su corazón o sobre penas de la patria?”.

A 204 años de su nacimiento, la figura de Rafael María de Mendive es una referencia ineludible de la cultura cubana. Fue el maestro que sembró en Martí la semilla de la independencia, el poeta que renovó el buen gusto en la lírica cubana del siglo XIX y el patriota que sufrió el destierro por sus ideas. Su legado no se limita a la influencia que ejerció sobre el Apóstol, por decisiva que esta haya sido. Mendive representa una tradición pedagógica que entendía la educación como un acto de amor y de compromiso con la patria.

Lázaro Hernández Rey