El piano y las sombras: Nicolás Ruiz Espadero, el ermitaño virtuoso de La Habana

El piano y las sombras: Nicolás Ruiz Espadero, el ermitaño virtuoso de La Habana

En la memoria musical de Cuba, pocas figuras resultan tan fascinantes y contradictorias como la de Nicolás Ruiz Espadero. Nacido en La Habana el 15 de febrero de 1832, fue, en su tiempo, el compositor cubano de mayor renombre internacional, el único cuyas partituras cruzaban el océano para ser publicadas en Europa.

Su nombre llegó a ser comparado por el crítico François-Joseph Fétis con el del mismísimo Louis Moreau Gottschalk, aunque señalando en Espadero «algo más poderoso y profundo». Sin embargo, la grandeza de su arte contrastó radicalmente con la estrechez de su mundo: fue un hombre que jamás salió de Cuba, y que rara vez abandonó el perímetro de su propia casa.

Su vocación germinó en un ambiente doméstico y femenino, bajo la tutela de su madre, una pianista gaditana que lo inició en los secretos del teclado a espaldas de un padre que soñaba para su hijo con un futuro en la burocracia colonial. La muerte súbita de su progenitor, cuando Espadero contaba solo dieciséis años, lo sumió en una viudez emocional junto a su madre, de la que nunca se desprendería.

Aunque recibió lecciones del polaco Julian Fontana, amigo íntimo de Federico Chopin, su formación fue autodidacta y su carácter se volvió cada vez más huraño. La Habana del siglo XIX, ruidosa y mestiza, apenas si lograba filtrarse por las rendijas de su morada, donde vivía rodeado de una veintena de gatos y montañas de partituras europeas, ajeno a los ritmos de la contradanza que inspiraban a sus contemporáneos.

La paradoja de Espadero reside en que, siendo el músico cubano más célebre de su época, fue también el más parroquial e idiosincrático. Mientras Ignacio Cervantes o Manuel Saumell absorbían la savia de la música popular, él componía baladas, scherzos y estudios de gran aliento romántico, volcando en obras como La Reina de Chipre o El canto del guajiro una sensibilidad que, aunque cultivada, nunca renegó del todo de una cierta melancolía isleña. Fue, además, el custodio póstumo de la obra de Gottschalk, un gesto que lo conectaba con el gran virtuosismo americano, aunque él mismo huyera de los escenarios.

El escritor Alejo Carpentier lo señaló como un ser sin amigos de su edad, que vivía bajo la constante vigilancia materna, y cuya neurosis adolescente se fue agravando hasta convertirlo en un solitario huraño y taciturno.

El ocaso de su vida fue tan trágico como su personalidad. La muerte de su madre en 1885 lo devastó por completo, convirtiéndolo en un recluso total. Sus manías se agudizaron hasta límites insospechados: se dice que no podía entrar en una casa sin reorganizar los muebles. Y fue precisamente una de esas obsesiones la que le costó la vida. El 22 de agosto de 1890, tras su habitual baño de alcohol —una práctica higiénica de la época—, no se secó por completo y, al intentar apagar una lámpara de gas, las llamas lo envolvieron. Ocho días después, el 30 de agosto, La Habana perdía a su pianista fantasma.

Hoy, la música de Nicolás Ruiz Espadero ha desaparecido casi por completo del repertorio habitual, aunque esfuerzos discográficos recientes, como el del pianista, profesor e investigador, maestro Cecilio Tieles, han rescatado obras que yacían inéditas. Su legado es el de un hombre que, encerrado en sí mismo, convirtió su piano en el único vehículo para dialogar con un mundo al que temía.

En la historia de la cultura cubana permanece como un espectro ilustre: el virtuoso que pudo conquistar Europa, pero prefirió perderse en las sombras de su propia Habana, Faustino de Jesús Nicolás Ruiz Espadero.

Gilberto González García